¿MACABRO MILAGRO?

Posiblemente esta historia suene descabellada, poco creíble y que atenta contra la lógica. Si no fuese porque esto le sucedió a mi hermano, a quien llamaré Juan, seguramente yo tampoco lo creería completamente. Conociéndolo, les puedo asegurar que esto realmente sucedió tal como se los voy a relatar. No sé si esto tenga algo de paranormal o simplemente estamos intentando encontrar una justificación a lo sucedido. Hay cosas que no comprendemos y que posiblemente se queden así… sin explicación.   

Juan trabajaba como taxista de aplicación en la Ciudad de México, desde antes que iniciara la pandemia. Al ser despedido injustamente de su trabajo, decidió sacar un auto a crédito, para iniciar su emprendimiento. Con sus ahorros y lo poco que obtuvo por su liquidación, pagó el enganche y algunos gastos más. Ese trabajo le agradó, porque no tenía un jefe que lo presionara; le gustaba establecer sus horarios de modo que pudiera disfrutar a la familia, sobretodo, convivir con su esposa y sus pequeños hijos.

Al principio todo iba bien, pudo pagar sin problema sus mensualidades, su estabilidad económica era buena, hasta que nos tomó por sorpresa la pandemia. Los viajes disminuyeron, sus ingresos empezaron a ser justos, a veces insuficientes. Su animó cambió, casi siempre lo veíamos estresado, cansado, de mal humor, hasta que finalmente enfermó de Covid.

Su estado de salud fue grave, en el hospital lo entubaron, los doctores nos dieron pocas esperanzas, se esperaba que en cualquier momento falleciera. Duró internado casi un mes, afortunadamente se salvó. La recuperación fue extremadamente lenta, estuvo en cama casi tres meses, sin contar el tiempo en el hospital. Todos en la familia apoyamos para sus gastos médicos y ayudábamos con lo que podíamos a mi cuñada y sus pequeños. Cómo se imaginarán, en ese tiempo no se pagaron las cuentas del coche. Así que la deuda creció por los intereses que se elevaban exponencialmente.

Lo curioso es que cuando se recuperó mi hermano, es como si hubiese vuelto a nacer, le regresó su ánimo de lucha, su buen humor, se pudiera decir que volvió a ser él mismo; no el amargado y enojón en que se estaba convirtiendo antes de enfermar. En cuanto tuvo la fuerza suficiente, salió a trabajar para darle solución a su mala situación económica. A base de esfuerzo y lucha, logró casi ponerse al corriente con todo: renta, prestamos, y el crédito del coche.   

Juan, en una reunión familiar, nos llegó a platicar que cuando estuvo enfermo, soñaba recurrentemente con una mujer que le decía que no era su hora, así como le recordaba que tenía que salir adelante por sus hijos. Que le esperaba una vida de prosperidad. Mi hermano, no recuerda su rostro, ni su cuerpo, es más, ni siquiera el tono exacto de su voz, aunque menciona que sabía que era una dama, por una extraña calidez que emanaba. Mi madre, le dijo que seguramente era la virgen de Guadalupe quien lo estaba cuidando, aunque mi él tenía sus dudas, a pesar de ser fiel creyente.

Disculpen que me haya alargado con la presentación, pero siento que era necesaria para que comprendan de mejor forma lo que sucedió, aquel domingo, cuatro de julio del dos mil veintiuno.

Por la mañana, como a eso de las siete, se nos hizo raro que mi hermano fuera a casa de mi mamá. Nos dijo que tenía ganas de desayunar con ella. Lo extraño no fue su visita, sino que mi madre, apenas la noche anterior, había tenido una pesadilla, donde veía a mi hermano en peligro. Ella, se despertó con una angustia en el pecho, una extraña sensación, la cual se calmó al ver a Juan, llegar a su casa. El verlo ahí y asegurarse que se encontraba bien le hizo olvidarse un poco de aquella sensación, la cual no se disipó por completo. Por su parte, mi hermano dijo que no planeaba visitar a mi mamá, fue como si de forma automática manejara a su casa, algo así, como por instinto.

Después de desayunar, mi madre le hizo saber a Juan sobre su sueño y este le dijo que no se preocupara; él estaba feliz porque casi liquidaría sus deudas, le faltaba pagar la mensualidad del coche para ponerse completamente al corriente. El problema era que tenía hasta el día siguiente para hacerlo, y con eso evitar el cobro de los intereses. Le prometió a mi madre, que solamente trabajaría hasta completar eso y regresaría a casa. Antes de que mi hermano se fuera, mi madre lo persignó y lo encomendó a la virgen para que no sucediera nada malo.

Juan, apenas salir de casa de mi madre, activó su aplicación, pero no caían viajes, decidió moverse a otra colonia donde sabía que era seguro asegurar pasaje, pero no tuvo respuesta. Transcurrió alrededor de una hora, esperando hacer su primer viaje del día, tiempo en el que estuvo dándole vueltas en su cabeza lo que le acaba de decir mi madre. Finalmente, cayó un primer viaje, una parejita se desplazaba hacía el Estado de México, a una colonia peligrosas de Ecatepec. Dudó en hacerlo, por el presentimiento de mi madre, pero no le quedó de otra, dijo su frase acostumbrada “Chamba es chamba y que sea lo que Dios quiera”.

No hubo ninguna complicación en su primer viaje, quiso salir de ese lugar rápidamente, pero inmediatamente le cayó otro servicio. Eran dos tiernos viejitos que se desplazaban al mercado de la Merced en el centro de la Ciudad de México. Juan, se alegró porque sería un buen viaje, bien pagado. Lo curioso es que, en el trayecto, se empezó a percibir un hedor a flores muertas en el auto. Inició siendo un olor apenas perceptible, hasta volverse casi insoportable. Al principio, disimuladamente, descendió ligeramente las ventanillas para que el aroma se disipara, al final, las bajó por completo. La pestilencia se tornó nauseabunda, insoportable, en cierto momento sintió que se ahogaba. Lo curioso, es los viejitos parecían no percibir nada, en todo el camino, no emitieron un solo sonido; al verlos por el retrovisor, era como si su mirada estuviese perdida en el horizonte, como si se encontraran en un trance. Juan tuvo un mal presentimiento, así que apresuró su paso para terminar lo antes posible ese viaje. Fuera de ese asqueroso detalle, no hubo otra complicación, al contrario, los ancianitos pagaron en efectivo y le dieron una buena propina a mi hermano por su buena atención.

Juan, se detuvo un momento a unas calles del metro Fray Servando, los ancianitos habían dejado tierra en los asientos, así que se bajó a limpiar con una escobilla que cargaba. Mi hermano, es muy especial, le gusta brindar un excelente servicio, por ello, se esmera siempre en tener el coche en perfecto estado y limpio. Mi hermano, luego nos comentó que la tierra que encontró en los asientos era rara, no nos supo explicar porque, simplemente nos refirió que de alguna forma era tierra vieja. Tenía un color extraño y olor a viejo, rancio, muerto. La verdad, es que no le entendemos a que se refiere con esto, pero dijo que después de limpiar, es como si algo se le hubiese quedado impregnado, no solamente en el cuerpo, sino que fue una sensación que recorrió sus adentros. No hizo caso y se concentró nuevamente en su meta, que era completar el dinero para pagar la mensualidad.  

Apenas terminó de limpiar, fue solicitado su servicio a media cuadra de su ubicación. Roció el auto con aromatizante y se dirigió a recoger a una pasajera de nombre Mercedes. Le pareció gracioso aquel nombre tomando en cuenta el lugar donde estaba. “Iría a recoger a Mercedes a la Merced” Lo que le alegró fue darse cuenta que sería otro buen viaje, un trayecto largo y con dinámica. Dos buenos servicios en un día, no era un mal comienzo, de hecho, le hizo creer que llegaría a su meta, sin problemas.  

La pasajera en cuestión, era una señora de unos cincuenta y tantos años, muy amable, ciertamente alegre. Ella cargaba dos grandes bolsas de mandado y tres cajas con gallinas o pollos. Mi hermano descendió de la unidad, para auxiliarla con su cargamento, acomodar las bolsas en la cajuela y ayudarla con sus cajas con animales. Ella no paraba de agradecerle las atenciones y su amabilidad.

