
Posiblemente esta historia suene descabellada, poco creíble y que atenta contra la lógica. Si no fuese porque esto le sucedió a mi hermano, a quien llamaré Juan, seguramente yo tampoco lo creería completamente. Conociéndolo, les puedo asegurar que esto realmente sucedió tal como se los voy a relatar. No sé si esto tenga algo de paranormal o simplemente estamos intentando encontrar una justificación a lo sucedido. Hay cosas que no comprendemos y que posiblemente se queden así… sin explicación.
Juan trabajaba como taxista de aplicación en la Ciudad de México, desde antes que iniciara la pandemia. Al ser despedido injustamente de su trabajo, decidió sacar un auto a crédito, para iniciar su emprendimiento. Con sus ahorros y lo poco que obtuvo por su liquidación, pagó el enganche y algunos gastos más. Ese trabajo le agradó, porque no tenía un jefe que lo presionara; le gustaba establecer sus horarios de modo que pudiera disfrutar a la familia, sobretodo, convivir con su esposa y sus pequeños hijos.
Al principio todo iba bien, pudo pagar sin problema sus mensualidades, su estabilidad económica era buena, hasta que nos tomó por sorpresa la pandemia. Los viajes disminuyeron, sus ingresos empezaron a ser justos, a veces insuficientes. Su animó cambió, casi siempre lo veíamos estresado, cansado, de mal humor, hasta que finalmente enfermó de Covid.
Su estado de salud fue grave, en el hospital lo entubaron, los doctores nos dieron pocas esperanzas, se esperaba que en cualquier momento falleciera. Duró internado casi un mes, afortunadamente se salvó. La recuperación fue extremadamente lenta, estuvo en cama casi tres meses, sin contar el tiempo en el hospital. Todos en la familia apoyamos para sus gastos médicos y ayudábamos con lo que podíamos a mi cuñada y sus pequeños. Cómo se imaginarán, en ese tiempo no se pagaron las cuentas del coche. Así que la deuda creció por los intereses que se elevaban exponencialmente.
Lo curioso es que cuando se recuperó mi hermano, es como si hubiese vuelto a nacer, le regresó su ánimo de lucha, su buen humor, se pudiera decir que volvió a ser él mismo; no el amargado y enojón en que se estaba convirtiendo antes de enfermar. En cuanto tuvo la fuerza suficiente, salió a trabajar para darle solución a su mala situación económica. A base de esfuerzo y lucha, logró casi ponerse al corriente con todo: renta, prestamos, y el crédito del coche.
Juan, en una reunión familiar, nos llegó a platicar que cuando estuvo enfermo, soñaba recurrentemente con una mujer que le decía que no era su hora, así como le recordaba que tenía que salir adelante por sus hijos. Que le esperaba una vida de prosperidad. Mi hermano, no recuerda su rostro, ni su cuerpo, es más, ni siquiera el tono exacto de su voz, aunque menciona que sabía que era una dama, por una extraña calidez que emanaba. Mi madre, le dijo que seguramente era la virgen de Guadalupe quien lo estaba cuidando, aunque mi él tenía sus dudas, a pesar de ser fiel creyente.
Disculpen que me haya alargado con la presentación, pero siento que era necesaria para que comprendan de mejor forma lo que sucedió, aquel domingo, cuatro de julio del dos mil veintiuno.
Por la mañana, como a eso de las siete, se nos hizo raro que mi hermano fuera a casa de mi mamá. Nos dijo que tenía ganas de desayunar con ella. Lo extraño no fue su visita, sino que mi madre, apenas la noche anterior, había tenido una pesadilla, donde veía a mi hermano en peligro. Ella, se despertó con una angustia en el pecho, una extraña sensación, la cual se calmó al ver a Juan, llegar a su casa. El verlo ahí y asegurarse que se encontraba bien le hizo olvidarse un poco de aquella sensación, la cual no se disipó por completo. Por su parte, mi hermano dijo que no planeaba visitar a mi mamá, fue como si de forma automática manejara a su casa, algo así, como por instinto.
