Camino lentamente por las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México, cada rincón, por insignificante que parezca, me trae recuerdos de ti. No creo que sea exagerado si te digo que creí encontrarte en varios objetos, diferentes rostros, diversos sonidos, pero lo único que obtuve de ellos fue tu ausencia.

Fui a la iglesia que tanto te gustaba, aquella donde me hiciste jurar que algún día nos casaríamos. Si te soy sincero, la verdad es que nunca le había visto nada especial, hasta el día de hoy; estuve dos horas admirando cada detalle, cada fragmento, para intentar comprender el porqué te gustaba tanto. Sinceramente no encontré la respuesta, pero ahora sé que esa iglesia es especial para mí, porque me hizo recordar la pureza de tu alma.

Cuando salí estaba acalorado, así que pasé a comprar un helado con el señor del mostacho chistoso ¿Te acuerdas como te molestaba diciéndote que dentro de tu helado encontrarías pelos del bigote del vendedor y reíamos sin parar imaginando incoherencias?… Pues aquel hombre ya no está, ni tampoco su paletería, su negocio quedó en el pasado, al igual que tú.

No sé hasta qué punto me conmocionó la noticia del heladero, que sin querer pasé por nuestro callejón secreto, sí, aquel donde en una noche de copas te hice mía, donde nos dejamos llevar por la pasión y la lujuria. Rememoré claramente la embriaguez del momento, la sensación que tuve al recorrer tu piel desnuda, la calidez de tus besos, la humedad de tu sexo. Me pareció escuchar el eco de tus gemidos, los sonidos de nuestros cuerpos juntándose, los arañazos en la pared, claramente pensé haberte escuchado, diciéndome al oído, con tu tono sensual, ¡Te amo! pero sólo son recuerdos y nada más.

Sé perfectamente que me conoces y sabes que en este momento intento hacerme el fuerte y no demostrar lo que siento, pero he de confesarte que esta vez empecé a desfallecer. No quería dejarme sacudir por todas las cosas que pasaban por mi cabeza en ese instante, pero eso es imposible si estas siendo bombardeado por imágenes nuestras, por las sombras de nuestros recuerdos que dejamos impregnadas en aquellas calles.

Mi ansiedad se desenfrenó cuando pasé por la Plaza de Santo Domingo, me puse pálido al figurar verte dándole de comer a las palomas como tanto te gustaba hacer y yo odiaba que hicieras. Corrí a tu lado inmediatamente, pero encontré a una mujer distinta, una mujer vacía, que no tenía ni siquiera el más mínimo atisbo de tu calidez y belleza. Me estaba volviendo loco, sobre todo cuando en la calle de Madero, pensé haber escuchado tu característica carcajada, pero solamente era una niña riendo con sus padres.

Aun veo tu espíritu reviviendo nuestros momentos, proyectándose por las calles, inundándolas con nuestra vieja alegría. Creerás que puede vernos en el bar de la calle de Donceles donde nos conocimos, y donde meses más tarde moría de nervios intentando pedirte que fueras mi novia. Pude ver nuestras caras picaras de aquel día cuando fuimos a ese cine porno de la calle 16 de septiembre; nos pude ver caminando, comprando cosas inútiles en el Eje Central, tus caras de niña tierna cuando íbamos a comer churros al Moro, te vi cuando te estabas retozando de la risa cuando me caí por tu culpa en una jardinera del Barrio Chino… ¡Cómo olvidar ese día, si aún conservo la cicatriz en la pierna, misma que tú curaste con tus delicadas manos!

Muchas cosas han cambiado desde que te fuiste, algunas tal vez para bien y otras… que te puedo decir. Yo no he cambiado, sigo siendo el mismo chico inmaduro que conociste, sigo siendo aquel loco que te conquistó con sus múltiples tonterías, aquel testarudo que no acepta el no tener la razón. Y desgraciadamente, sigo siendo aquel aferrado a tu recuerdo, sé muy bien que tengo que seguir adelante con mi vida, aceptar que nuestros caminos se separaron, pero no puedo, no me lo pidas porque es imposible seguir adelante.

Una ligera brisa envuelve a la ciudad, las gotas de lluvia me ayudan a esconder las lágrimas que brotan y recorren mi rostro, las personas andan aprisa buscando refugio para no mojarse, el tráfico es espantoso. Todos corren y yo ando despacio, a pesar de que hay una multitud de individuos siento que estuviera completamente solo en las calles del Centro Histórico, volteando al cielo esperando que me hayas escuchado.

Deja un comentario