El viaje fue de la Merced a Texcoco, el tráfico era terrible, tardaron alrededor de dos horas en llegar, sin embargo, el trayecto no fue pesado, dado que ambos platicaron todo el camino. Mi hermano refiere que la charla al principio fue casual, hablaron de cómo le iba a mi hermano en el trabajo, las inclemencias del clima, quejas sobre el gobierno, lo pesado de la situación económica. La primera cosa extraña que sucedió, fue cuando la mujer le dijo a mi hermano ¿apoco no te dio risa cuando viste que irías a recoger a Mercedes a la Merced? Juan se sorprendió porque lo dijo tal cual lo había pensado, aunque podía tratarse únicamente de una simple coincidencia. Ambos rieron sin adentrarse más en el tema.  

Lo verdaderamente incomodo, fue cuando la señora de la nada le preguntó a mi hermano “¿cómo sigues de tu enfermedad?”, y si aún tenía pesadillas por la noche. Juan, nunca le mencionó a su pasajera acerca de que había enfermado hace apenas unos meses, es más, lo de las pesadillas era una situación que se guardaba solamente para él. Con cierto temor y de forma cortante, le dijo que seguía bien. La señora sonrió, le dijo que no fuera mentiroso, porque aún le costaba respirar, hacer esfuerzo, pero lo peor eran los dolores en las piernas y espalda, por andar manejando por largos periodos, también le señaló que los dolores de cabeza eran normales, no así, los escalofríos que le daban antes de dormir. La mujer sacó una pequeña libreta, empezó a recetarle remedios para esos males, como si se tratara de un doctor. En vez de medicamentos, eran tés e infusiones de plantas que nunca habíamos escuchado. Mi hermano agradecía con miedo, estaba sacado de onda con lo que le decía aquella mujer.

Casi cuando estaban por llegar al destino, después de pasar un tope, a Mercedes, se le cayó al suelo el lápiz con el que apuntaba. Al recogerlo, le preguntó sorprendida a mi hermano, “¿A quién subiste antes que a mí?” Mi hermano sospechó que la mujer había encontrado algún rastro de suciedad y se sintió avergonzado. Sin pensar las repercusiones, posiblemente buscando disculparse por el rastro de polvo, le contó lo de los viejitos y aquella arenilla extraña que creía haber limpiado bien.

Mercedes, cambió su tono de voz, de forma seria le dijo que esos no eran viejitos, sino almas en pena, que había ido por él. Te quieren llevar hasta la tumba, tan es así que esa tierra es de panteón. Lo más escalofriante no fue eso, Juan sintió que se desmayaría de la impresión, cuando la mujer concluyó su comentario diciéndole. “Esta arenilla, como la llamas, pertenece a tu tumba, estos canijos ya hasta te la cavaron.” Tanta fue la impresión que mi hermano soltó por un instante el volante, pero una mano en su hombro lo tranquilizó.

La mujer le dijo que no se preocupara, que aún no era su hora, posiblemente se le había pegado algún espíritu maligno, cuando estuvo tan cerca de la muerte, pero que, así como lo perseguía eso malo, también había alguien protegiéndolo. Entonces, Mercedes, le habló a mi hermano acerca de su madrina, la deidad que la protegía a ella y posiblemente a mi hermano. Ella le explicó a Juan, todo acerca de la niña blanca, lo milagrosa que era, pero también las consecuencias que podía sufrir quien le faltase a su palabra o al respeto.

Mi hermano tenía miedo, siempre hemos sido fieles creyentes de la religión católica, nunca habíamos acudido con brujas, tarot, santeros o esas cosas, por lo que el impactó fue abismal. La mujer, sin conocerlo, le había descrito sus achaques físicos, le explicó el significado de sus pesadillas y de cierta forma le describió a la mujer que Juan percibió cuando estuvo grave. Fue todo un shock. Todo lo que aquella dama le mencionó era verdad.

Mercedes le recetó baños, ungüentos y otras cosas que no nos ha querido decir mi hermano. Al final del papel, le apuntó su dirección, para que después de un tiempo fuera con ella a consulta para verificar sus avances. Mi hermano agradecía sin comprender del todo lo que estaba pasando. La mujer tenía palabras positivas para él, diciéndole que a pesar de los problemas saldría adelante y que era afortunado en que la dulce catrina quisiera ser su madrina.

Cuando llegaron a su destino, la mujer le dio las notas a mi hermano y antes de despedirse le regalo una estampita con la imagen de la santa muerte. Se la dio entre sus manos a mi hermano, quien se había bajado del auto para descargar todo y auxiliar a la mujer. Ella tomó sus manos, las apretó envolviéndolas con las suyas, murmuró unas palabras mientras cerraba los ojos, para finalmente despedirse de Juan, deseándole buena suerte y diciéndole que no dejara de confiar en su nueva madrina, aun cuando las cosas parecieran difíciles.

Juan no tuvo tiempo de asimilar lo sucedido, a partir de ese instante, la aplicación le mandó un viaje tras otro, sin descanso. No había concluido un servicio cuando ya le era solicitado otro. De Texcoco, lo llevaron a Ciudad Neza, en ese lugar le salieron diez viajes cortos. De ahí, anduvo por toda la Ciudad de México. Todos los viajes extrañamente eran con dinámica, la mayoría pago en efectivo, con buenos clientes, sin tener que batallar en ningún momento, ni siquiera con el tráfico. Hasta las siete de la noche, paró un momento la aplicación para comer en un puestito de tacos, ahí se dio cuenta que hacía rato que había alcanzado su meta, de hecho, necesitaría únicamente uno o dos buenos viajes y tendría hasta lo de la renta de su casa, lo que le permitiría llevar una semana de trabajo tranquila, posiblemente hasta podría darse el lujo de descansar uno o dos días.

Decidió que sería mala idea dejar ir la buena racha que estaba teniendo, por lo que buscaría hacer esos viajes que le faltaban, terminando sus labores, posiblemente a las diez de la noche. De esa forma, llegaría a buena hora a casa, le haría el amor a su mujer y podría descansar al día siguiente. “chamba es chamba y que sea lo que Dios quiera” se repitió antes de volver a encender la aplicación.

La buena fortuna pareció esfumarse, tardó alrededor de cuarenta minutos en que le llegara su siguiente viaje. En ese tiempo que esperó, se reprendió por haber cortado su buena racha al pararse a comer. Esos reproches quedaron atrás al percatarse que lo solicitaban, ese servicio iba a ser bueno, además que contaba con dinámica. Su suerte estaba de regreso, posiblemente unos cuantos viajes más y regresaría a casa antes de lo previsto, posiblemente con tiempo para leerles a sus hijos un cuento antes de dormir.

Después de ese servicio, es como si toda la Ciudad hubiese quedado abandonada. En las calles no se veía gente, tampoco transitaban autos. No había solicitudes de servicio y en la aplicación no se apreciaban zonas con tarifa dinámica. Algo dentro de Juan, le decía que era hora de ir a casa a descansar, pero estaba aferrado a juntar ahora lo de la renta. Anduvo por muchas colonias, avenidas y centros comerciales, pero no tuvo éxito en encontrar el viaje que necesitaba.

Posiblemente por la decepción, a Juan lo empezó a embargar el cansancio, era curioso porque dice que hasta el coche se sentía más pesado de lo normal. Se dio cuenta que posiblemente manejar de esa forma era irresponsable, por lo que se dio por vencido. Estaba por apagar la aplicación, cuando se le ocurrió re direccionar su viaje. A ver si de casualidad le caía un servicio que lo acercara a su casa, de esa forma no se iría con las manos vacías. Apenas hizo esta acción, cayó el viaje esperado.

Le dio un poco de desconfianza el servicio solicitado. El nombre del usuario era el de un personaje de las caricaturas, aunado a ello, el punto de encuentro se encontraba a quince minutos de distancia, pero, lo más escabroso era que tenía que acudir hasta un cerro, que se encuentra a un lado del parque nacional de los Dinamos, un punto rojo de seguridad.