Después de desayunar, mi madre le hizo saber a Juan sobre su sueño y este le dijo que no se preocupara; él estaba feliz porque casi liquidaría sus deudas, le faltaba pagar la mensualidad del coche para ponerse completamente al corriente. El problema era que tenía hasta el día siguiente para hacerlo, y con eso evitar el cobro de los intereses. Le prometió a mi madre, que solamente trabajaría hasta completar eso y regresaría a casa. Antes de que mi hermano se fuera, mi madre lo persignó y lo encomendó a la virgen para que no sucediera nada malo.
Juan, apenas salir de casa de mi madre, activó su aplicación, pero no caían viajes, decidió moverse a otra colonia donde sabía que era seguro asegurar pasaje, pero no tuvo respuesta. Transcurrió alrededor de una hora, esperando hacer su primer viaje del día, tiempo en el que estuvo dándole vueltas en su cabeza lo que le acaba de decir mi madre. Finalmente, cayó un primer viaje, una parejita se desplazaba hacía el Estado de México, a una colonia peligrosas de Ecatepec. Dudó en hacerlo, por el presentimiento de mi madre, pero no le quedó de otra, dijo su frase acostumbrada “Chamba es chamba y que sea lo que Dios quiera”.
No hubo ninguna complicación en su primer viaje, quiso salir de ese lugar rápidamente, pero inmediatamente le cayó otro servicio. Eran dos tiernos viejitos que se desplazaban al mercado de la Merced en el centro de la Ciudad de México. Juan, se alegró porque sería un buen viaje, bien pagado. Lo curioso es que, en el trayecto, se empezó a percibir un hedor a flores muertas en el auto. Inició siendo un olor apenas perceptible, hasta volverse casi insoportable. Al principio, disimuladamente, descendió ligeramente las ventanillas para que el aroma se disipara, al final, las bajó por completo. La pestilencia se tornó nauseabunda, insoportable, en cierto momento sintió que se ahogaba. Lo curioso, es los viejitos parecían no percibir nada, en todo el camino, no emitieron un solo sonido; al verlos por el retrovisor, era como si su mirada estuviese perdida en el horizonte, como si se encontraran en un trance. Juan tuvo un mal presentimiento, así que apresuró su paso para terminar lo antes posible ese viaje. Fuera de ese asqueroso detalle, no hubo otra complicación, al contrario, los ancianitos pagaron en efectivo y le dieron una buena propina a mi hermano por su buena atención.
Juan, se detuvo un momento a unas calles del metro Fray Servando, los ancianitos habían dejado tierra en los asientos, así que se bajó a limpiar con una escobilla que cargaba. Mi hermano, es muy especial, le gusta brindar un excelente servicio, por ello, se esmera siempre en tener el coche en perfecto estado y limpio. Mi hermano, luego nos comentó que la tierra que encontró en los asientos era rara, no nos supo explicar porque, simplemente nos refirió que de alguna forma era tierra vieja. Tenía un color extraño y olor a viejo, rancio, muerto. La verdad, es que no le entendemos a que se refiere con esto, pero dijo que después de limpiar, es como si algo se le hubiese quedado impregnado, no solamente en el cuerpo, sino que fue una sensación que recorrió sus adentros. No hizo caso y se concentró nuevamente en su meta, que era completar el dinero para pagar la mensualidad.
Apenas terminó de limpiar, fue solicitado su servicio a media cuadra de su ubicación. Roció el auto con aromatizante y se dirigió a recoger a una pasajera de nombre Mercedes. Le pareció gracioso aquel nombre tomando en cuenta el lugar donde estaba. “Iría a recoger a Mercedes a la Merced” Lo que le alegró fue darse cuenta que sería otro buen viaje, un trayecto largo y con dinámica. Dos buenos servicios en un día, no era un mal comienzo, de hecho, le hizo creer que llegaría a su meta, sin problemas.
La pasajera en cuestión, era una señora de unos cincuenta y tantos años, muy amable, ciertamente alegre. Ella cargaba dos grandes bolsas de mandado y tres cajas con gallinas o pollos. Mi hermano descendió de la unidad, para auxiliarla con su cargamento, acomodar las bolsas en la cajuela y ayudarla con sus cajas con animales. Ella no paraba de agradecerle las atenciones y su amabilidad.
El viaje fue de la Merced a Texcoco, el tráfico era terrible, tardaron alrededor de dos horas en llegar, sin embargo, el trayecto no fue pesado, dado que ambos platicaron todo el camino. Mi hermano refiere que la charla al principio fue casual, hablaron de cómo le iba a mi hermano en el trabajo, las inclemencias del clima, quejas sobre el gobierno, lo pesado de la situación económica. La primera cosa extraña que sucedió, fue cuando la mujer le dijo a mi hermano ¿apoco no te dio risa cuando viste que irías a recoger a Mercedes a la Merced? Juan se sorprendió porque lo dijo tal cual lo había pensado, aunque podía tratarse únicamente de una simple coincidencia. Ambos rieron sin adentrarse más en el tema.
Lo verdaderamente incomodo, fue cuando la señora de la nada le preguntó a mi hermano “¿cómo sigues de tu enfermedad?”, y si aún tenía pesadillas por la noche. Juan, nunca le mencionó a su pasajera acerca de que había enfermado hace apenas unos meses, es más, lo de las pesadillas era una situación que se guardaba solamente para él. Con cierto temor y de forma cortante, le dijo que seguía bien. La señora sonrió, le dijo que no fuera mentiroso, porque aún le costaba respirar, hacer esfuerzo, pero lo peor eran los dolores en las piernas y espalda, por andar manejando por largos periodos, también le señaló que los dolores de cabeza eran normales, no así, los escalofríos que le daban antes de dormir. La mujer sacó una pequeña libreta, empezó a recetarle remedios para esos males, como si se tratara de un doctor. En vez de medicamentos, eran tés e infusiones de plantas que nunca habíamos escuchado. Mi hermano agradecía con miedo, estaba sacado de onda con lo que le decía aquella mujer.
Casi cuando estaban por llegar al destino, después de pasar un tope, a Mercedes, se le cayó al suelo el lápiz con el que apuntaba. Al recogerlo, le preguntó sorprendida a mi hermano, “¿A quién subiste antes que a mí?” Mi hermano sospechó que la mujer había encontrado algún rastro de suciedad y se sintió avergonzado. Sin pensar las repercusiones, posiblemente buscando disculparse por el rastro de polvo, le contó lo de los viejitos y aquella arenilla extraña que creía haber limpiado bien.
Mercedes, cambió su tono de voz, de forma seria le dijo que esos no eran viejitos, sino almas en pena, que había ido por él. Te quieren llevar hasta la tumba, tan es así que esa tierra es de panteón. Lo más escalofriante no fue eso, Juan sintió que se desmayaría de la impresión, cuando la mujer concluyó su comentario diciéndole. “Esta arenilla, como la llamas, pertenece a tu tumba, estos canijos ya hasta te la cavaron.” Tanta fue la impresión que mi hermano soltó por un instante el volante, pero una mano en su hombro lo tranquilizó.
La mujer le dijo que no se preocupara, que aún no era su hora, posiblemente se le había pegado algún espíritu maligno, cuando estuvo tan cerca de la muerte, pero que, así como lo perseguía eso malo, también había alguien protegiéndolo. Entonces, Mercedes, le habló a mi hermano acerca de su madrina, la deidad que la protegía a ella y posiblemente a mi hermano. Ella le explicó a Juan, todo acerca de la niña blanca, lo milagrosa que era, pero también las consecuencias que podía sufrir quien le faltase a su palabra o al respeto.