Ante todas las banderas rojas, canceló el viaje, sin embargo, este le volvió a tocar a él. Quiso cancelarlo nuevamente, pero al analizar el desplazamiento, vio que le convenía económicamente y lo dejaría relativamente a unos cuantos metros de su casa. Casualidad o no, la cantidad que recibiría por ese viaje, era justamente la que él estaba buscando. Así que se convenció de que era buena oportunidad, ignoró las advertencias y se dirigió al punto de encuentro.   

Nada más acercarse a la dirección se arrepintió, las calles eran empinadas, sin pavimentar, la iluminación era nula, y no había una sola alma en las calles. El punto acordado era casi en la punta del cerro, por un costado de la calle, se podía percibir la altura, más que nada por la negrura y espesura de los árboles del parque que se divisaba hacia abajo. Al llegar al lugar, prendió sus direccionales y le envió un mensaje al cliente.

El usuario le respondió inmediatamente, diciéndole que lo esperara un momento, ya que iba a bordo de otra unidad, pero que no tardaría ni cinco minutos. Para ganarse la confianza de mi hermano, le pidió que iniciara el viaje, para que, de esa forma le empezaran a cobrar y mi hermano no perdiera dinero esperándolo, así como también notara que en verdad se realizaría el viaje.

Juan sentía una mala espina de todo, aunque también no quería dejar pasar la oportunidad de hacer ese viaje que le permitiría descansar en la semana. Dudo, pero finalmente inició el viaje, apenas hizo esto, un escalofrió recorrió su espina dorsal. De la parte trasera de su asiento, se hizo presente una voz femenina, cavernosa, lejana, casi gutural que le dijo “¡Arranca y vete!” Mi hermano sintió mucho miedo, volteo rápidamente hacia atrás para encontrar únicamente soledad. Cada rincón de su cuerpo temblaba de miedo, porque esa voz era similar a la de la mujer que lo había cuidado cuando estuvo hospitalizado.

Rápidamente sacó de la bolsa de su pantalón la imagen que le había regalado la señora Mercedes, posiblemente por la paranoia del momento, sintió como si la imagen le sonriera. Por el miedo y la sorpresa, aventó la estampilla por la ventana, quiso arrancar, salir a toda velocidad, pero los faros de un auto lo deslumbraron por el retrovisor.

Llegó a pensar que todo esto le estaba sucediendo por no creer que la virgen de Guadalupe lo había protegido cuando estaba enfermo, seguramente era una lección, aunque también tuvo miedo cuando recordó las fatales consecuencias a quienes le faltaban el respeto a la santa muerte. Rápidamente abrió la puerta para recoger la estampita cuando se escucharon tres balazos, luego dos más. Dos hombres descendieron del carro que se había estacionado atrás de él, se subieron en la parte trasera de su auto y le ordenaron que manejara lo más rápido posible.

Mi hermano tardó unos segundos en reaccionar, por lo que uno de los hombres le apuntó con la pistola, amenazándolo que de no hacerlo tendría la misma suerte que el otro conductor. Salieron a toda velocidad de ahí, Juan refiere que conducía como si fuera en automático, tenía tantos pensamientos y sensaciones en la cabeza, que le era imposible ordenar todo, simplemente reaccionaba al miedo de morir, de dejar a sus hijos huérfanos, a su mujer endeudada y la tristeza que nos daría a todos. Se sintió tonto por avariciar unos cuantos pesos, teniendo que perder todo su esfuerzo del día.

Escuchaba que los hombres platicaban algo, estaban alegando, pero no entendía lo que decían, le daba miedo mirar, uno de ellos tenía toda su playera bañada en sangre, discutían acaloradamente y sacudían airadamente el arma. Juan temía que en cualquier momento se accionara el arma por accidente y lo mataran, aunque seguramente eso mismo sucedería en cuanto llegaran a su destino.

De cierta forma, se estaba resignando a su final, posiblemente era cierto “su tumba a estaba cavada” esa frase lo hizo reaccionar, porque también recordó las últimas palabras de Mercedes. “No dejes de confiar en tu nueva madrina”. Sin pensarlo mucho, empezó a rezar y a pedirle a la damita blanca que lo ayudara, le pidió perdón por haber aventado la estampita y le prometió que no dudaría más de ella, ni le temería. Iba tan metido en sus plegarias que no se dio cuenta cuando una camioneta de la policía les cerró el paso, en cuestión de segundos la avenida, que hace apenas unos segundos parecía desierta, ahora estaba llena de patrullas.

Uno de los asesinos escondió el arma abajo del asiento de mi hermano, señalaron que Juan trabajaba con ellos en el robo a taxistas de aplicación. Otro de los individuos, hasta acusó que mi hermano era el autor intelectual de los delitos que se les imputaban. Ahí supimos que estos hombres no solamente asaltaban, sino que solían asesinar a todas sus víctimas, por lo que ese iba a ser el desenlace de mi hermano.

En el Ministerio Público trataron fatal a Juan, no le quisieron hacer las pruebas de balística (porque fue señalado de haber accionado la pistola), acusaban que había huellas de él en el arma homicida, sin presentar un informe que lo demostrara. La empresa de aplicación de taxis, se deslindó de mi hermano, no nos quisieron proporcionar un documento donde se comprobará que mi hermano estaba en viaje al momento de la detención, mucho menos que había estado trabajando. Ellos eliminaron su cuenta y no fueron ni para pagar todo lo trabajado esa semana, como correspondía.

Juan posiblemente había librado la muerte, pero no la cárcel. Finalmente perdió el auto, todos nos cooperamos para pagarle un buen abogado, aun así, pasó cinco meses recluido. Toda esperanza de liberarlo parecía lejana hasta que finalmente se hizo la luz y llegó la justicia de forma muy extraña.

En una de las casas aledañas, de donde Juan estuvo esperando al usuario, había cámaras de vigilancia, las cuales se activan por movimiento y siguen a su objetivo, hasta que este sale de su ángulo. Lo curioso, es que no se activaron cuando pasó mi hermano en su auto. Se activaron y empezaron a grabar al momento en que una señora de túnica negra, se paró enfrente de la casa. La figura se quedó ahí, estática. A pesar de la buena definición del aparato, no fue posible reconocer las facciones de la mujer. Esa aparición, después de un rato se movió y fue escalofriante, ya que esa silueta espectral, parecía no tener pies, iba prácticamente flotando medio metro arriba de la calle. El espectro se movió en dirección al coche de mi hermano y se quedó justo detrás, hasta el momento en que llegó el otro auto, por lo que quedó registrado el asesinato.

Ese vecino, fue quien al observar lo registrado por las cámaras, llamó a la policía para reportar el asesinato y dar santo y seña del coche de mi hermano. La grabación de su cámara de video vigilancia fue la que respaldó la declaración de mi hermano. Pudimos localizar a la señora Mercedes quien también declaró a favor de mi hermano y de ahí encontramos pruebas a su favor. Finalmente pudo salir libre, exonerado por completo.

No te puedo asegurar si todo esto fue obra divina, cosa del demonio o tiene que ver con lo paranormal. Sinceramente, no le hemos encontrado una explicación racional, solamente nos queda agradecer a quien le haya ayudado a mi hermano porque aún está con nosotros “vivito y coleando.”  

TE PROPONGO UN DOMINGO A MI LADO.

Voy a ser directo, como siempre he sido contigo, no me andaré por las ramas. Quiero proponerte un domingo a mi lado. Lo tengo todo planeado, aunque sé que nuestras mejores citas, han sido aquellas en las que hemos improvisado.

Pasaremos la madrugada juntos, abrazados en la cama, posiblemente peleando por un poco de cobija y almohada. En cuanto el sol se haga presente en el horizonte, te despertaré como a ti te gusta. Con suaves caricias recorreré todo tu cuerpo, palpando con extrema delicadeza cada pliegue de tu fina piel. Te llenaré de besos, colocados estratégicamente para encenderte y consumirme en tu ardiente pasión. Al principio, haremos el amor de forma delicada, tierna, para que tu transitar del mundo de los sueños a la realidad no sea tan abrupto. Lentamente, fundiremos nuestras almas, rozando nuestras auras con esa cálida energía que siempre desprendes cuando estas a mi lado. Nos entregaremos uno a otro hasta que los cuerpos no puedan más.

Agotados y resignados a desprendernos de la cama, te propondré saciar nuestro apetito. Siendo domingo, estaremos tentados a llevar a cabo ese acto, casi religioso, de entregarnos al cordero que quita los pecados del mundo. Comeremos en la esquina, en el puesto de don Chema, taquitos de barbacoa, con su guacamole, su consomé y una coquita bien fría.

Sacaras de tu bolso ese diario que siempre cargas. Aquella libreta donde llevas la bitácora de nuestros viajes y aventuras. Juntos decidiremos el pueblito mágico que nos tocará explorar ese domingo. No sabemos si es cerca o lejos, seguramente el destino sea quien elija por nosotros, lo único que es seguro, es que no importa a donde vayamos, siempre y cuando sea juntos.

Yo manejare y tu te encargaras de seleccionar la música. Como siempre, escogeras los temas de conversación. Me encanta cuando me haces tus preguntas filosóficas, esos temas profundos sobre tu vida, las lecciones sobre poesía, arte o libros o simplemente escucharte contar los chismes del momento. Reiremos hasta que nos duela el estomago con mis ocurrencias o con tus metidas de pata. Escucharemos a todo volumen la música y cantaremos como loquitos en el trayecto. ¿te he dicho que nunca me he aburrido en algún viaje contigo?

No importa a qué rincón del país lleguemos, buscaremos alguna atracción turística. Posiblemente sea un museo, una feria, un parque, un bosque o una actividad al aire libre, eso no importa, mientras lo hagamos juntos; siempre tomados de la mano, siempre riendo, siempre jugando. Será imposible no darte todo tipo de besos, algunos de piquito, otros tiernos como los que te doy en la frente o tu naricita y otros más apasionados. No tengo duda que la gente que nos tendrá envidia, nunca verán una pareja tan feliz.

Por la tarde, buscaremos algo de comer, si no lo hago a tiempo, temo despertar tu mal humor. Intentaras hacer que coma algo exótico y seguramente me negaré, aunque ya sabemos que tu eres quien manda y lo terminaré haciendo. O tal vez, presa de la curiosidad, vayamos a probar algún platillo típico de la región. Creo que no te lo he dicho, pero siento cierto placer al verte comer, me encanta ver esos gestos de niña contenta que haces mientras masticas. Me mata esa sonrisa de mujer enamorada que pones cuando me miras.

Dejaremos espacio para el postre, posiblemente un helado o un elote. Buscaremos la falda de un frondoso árbol o una banca para sentarnos a degustarlos. Comeremos en silencio, ese momento de paz donde me siento satisfecho. Eres de las pocas personas con las que en esos instantes no existe la incomodidad, seguramente me abrazaras y por dentro pensaré que es el mejor día de mi vida. Me sacarás de mis pensamientos intentando darle una mordida a mi postre. Sé que tú también disfrutarás ese instante, tanto, que me declamaras uno de tus hermosos poemas y si no lo haces, te relataré uno de mis cuentos. Debo confesarte que no solamente sentí atracción física hacia ti, me enamoró tu inteligencia y ese hermoso talento que cargas contigo. Cuando termines tu poema estaré maravillado y orgulloso de haber podido compartir contigo aquel instante. Caminaremos al alba, desnudando nuestras almas, dejando al descubierto nuestros sentimientos y hablando con puras verdades. Contigo me siento tan libre que me atormenta pensar el momento en que ya no estes a mi lado.

No dudo que buscaremos un lugar para tomarnos unas cervezas o posiblemente un pulque, lo que se nos atraviese primero. Beberemos, bailaremos y cantaremos, olvidando todo a nuestro alrededor. Solamente estaremos tu y yo, aunque estemos rodeados de gente extraña. Con las copas encima y los ánimos encendidos, encontraremos un rincón para entregarnos a la pasión. Sé que te encanta hacerlo con la adrenalina de ser descubiertos o simplemente intentando cumplir alguna curiosa fantasía. Teniendo sexo desenfrenado, mientras de fondo suena nuestra canción del Panteón Rococo. Aquel sitio será testigo de nuestro amor, un lugar que quedará grabado en nuestra memoria, sonreiremos pícaramente cuando recordemos lo sucedido. Dibujaremos una sonrisa al rememorar nuestras travesuras.

En el camino de regreso, dormirás cansada por el viaje. Manejaré pensando en lo afortunado que soy por estar a tu lado, por sentirme amado, aunque también estaré triste sabiendo que en algunos minutos nos despediremos. Tomaré el camino largo para estar contigo más tiempo, para grabar en mi memoria cada detalle tuyo y en un alto, te murmuraré al oído: Te amo. Para concluir la noche, te llevaré a comer esos taquitos de tripa bien asada, que tanto te gustan. Tu madre te llamará para apresurar tu llegada, te besaré, haremos el amor en el coche y finalmente te iras. Me marcharé con esa sensación agridulce, de estar triste porque se acabo el día y feliz por el día tan maravilloso que habré tenido.

así que te pregunto: ¿te gustaría pasar un domingo a mi lado?

ALMAS GEMELAS

No solía ser una persona que creyera en el destino, la suerte o las coincidencias, pero un día todo eso cambió. Por aquel entonces, había una chica que me latía, cuando habíamos llegado a salir, nos la pasábamos genial. No era nada extraordinario, aun así, las cosas fluían a tal grado que le pediría que fuera mi novia. El nombre de esa chica es: Isadora.

Quiero pensar que todos tenemos un lugar especial, aquel espacio donde sientes que perteneces, puedes ser libre y feliz. Es aquel rincón, donde acudes cuando te sientes vulnerable, de cierta forma, ahí te reconforta su calidez. Lo sientes tan tuyo, que seleccionas estrictamente a las personas que te pueden acompañar, de hecho, se puede decir que es tu forma de demostrarles a ellos que te importan. Ese sitio especial en mi vida, es la Cineteca Nacional de la Ciudad de México.  

Estaba convencido de que las cosas funcionarían con Isadora, así que decidí dar ese paso definitivo e invitarla a la Cineteca. El pretexto, fue pedirle que me acompañara a la exposición de los “Estudios Pixar”, misma que se estaba llevando a cabo en ese lugar. Aprovecharíamos también para ver la película de “Coco.” (2017) realizada precisamente por dicho estudio de animación, de la exposición.

Ya había visto, días antes, la película, pero deseaba compartir con ella el momento. He de confesar que había preparado algunos datos curiosos de la cinta para tener una charla interesante. Así también, dejaba abierta la posibilidad de declararle mi amor ese mismo día, aunque claro, eso dependía de las circunstancias del momento.

La cita era a las tres de la tarde, por lo que, la cinta se proyectaría media hora después, lo que nos daba tiempo suficiente, para comprar palomitas y formarnos para entrar. Ya posteriormente entraríamos a la exposición. Aun así, decidí llegar con mucho tiempo de anticipación, (doce del día). No es que estuviese obsesionado con la cita, simplemente, quería pasar a ver los libros de cine a las librerías que se encuentran ahí, y posiblemente comprar alguna película de “Giuseppe Tornatore”, aun no me decidía entre “Malena” (2000) o “Cinema Paradiso” (1988).

Por lo regular, suelo tardar horas en decidirme que título adquirir, por ello, no deseaba abrumarla con la espera, aparte de que, con el tiempo sobrante, disfrutaría del espacio; posiblemente leería un libro, sentado en las áreas verdes o en alguna cafetería.

Todo iba conforme lo planeado, llegué a la librería María Félix, que se encuentra dentro de la Cineteca. Decidí no ir directamente a los libros de cine, esta vez quise revisar el catálogo de arte. Me entretuve viendo una colección, interesante, de pintores impresionistas. Estuve a nada de comprar un folletín de pinturas de Modigliani, pero recordé que debía comprar la película de Tornatore, así que decidí no gastar en ello.