Mi hermano tenía miedo, siempre hemos sido fieles creyentes de la religión católica, nunca habíamos acudido con brujas, tarot, santeros o esas cosas, por lo que el impactó fue abismal. La mujer, sin conocerlo, le había descrito sus achaques físicos, le explicó el significado de sus pesadillas y de cierta forma le describió a la mujer que Juan percibió cuando estuvo grave. Fue todo un shock. Todo lo que aquella dama le mencionó era verdad.
Mercedes le recetó baños, ungüentos y otras cosas que no nos ha querido decir mi hermano. Al final del papel, le apuntó su dirección, para que después de un tiempo fuera con ella a consulta para verificar sus avances. Mi hermano agradecía sin comprender del todo lo que estaba pasando. La mujer tenía palabras positivas para él, diciéndole que a pesar de los problemas saldría adelante y que era afortunado en que la dulce catrina quisiera ser su madrina.
Cuando llegaron a su destino, la mujer le dio las notas a mi hermano y antes de despedirse le regalo una estampita con la imagen de la santa muerte. Se la dio entre sus manos a mi hermano, quien se había bajado del auto para descargar todo y auxiliar a la mujer. Ella tomó sus manos, las apretó envolviéndolas con las suyas, murmuró unas palabras mientras cerraba los ojos, para finalmente despedirse de Juan, deseándole buena suerte y diciéndole que no dejara de confiar en su nueva madrina, aun cuando las cosas parecieran difíciles.
Juan no tuvo tiempo de asimilar lo sucedido, a partir de ese instante, la aplicación le mandó un viaje tras otro, sin descanso. No había concluido un servicio cuando ya le era solicitado otro. De Texcoco, lo llevaron a Ciudad Neza, en ese lugar le salieron diez viajes cortos. De ahí, anduvo por toda la Ciudad de México. Todos los viajes extrañamente eran con dinámica, la mayoría pago en efectivo, con buenos clientes, sin tener que batallar en ningún momento, ni siquiera con el tráfico. Hasta las siete de la noche, paró un momento la aplicación para comer en un puestito de tacos, ahí se dio cuenta que hacía rato que había alcanzado su meta, de hecho, necesitaría únicamente uno o dos buenos viajes y tendría hasta lo de la renta de su casa, lo que le permitiría llevar una semana de trabajo tranquila, posiblemente hasta podría darse el lujo de descansar uno o dos días.
Decidió que sería mala idea dejar ir la buena racha que estaba teniendo, por lo que buscaría hacer esos viajes que le faltaban, terminando sus labores, posiblemente a las diez de la noche. De esa forma, llegaría a buena hora a casa, le haría el amor a su mujer y podría descansar al día siguiente. “chamba es chamba y que sea lo que Dios quiera” se repitió antes de volver a encender la aplicación.
La buena fortuna pareció esfumarse, tardó alrededor de cuarenta minutos en que le llegara su siguiente viaje. En ese tiempo que esperó, se reprendió por haber cortado su buena racha al pararse a comer. Esos reproches quedaron atrás al percatarse que lo solicitaban, ese servicio iba a ser bueno, además que contaba con dinámica. Su suerte estaba de regreso, posiblemente unos cuantos viajes más y regresaría a casa antes de lo previsto, posiblemente con tiempo para leerles a sus hijos un cuento antes de dormir.
Después de ese servicio, es como si toda la Ciudad hubiese quedado abandonada. En las calles no se veía gente, tampoco transitaban autos. No había solicitudes de servicio y en la aplicación no se apreciaban zonas con tarifa dinámica. Algo dentro de Juan, le decía que era hora de ir a casa a descansar, pero estaba aferrado a juntar ahora lo de la renta. Anduvo por muchas colonias, avenidas y centros comerciales, pero no tuvo éxito en encontrar el viaje que necesitaba.
Posiblemente por la decepción, a Juan lo empezó a embargar el cansancio, era curioso porque dice que hasta el coche se sentía más pesado de lo normal. Se dio cuenta que posiblemente manejar de esa forma era irresponsable, por lo que se dio por vencido. Estaba por apagar la aplicación, cuando se le ocurrió re direccionar su viaje. A ver si de casualidad le caía un servicio que lo acercara a su casa, de esa forma no se iría con las manos vacías. Apenas hizo esta acción, cayó el viaje esperado.