Al estar en la sección de cine, vi un libro que me robó el aliento, “El Guion Story” de Robert Mckee. Estaba por tomarlo, cuando una chica lo agarró primero, expresó su emoción en voz alta: “¡Oh, por Dios!” Al principio me dio un poco de coraje, era el único ejemplar disponible. Aunque lo que en verdad me molestó fue cuando la chica exclamó “¡No mames! Tiene el sesenta por ciento de descuento… ¡Genial!” Creo que debió de haber percibido mi mala vibra, porque me volteó a ver, algo avergonzaba me preguntó “¿Lo estabas viendo?” La pregunta me tomó fuera de lugar, me sentí exhibido, avergonzado, respondí que no y me retiré rápidamente de ahí.

Intente olvidar el bochornoso momento sumergiéndome en las películas que tenían en venta en la librería. Algo que me encanta, es que cataloguen los títulos por país de origen, eso me ayuda a conocer un poco más de la cinta y del director. Me entretuve con los filmes alemanes, intentaba buscar alguna película de Herzog, cuando escuche de nuevo esa voz aniñada, preguntando a un empleado “Disculpa chico, ¿dónde puedo encontrar la película de Malena?… No recuerdo el nombre del director”. Sonreí socarronamente, porque conocía la respuesta, “Giuseppe Tornatore, se encuentra en la sección de cine italiano”. En eso recordé que era uno de los títulos que me llevaría y no quería que me la volvieran a aplicar, así que fui rápido por la cinta, para mi desgracia, había muchos dvd´s de ese título.

El vendedor llegó después de mí, tomó un disco y se lo entregó a la chica, quien ahora revisaba las cintas de cine alemán. Sacó un estuche y dijo “¡Perdóname amigo! en verdad lo siento, acabo de encontrar “Fitzcarraldo” (1982) de Werner Herzog, mejor me llevo esta”. El chico sonrió, intentando coquetearle a la chica, le dijo que no importaba, así que ambos se dirigieron a la caja para pagar.

Fue un balde de agua fría, lo peor, es que era el único título que tenían de Herzog. Estuve a nada de gritar de coraje, pero me contuve. No me quedó de otra que seguir viendo las películas e irme poco satisfecho con mi compra. Lo peor vino al salir de la librería, la Cineteca estaba atestada de gente, niños corriendo de un lado a otro, enormes filas para comprar boletos, entrar a las salas y las cafeterías prácticamente llenas. La culpa de todo ese borlote la tenía la exposición de Pixar, aun así, nada podría echar a perder mi cita.

Miré el reloj, apenas era la una; esta vez no había tardado tanto eligiendo una película. Al ver todas las mesas y sillas ocupadas, decidí buscar un espacio para sentarme a leer en las áreas verdes. Finalmente, me senté en un área repleta de pasto, que está cerca de la puerta que da a la calle de Mayorazgo.

La calma que me dio leer “Orson Wells” de Santos Zunzunegui, me duró apenas quince minutos, personal de la Cineteca me pidió amablemente que me moviera, ya que iban a limpiar el área para la proyección al aire libre de la tarde. Me levanté ciertamente decepcionado del día, así que inmediatamente fui al sanitario, iba pensando a donde podría ir a hacer tiempo. Una de las opciones era caminar a alguna cafetería de Coyoacán, pero hacía mucho calor y no quería llegar sudado a la cita. Mientras me lavaba las manos, me di cuenta de algo… Había olvidado el libro en el pasto. “¿En verdad, hoy va a salir todo mal?” Pensé.

Salí del baño corriendo, ese libro me había costado trabajo conseguirlo. Iba pensando en lo torpe que me sentía, cuando una chica me quiso tomar del brazo, no supe cómo reaccionar. Al principio, pensé que era alguna trabajadora de la Cineteca, indicándome que no podía correr en los pasillos. Hasta que escuché de nuevo esa voz “¡Disculpa amigo!” efectivamente, era la chica de la librería. Estaba por decirle que no me interesaba hablar porque tenía que ir por mi libro, pero ella adivinó mis intenciones, ya que terminó su frase “…olvidaste tu libro en el pasto ¡Toma!”.

En vez de agradecer el gesto, estúpidamente pregunté de forma golpeada: “¿Cómo sabes que yo lo olvidé?”. Ella se sonrojó un poco y sonrió, fue un gesto tan natural e inocente, que me hizo apreciar toda su belleza. Era una chica hermosa, chaparrita, delgada, sus facciones eran finitas como las de una muñequita de porcelana. sus ojos verdes me hechizaron. Aunque, lo que realmente me mató, fue ese gestó tan inocente de apenarse, era como ver un personaje de un anime. Quise hacer un comentario tonto para salvar la situación “…Digo, porque podrías estar privando a alguien de este gran libro.” Ella sonrió un poco apenada aún. “Estaba sentada cerca de ti, vi cuando Juan, te pidió que te levantaras. Él fue quien encontró el libro, me acerqué para pedírselo, le dije que te conocía y que te lo entregaría.

Agradecí enormemente su gesto, le conté el viacrucis que pasé para conseguirlo. Ella no paraba de reír con mi anécdota. Sin planearlo o mencionarlo, buscamos un lugar para sentarnos a platicar. Fue rara la forma tan interesante en que fluyó la comunicación, era como si fuésemos amigos y nos conociéramos de toda la vida. Me presenté y ella me dijo su nombre “Agnés”, le hice un comentario que la sonrojó: “Como la gran directora de cine Agnés Varda”.

Me contó que estaba esperando a su cita. Un chico de su trabajo, quien llevaba tiempo cortejándola, ella siempre se había negado a salir con él, hasta ahora, que finalmente había decidido aceptar. Dijo que se sentía rara al citarlo en la Cineteca, porque ese era su lugar especial y no se sentía tan cómoda. “Siento que aún no le tengo la confianza suficiente para traerlo aquí. Pero era eso o ir a una pulquería. Lo único que me reconforta es que veremos la exposición de Pixar y la proyección de Coco”.

Me reí un poco de la situación porque estaba pasando casi por lo mismo. Cuando se lo conté, no me creyó por lo que tuve que mostrarle los boletos. Reímos un poco nerviosos por las coincidencias. Charlando un poco, nos dimos cuenta que había días en que habíamos coincidido en la Cineteca y no nos habíamos dado cuenta. Lo supimos porque ambos estuvimos la vez que sacaron a un chico de una sala por estar bebiendo, un cine debate organizado por el INBA o el concierto de cierto cantante en la cafetería 8 1/2. Fue extraño, eso hizo que nos interesamos más en conocernos.

Ambos tardábamos horas en escoger libros y ver películas, por ello, habíamos decidido llegar antes el día de hoy. Disfrutábamos de ir solos a la Cineteca, para disfrutar mejor las películas y leer algún libro de cine en las áreas verdes. También teníamos nuestras diferencias. Ella nunca había entrado a la videoteca, le gustaban las palomitas que venden ahí, nunca había besado a una de sus citas, pero lo que más risa nos dio, es que me presumió, que nunca la habían dejado plantada ahí. Y juró que jamás sucedería eso, por su filtro estricto para invitar personas.

En nuestros gustos cinematográficos teníamos diferencias interesantes. Ella es fan de la corriente cinematográfica denominada “La nueva ola francesa”, de hecho, es gran admiradora de la filmografía de “Jean Luc Godard”. En cambio, yo amo el “expresionismo alemán” y la obra de Friedrich Wilhelm Murnau. Ambos coincidimos en que nos encantaba el “neorrealismo italiano” aunque ella es fanática de “Roma ciudad abierta” (1945) de Roberto Rosellini, y yo un cursi que adora “El ladrón de bicicletas” (1948), de Vittorio da Sica.

Nuestra película favorita de todos los tiempos es: “El ciudadano Kane” (1941) de Orson Wells, sentí que duramos horas hablando de todos los detalles que nos encantaban de esa cinta. Nuestro director favorito es Federico Fellini, casi nos tomamos de las manos como dos amigas emocionadas, cuando nos dimos cuenta de la coincidencia. Ella se enamoró de este realizador con la película “La dolce vita” (1960), mientras que a mí me flechó con “Fellini 8 ½”. Agnés, no paraba de burlarse de mí, diciéndome que era un cursi de lo peor. Aunque ambos terminamos siéndolo porque nos encantaba “La strada”.

No supimos en que momento el tiempo se nos fue de las manos. Ella recibió una llamada de su pretendiente, se percató de la hora y se despidió prontamente, para perderse entre la multitud. Sinceramente no sabía qué diablos había sucedido. Miré el reloj, entendí la reacción de Agnés, eran las tres quince. Llamé a Isadora, para saber dónde se encontraba y disculparme por la tardanza. Tardó en responder, hasta que finalmente me respondió para decirme que le iba a ser imposible llegar, se disculpó, me pidió que fuera a la exposición sin ella, para tomar fotos y que fuera a la función para no desperdiciar los boletos. Colgué un tanto molesto, indignado y triste, era la tercera vez que alguien me dejaba plantado en la Cineteca.

Por mi mente cruzó la reprimenda por no haberle preguntado a Agnés, como era su filtro para evitar que la dejaran plantada. De alguna manera me quedé ahí sentado, recordando la maravillosa charla que había tenido con esa chica extraña. Sonreí al recordar todas las coincidencias, su sonrisa, la forma tan sutil en que se acomodaba su cabello en la oreja.

Una vez me sentí un idiota, había olvidado pedirle su número telefónico, alguna red social o algo con que comunicarme con ella. Quise entrar a la función solamente para verla y enmendar mi error, sin embargo, no se me hizo agradable el molestarla en su cita. Decidí perder un poco el tiempo en la tienda de discos, para después emprender mi camino a casa. No hubo nada interesante, creo que nada podía ser más interesante que haber conocido y charlado con Agnés.

Antes de retirarme con mi doble derrota a cuestas, decidí hacerle una visita al chico que vende películas afuera de la Cineteca. Decidí adquirir un film de “Wong Kar Wai”, para tirarme a la depre toda la tarde, el arma suicida sería “Deseando amar” (2000). El chico no tenía en exhibición la cinta, pero me dijo que recordaba haber llevado una copia, por lo que la buscaría en su maleta. Me dispuse a examinar otros títulos para aprovechar la promoción: tres películas por cincuenta pesos. Tomé “El cuchillo en el agua” (1962) de Roman Polanski y “La gran belleza” (2013) de Paolo Sorrentino. Sonreí ligeramente al recordar a Agnés, me hubiese gustado haberme acordado antes de esa cinta, para recomendársela, ya que tiene cierto aire a “La dolce vita”. Si ya la había visto, hubiera estado encantado de intercambiar opiniones con ella.

Alguien sorbió los mocos, con voz entrecortada, como si estuviera llorando, dijo: “Amigo… ¿Tienes Deseando amar, Fallen Angels y 2046 de Wong Kar Wai?” Conocía esa voz aniñada, al girar, vi a Agnés, estaba deshecha. Le pregunté si estaba bien. Ella no se había percatado que estaba ahí, en cuanto me vio, me abrazó. Era la primera vez que la dejaban plantada en la Cineteca. Intenté consolarla diciéndole que la primera vez que era difícil, pero, que las siguientes ya no dolían tanto. Ella sonrió, aunque sus lágrimas no paraban de brotar. Secándolas con su mano me preguntó “¿tú que haces aquí? Pensé que estarías con tu chica viendo Coco.” Ironicé diciéndole “Vamos tres a uno, espero que no quieras empatar mi record de plantones”.

El chico de las películas, un poco incómodo nos dijo: “Solamente tengo una copia de Deseando Amar” le dije a Agnés que se la llevará ella, pero, tenía que darme su número telefónico, para que después me la prestara o la viéramos juntos. Ella terminó de secar sus lagrimas, me regaló una enorme sonrisa y dijo: “¿no le pierdes, chiquito?… Lo hago, si me invitas unas palomitas y entras conmigo a ver la exposición”.

Aquella tarde, nos la pasamos charlando todo el día, entramos juntos a la exposición de Pixar, nos quedamos a la función nocturna, al aire libre, donde casualmente proyectaron “Las noches de Cabiria” (1957), de Federico Fellini; finalmente, para cerrar con broche de oro, no sé cómo, pero, ella me regaló su primer beso en la Cineteca Nacional.

A partir de ese día empecé a creer en las coincidencias, las cuales me llevaron a conocer a mi alma gemela. ¿Qué pasó después? Pues, estamos esperando la llegada de unos hermosos cuatitos, los cuales se llamarán: Alice (por Alice Guy) y Federico (por Fellini), a quienes llevaremos (una vez que tengan la edad pertinente), cada fin de semana a la Cineteca, el lugar donde se conocieron sus padres.

TERROR EN LA ALBERCA.

Hace algunos años, solía pasar todas mis vacaciones de verano, en casa de unos tíos que viven en Veracruz. En una de aquellas visitas, recuerdo que mi primo Hansel y yo, caminábamos por el centro histórico, cuando algo nos llamó la atención. Era un cartel donde se anunciaba la proyección de la película, Tiburón (1975), dirigida por Steven Spilberg. Lo novedoso no era la proyección de aquel clásico del cine, sino que se realizaría en el famoso balneario Mocambo. El público podría disfrutar de la cinta dentro de las albercas, eso fue precisamente lo que nos llamó la atención de inmediato y sin decir una sola palabra, acordamos que iríamos esa misma noche.

Como estábamos en plena pubertad, con las hormonas a todo lo que dan, decidimos invitar a unas amigas para que nos acompañaran. Al final de la proyección, el balneario había organizado un baile en la playa, por lo que pensamos que era el ambiente correcto para ligar. La idea era divertirnos, pero si lográbamos obtener unos besos, sería una buena forma de cerrar ese verano.

Cuando llegamos al balneario, el lugar estaba repleto de jóvenes como nosotros, todos emocionados con la idea de disfrutar el cine de una forma diferente. Una vez que pagabas tu entrada, te entregaban una llanta inflable color amarilla, donde cabían dos personas sentadas, posteriormente, te indicaban la alberca donde te podrías introducir. La verdad es que me asombró mucho el orden que tenían, la pantalla no era tan grande como me hubiese gustado, pero era suficiente para que todos los espectadores la observaran sin problemas. Dos chicas pasaban a los costados de las piscinas vendiendo palomitas y refrescos. Recuerdo que pensé que esa no sería una buena idea, aunque finalmente pudo más el antojo.

Todos los presentes estábamos emocionados, se sentía una excelente vibra, risas, bromas, salpicaduras de agua y algunas parejas ya se estaban dando los primeros besos de la noche. Recuerdo haberle comentado a las chicas y a mi primo, que sería genial que alguien sacara una aleta de tiburón a mitad de la cinta para espantar a todos, sería una broma legendaria. Reímos a carcajadas imaginando lo que sucedería, una de las chicas nos dijo que nada de eso sucedería porque ya todos habían visto la película y no habría mucha sorpresa. En parte tenía razón, algunos posiblemente acudían por la nostalgia de disfrutar el clásico y otros, como nosotros, solamente íbamos para divertirnos.

Las luces se apagaron, algunas personas aplaudieron y gritaron emocionados. He de admitir que lo que no invirtieron en un buen proyector o pantalla más grande, si lo hicieron con el equipo de sonido. Anteriormente había visto la película (en mi casa, cine o foro al aire libre), pero nunca me había envuelto tanto el sonido. Posiblemente, no solamente era el equipo de audio, sino todo el ambiente. A escasos pasos se encontraba la playa, casi se podía sentir el mar, solamente bastaba cerrar un poco los ojos para percibir el calor, escuchar las olas y sentir la brisa marina acariciar tu rostro. Mi mente, como jugando con todas las posibilidades, me recordó que aquella ciudad era famosa por tener tiburones, aunque nunca se había escuchado de un ataque real.