Le dio un poco de desconfianza el servicio solicitado. El nombre del usuario era el de un personaje de las caricaturas, aunado a ello, el punto de encuentro se encontraba a quince minutos de distancia, pero, lo más escabroso era que tenía que acudir hasta un cerro, que se encuentra a un lado del parque nacional de los Dinamos, un punto rojo de seguridad.
Ante todas las banderas rojas, canceló el viaje, sin embargo, este le volvió a tocar a él. Quiso cancelarlo nuevamente, pero al analizar el desplazamiento, vio que le convenía económicamente y lo dejaría relativamente a unos cuantos metros de su casa. Casualidad o no, la cantidad que recibiría por ese viaje, era justamente la que él estaba buscando. Así que se convenció de que era buena oportunidad, ignoró las advertencias y se dirigió al punto de encuentro.
Nada más acercarse a la dirección se arrepintió, las calles eran empinadas, sin pavimentar, la iluminación era nula, y no había una sola alma en las calles. El punto acordado era casi en la punta del cerro, por un costado de la calle, se podía percibir la altura, más que nada por la negrura y espesura de los árboles del parque que se divisaba hacia abajo. Al llegar al lugar, prendió sus direccionales y le envió un mensaje al cliente.
El usuario le respondió inmediatamente, diciéndole que lo esperara un momento, ya que iba a bordo de otra unidad, pero que no tardaría ni cinco minutos. Para ganarse la confianza de mi hermano, le pidió que iniciara el viaje, para que, de esa forma le empezaran a cobrar y mi hermano no perdiera dinero esperándolo, así como también notara que en verdad se realizaría el viaje.
Juan sentía una mala espina de todo, aunque también no quería dejar pasar la oportunidad de hacer ese viaje que le permitiría descansar en la semana. Dudo, pero finalmente inició el viaje, apenas hizo esto, un escalofrió recorrió su espina dorsal. De la parte trasera de su asiento, se hizo presente una voz femenina, cavernosa, lejana, casi gutural que le dijo “¡Arranca y vete!” Mi hermano sintió mucho miedo, volteo rápidamente hacia atrás para encontrar únicamente soledad. Cada rincón de su cuerpo temblaba de miedo, porque esa voz era similar a la de la mujer que lo había cuidado cuando estuvo hospitalizado.
Rápidamente sacó de la bolsa de su pantalón la imagen que le había regalado la señora Mercedes, posiblemente por la paranoia del momento, sintió como si la imagen le sonriera. Por el miedo y la sorpresa, aventó la estampilla por la ventana, quiso arrancar, salir a toda velocidad, pero los faros de un auto lo deslumbraron por el retrovisor.
Llegó a pensar que todo esto le estaba sucediendo por no creer que la virgen de Guadalupe lo había protegido cuando estaba enfermo, seguramente era una lección, aunque también tuvo miedo cuando recordó las fatales consecuencias a quienes le faltaban el respeto a la santa muerte. Rápidamente abrió la puerta para recoger la estampita cuando se escucharon tres balazos, luego dos más. Dos hombres descendieron del carro que se había estacionado atrás de él, se subieron en la parte trasera de su auto y le ordenaron que manejara lo más rápido posible.
Mi hermano tardó unos segundos en reaccionar, por lo que uno de los hombres le apuntó con la pistola, amenazándolo que de no hacerlo tendría la misma suerte que el otro conductor. Salieron a toda velocidad de ahí, Juan refiere que conducía como si fuera en automático, tenía tantos pensamientos y sensaciones en la cabeza, que le era imposible ordenar todo, simplemente reaccionaba al miedo de morir, de dejar a sus hijos huérfanos, a su mujer endeudada y la tristeza que nos daría a todos. Se sintió tonto por avariciar unos cuantos pesos, teniendo que perder todo su esfuerzo del día.