Creo que no fui el único en dejarme envolver por todos esos factores, una vez que se escuchaba esa icónica melodía, que indica que el tiburón está cerca, se te enchinaba la piel. La chica que me acompañaba me apretaba con fuerza del brazo, en cada aparición del monstruo marino. Todos en el balneario estábamos como hechizados, teníamos las emociones a flor de piel. En ciertas escenas reíamos como intentando aliviar la tensión. Llegué a preguntarle a mi compañera si se encontraba bien, era tanto su terror, que llegaba a encoger los pies en cada embestida del tiburón, como si imaginara que algo nos atacaría en la alberca. Ella me confesó que era la primera vez que veía esa película, le estaba generando un poco de miedo porque lo asociaba con una anécdota de su abuelo, quien había sido atacado por el mismo animal. Seguramente ella hablaba para aligerar la tensión, sin embargo, alguien de atrás de nosotros nos mandó a callar. Ella agachó la mirada, tomó un puño de palomitas y siguió viendo la película.

Lo más surrealista de la noche sucedió en una de las escenas finales. El barco donde se encuentra el protagonista está hundiéndose hacia un costado, el hombre lucha por sobrevivir, pero parece estar a merced de la bestia marítima, el policía camina hacia la parte delantera de la cabina, una de sus ventanas nos muestra como el agua está por devorarlo, misma ventana por donde entra violentamente el enorme tiburón. Coincidencia o no, en el preciso instante donde el tiburón hace su repentina aparición, alguien, posiblemente sin querer, golpeo nuestro inflable. Fue algo tan perfectamente sincronizado que hizo que mi acompañante pegara un grito de terror que se escuchó por todo el puerto.

Algunas personas rieron y no dudo que otras como yo, se asustaran. Ella me abrazó con mucha fuerza, cubriéndose para no ver la pantalla. La situación me dio un poco de risa, pero quise primero tranquilizarla y explicarle que todo estaba bien. Por alguna extraña razón, volteé a ver el agua de la alberca, debajo de nosotros estaba saliendo una mancha roja. Quise comentarle a mi compañera, pero al ver su rostro enrojecido, intuí la respuesta. Estaba a punto de decirle que no sé preocupara y que saliéramos discretamente sin decir nada. Cuando una chica que estaba atrás de nosotros, gritó: “¡Hay sangre en la alberca!”

Todo fue como una escena de la película, cuando la gente gritaba: “¡Tiburón!” Fue un verdadero caos, la gente salió corriendo como una estampida de animales. Literal, podías ver las palomitas de maíz volar por los aires, el agua mezclarse con el líquido de los vasos que contenían refresco, mi primo, jura que vio hasta trajes de baño sin dueño. La escena fue tan surrealista que inmediatamente la gente comenzó a reír, algunos hasta aplaudieron, creo que a nadie le importó lo sucedido. Ni siquiera se dieron cuenta que se habían perdido el final de la cinta.

La alberca quedó hecha un asco, sentí un poco de lastima por la persona a la que le tocaría limpiar. Los del balneario tampoco les dieron mucha importancia a los hechos, así que continuaron la velada como estaba programada. Una vez que las chicas salieron de los vestuarios, fuimos a la playa a bailar, hasta que sus padres las fueron a recoger. Fue una noche mágica, un bello recuerdo que siempre guardaré, por cierto, si obtuve mi beso esa noche y por alguna extraña razón, que ya ustedes imaginaran, nadie quiso meterse al mar esa noche.

LOS RECUERDOS DE AQUEL VIEJO SILLON.

Desde niño, siempre he tenido una fascinación por el séptimo arte. Recuerdo que mis padres solían llevarme al “Cinema Lindavista”. Para mí, esa era toda una experiencia. Aquel edificio tenía la estructura de un castillo enorme, mismo que se elevaba por los aires anunciando con letras rojas “Lindavista”. De alguna forma, yo sentía como si estuviera entrando a un lugar mágico de Disney para ver alguna de sus cintas infantiles, como La bella y la bestia (1991) o Aladin (1992). Me fascinaba la compañía de mis padres y mi hermana menor, recuerdo haber disfrutado las películas, como también haber hecho algún berrinche, porque mi padre no me quiso comprar algún juguete alusivo a la película que acabábamos de ver, mismos que eran ofrecidos a los niños, por los vendedores ambulantes que se encontraban afuera del recinto.

Mi tía Yola, también me fomentó ese hermoso gusto. Ella solía llevarme a los “Cinema Ramírez”, para ver las películas mexicanas que se proyectaban por aquel entonces, ya fueran comedia, con personajes como: La india María o Capulina, de terror como “Vacaciones del terror (1989)” animación “Caty, la oruga (1984)”, acción “Octagon y Atlantis: La revancha” (1992), o aquella película, que me dejó una sensación agridulce, con todo y que aún era un niño: “Keiko en peligro” (1989).

También, me encantaban aquellas tardes-noches que pasaba con mis primos mayores: Iris y Carlos. Ellos me compraban un refresco en bolsa, unas Sabritas y diversas golosinas, para posteriormente sentarnos con emoción a ver los estrenos de las películas estadounidenses, que se transmitían en el canal cinco: Si no mal recuerdo, llegamos a ver: “Volver al futuro (1985), Terminator (1984), Top Gun (1986), entre muchas otras”.

Aunque también, hay que decirlo, me tocaba sufrir cuando tenía que ver con Iris, por enésima vez, las películas: “Fiebre de Amor” (1985) y “Ya nunca más” (1984), ambas teniendo como protagonista a “Luis Miguel”, quien es el artista favorito de mi prima. Aunque también, no puedo dejar de agradecerle, cuando ella consiguió en formato VHS, las películas “Devuélveme a mi chica (1987) y Suéltate el pelo (1988)”, que habían sido protagonizadas por mi banda de rock favorita, los “Hombres G”.    

Sin embargo, a pesar de todos esos bellos recuerdos, la verdadera influencia cinematográfica que repercutió enormemente en mi vida y quien me hizo amar al séptimo arte, fue mi abuela paterna, “Alicia”. Ella no era una persona con estudios, aun así, era muy culta. Sus conocimientos provenían de los libros que devoró por su placer a la lectura y por todas las cintas que vio a lo largo de su vida.

Todas las tardes en que la visitaba, solía encontrarla sentada en el mismo lugar, de su viejo sillón. Sus manos, casi siempre se encontraban tejiendo alguna chambrita para alguno de sus nietos. Me asombraba como es que estas hacían su tarea de manera automática, casi robótica, sin necesidad de que ella le diera un vistazo a lo que hacía, aun así, rara vez se equivocaba. Su atención iba dirigida al televisor, el cual, solía estar sintonizado en el canal denominado: “De película” donde solamente se transmitían películas mexicanas durante todo el día.

 Al verme llegar, me daba la bienvenida con esa hermosa sonrisa que me brindaba una calidez en el alma. Me invitaba a sentarme a su lado para compartir la cinta que veía. Con pocas palabras, sabía darte un resumen de la historia hasta el momento en que comenzabas a verla, para que no te perdieras algún detalle. Esos fueron los mejores momentos de mi vida como cinéfilo.

Mi abuelita Alicia, era la mejor crítica de cine que he conocido. Era capaz de darte la sinopsis de una película, de modo tal, que deseabas ver lo más pronto posible dicha cinta. Ella no contaba con un lenguaje técnico en cine, pero te sabía hablar de directores mexicanos, tal vez no sabía con certeza cuál era su trabajo, pero te explicaba perfectamente las influencias que estos tenían con respecto a los directores españoles que habían arribado a México. Llegó a decirme lo maravillosa que era la fotografía en las películas del Indio Fernández, por ende, sabía del trabajo del maestro Figueroa.    

También sabía muchas cosas de los actores y actrices, te podía hablar, casi de memoria, de sus trabajos en cintas diversas a la que estuviéramos viendo. Daba sus razones fundamentadas sobre si habían interpretado debidamente su papel o cual había sido su actuación más destacada. También, llegaba a contarte algún chisme de la farándula, platicarte un poco de sus vidas fuera del plato de filmación o explicarte alguna conspiración como la muerte de “Pedro Infante”.