Escuchaba que los hombres platicaban algo, estaban alegando, pero no entendía lo que decían, le daba miedo mirar, uno de ellos tenía toda su playera bañada en sangre, discutían acaloradamente y sacudían airadamente el arma. Juan temía que en cualquier momento se accionara el arma por accidente y lo mataran, aunque seguramente eso mismo sucedería en cuanto llegaran a su destino.
De cierta forma, se estaba resignando a su final, posiblemente era cierto “su tumba a estaba cavada” esa frase lo hizo reaccionar, porque también recordó las últimas palabras de Mercedes. “No dejes de confiar en tu nueva madrina”. Sin pensarlo mucho, empezó a rezar y a pedirle a la damita blanca que lo ayudara, le pidió perdón por haber aventado la estampita y le prometió que no dudaría más de ella, ni le temería. Iba tan metido en sus plegarias que no se dio cuenta cuando una camioneta de la policía les cerró el paso, en cuestión de segundos la avenida, que hace apenas unos segundos parecía desierta, ahora estaba llena de patrullas.
Uno de los asesinos escondió el arma abajo del asiento de mi hermano, señalaron que Juan trabajaba con ellos en el robo a taxistas de aplicación. Otro de los individuos, hasta acusó que mi hermano era el autor intelectual de los delitos que se les imputaban. Ahí supimos que estos hombres no solamente asaltaban, sino que solían asesinar a todas sus víctimas, por lo que ese iba a ser el desenlace de mi hermano.
En el Ministerio Público trataron fatal a Juan, no le quisieron hacer las pruebas de balística (porque fue señalado de haber accionado la pistola), acusaban que había huellas de él en el arma homicida, sin presentar un informe que lo demostrara. La empresa de aplicación de taxis, se deslindó de mi hermano, no nos quisieron proporcionar un documento donde se comprobará que mi hermano estaba en viaje al momento de la detención, mucho menos que había estado trabajando. Ellos eliminaron su cuenta y no fueron ni para pagar todo lo trabajado esa semana, como correspondía.
Juan posiblemente había librado la muerte, pero no la cárcel. Finalmente perdió el auto, todos nos cooperamos para pagarle un buen abogado, aun así, pasó cinco meses recluido. Toda esperanza de liberarlo parecía lejana hasta que finalmente se hizo la luz y llegó la justicia de forma muy extraña.
En una de las casas aledañas, de donde Juan estuvo esperando al usuario, había cámaras de vigilancia, las cuales se activan por movimiento y siguen a su objetivo, hasta que este sale de su ángulo. Lo curioso, es que no se activaron cuando pasó mi hermano en su auto. Se activaron y empezaron a grabar al momento en que una señora de túnica negra, se paró enfrente de la casa. La figura se quedó ahí, estática. A pesar de la buena definición del aparato, no fue posible reconocer las facciones de la mujer. Esa aparición, después de un rato se movió y fue escalofriante, ya que esa silueta espectral, parecía no tener pies, iba prácticamente flotando medio metro arriba de la calle. El espectro se movió en dirección al coche de mi hermano y se quedó justo detrás, hasta el momento en que llegó el otro auto, por lo que quedó registrado el asesinato.
Ese vecino, fue quien al observar lo registrado por las cámaras, llamó a la policía para reportar el asesinato y dar santo y seña del coche de mi hermano. La grabación de su cámara de video vigilancia fue la que respaldó la declaración de mi hermano. Pudimos localizar a la señora Mercedes quien también declaró a favor de mi hermano y de ahí encontramos pruebas a su favor. Finalmente pudo salir libre, exonerado por completo.
No te puedo asegurar si todo esto fue obra divina, cosa del demonio o tiene que ver con lo paranormal. Sinceramente, no le hemos encontrado una explicación racional, solamente nos queda agradecer a quien le haya ayudado a mi hermano porque aún está con nosotros “vivito y coleando.”