Su carta de conocimientos más fuerte, era hablar de las adaptaciones cinematográficas. Su criterio era exacto, ya que, por lo regular, había leído el libro y visto la película. Ella nunca discriminó, no recuerdo haberla escuchado decir que el libro era mejor, porque sabía perfectamente de las limitaciones que tenían los filmes. En cambio, te hablaba de las diferencias y como es que las películas se las habían arreglado para hacer un buen trabajo.

Con ella podía estar sentado en ese viejo sillón por horas. La botana con la que solíamos disfrutar las películas, consistía en trozos de manzana y un poco de agua de sabor. Veíamos una cinta tras otra, pasábamos de un drama como “Nosotros los pobres” (1948) a un western “Las pistolas del odio” (1969) o posiblemente una comedia “Ahí está el detalle” (1940), lo que transmitieran daba igual, con su sola compañía me sentía feliz, pleno y dichoso.

A lo largo de las cintas, mi abuelita me contaba muchas anécdotas. Ella pudo disfrutar de la época de oro del cine mexicano, por lo que me compartía, un poco de aquello que la había impactado en esos tiempos, las canciones que le gustaban, los actores y actrices que admiraba por su gran trabajo o me confesaba cuales eran los actores que le eran atractivos.

Aunque, lo mejor era escuchar aquellas historias que tenían que ver con la familia. Le daba mucha risa como mis tíos se peleaban por tener en primer lugar, las fotos de sus hijos en un mueble de su casa. Ella decía que se parecían a los “Tres García” (1946), aquello me causaba mucha gracia porque tenía razón y porque mi abuelita se parecía mucho a “Sarita García”. De hecho, he de confesar que siempre pensé que me pasaría lo mismo que al personaje de “Pedro Infante”, en la secuela de esa película, cuando muere su abuela.

Su conocimiento no solamente se limitaba al cine mexicano, también le gustaba el cine mundial, aunque no le dedicaba el mismo tiempo y entrega que al mexicano. Ella no tenía un género de preferencia, por ello, me recomendaba todo tipo de películas. Igual me sugería ver “Hasta el viento tiene miedo” (1968), una excelente película de terror, el “Revoltoso” (1951), porque era la película de comedia favorita de mis tíos, o “La sombra del caudillo” (1960), para comprender un poco acerca de la revolución mexicana.

Algo que siempre admire de mi abuelita, fueron sus valores, mismos que nos inculcó a toda su familia. Ella nos enseñó que debíamos de ser personas de bien. Posiblemente, por eso sentía cierta fascinación por películas como: “Cuando los hijos se van” (1969) “Una familia de tantas” (1949) “Acá las tortas” (1951). No sé si todas esas cintas influyeron a que ella fuera una persona tan extraordinaria como fue, a que tuviera la entrega y devoción que siempre tuvo con toda la familia. En verdad, ella era todo un personaje, por ello es que cuando veo ese tipo de cintas, de alguna forma la encuentro, aunque con otro rostro y cuerpo, pero es su misma esencia.

Una tarde llegué a su casa, la encontré sentada, como siempre, en el viejo sillón. Aquel día, ella no tejía como solía hacer, ahora sus manos estaban entrelazadas mientras miraba atenta la televisión. Me invitó a sentarme, estaban transmitiendo la película “Padre Nuestro” (1953), la misma tenía poco de haber iniciado. La cinta era muy bella, aunque se me hizo raro que mi abuelita aquella tarde no hubiera hecho muchos comentarios. Solamente me dijo que le asombraba la actuación de “Carlos López Moctezuma”, como bueno, ya que siempre había destacado en sus papeles como villano.

Una vez que terminó la película, mi abuelita Alicia me confesó que esa era precisamente su película favorita. Apagó el televisor y me dijo que esa tarde se sentía cansada, que la disculpara.

Nunca imaginé que esa sería precisamente la última tarde en que vería una película en aquel viejo sillón. Mucho menos, que esa sería la última cinta que vería a su lado. De haberlo sabido, posiblemente evitaría a toda costa que la misma terminara o de menos, la hubiera abrazado fuerte para agradecerle todo el tiempo que pasamos juntos. Ese televisor no se volvió a encender para mí, la magia que nos transmitió en aquellas tardes, se fue con ella. No volví a tener una compañera de cine similar, que me hiciera sentir la misma emoción.

Tiempo después, comprendí que era egoísta quedarme con todo el conocimiento que ella me dio. Debía compartir con alguien aquella magia que desbordábamos los dos juntos. Posiblemente, por eso tome la consigna de ser ahora el portador de esa magia e iluminar a los demás. Por eso, cada vez que escribo un cuento, veo una buena película, escribo una crítica cinematográfica o simplemente estudio algo de cine, se dibuja una sonrisa en mi rostro, porque sé, que donde quiera que ella este, sabe que lo hago para ella.      

LA MUJER SOMBRA

La última gota del elixir embriagante ha recorrido con desgano mi deplorable paladar, se perfectamente que el alcohol no ayuda a olvidar los oscuros recuerdos, pero es un método eficaz para sobrellevar este lacerante recuerdo de tu ausencia. No miento si te digo que te busco desesperadamente en los recovecos de la resquebrajada pared de mi habitación; en cada milímetro del suelo, en el frió techo y en los claroscuros que se forman en el cuarto donde he perdido la noción del tiempo. Me han afirmado que tu no existes y que nunca lo hiciste, solamente fuiste parte de un episodio producido por un delirium tremens o de mi insalubre imaginación, pero, sé perfectamente que no estoy loco, si lo estuviera, ¿cómo podría yo crear a alguien como tú?… una mujer fuera de todo convencionalismo, tan intangible, original… tan tú.

Estoy consciente que sueno como un estúpido cuando le cuento a los demás mi situación, ello puede sonar demasiado fantástico, incoherente o insano; comprendo que se burlen ¿cómo van a entenderme? si nunca les ha sucedido algo igual, ¿cómo van a tener empatía con una situación nunca antes vivida? ¿Quién sería capaz de comprender que me enamore de una mujer sombra? He explicado hasta el hartazgo que no se trata de un amor hacia una sombra como tal, no estoy enamorado de mi propia proyección visual, ni psicológica, ni tampoco de la de alguien más. Fui tocado por una silueta con vida propia, personalidad, voluntad, alguien que no es una proyección de algo más, sino algo completamente independiente… Lo sé, todo esto suena, a veces, a una simple anécdota de un alcohólico con imaginación, pero, no me retracto de mis afirmaciones. ¡Ella existe! aunque ahora ya no está en mi vida y posiblemente nunca más lo este.

Todo inició en el lugar menos esperado, suena trillado ¡lo sé! como aquella frase que dice que las mejores cosas pasan en los lugares menos esperados. En este caso, fue en una conferencia aburridísima de constitucionalismo liberal, desde el dogma clásico hasta el modernismo, aún no recuerdo cómo es que terminé en aquel lugar, posiblemente fue por el cóctel que se ofrecía en la clausura del evento, aunque lo dudo, ya que siempre sirven vino corriente para ahorrar costos. Lo más seguro es que haya sido por la obligación de la asistencia para pasar alguna materia; de lo que sí estoy seguro, es que me encontraba aislado, de forma literal y figurativa, no deseaba estar ahí, como tampoco deseaba convivir con alguien, simplemente quería ser uno con la oscuridad que reinaba en el ambiente, un espectador silencioso, casi invisible.

Algo se empezó a mover en el lóbrego auditorio, sus pasos eran imprecisos, indeterminados, como si le costara trabajo seleccionar un lugar. Lo que más sobraba en aquel lugar eran butacas, sin embargo, ella se postro a dos asientos de mi lugar. Evidentemente en el sitio más aislado de la sala. Mentiría si les digo que la admiré en ese momento, que me deslumbró o cosas por el estilo; todo lo contrario, fue molesto, ya que, deseaba estar solo. Voltee violentamente otorgándole una mirada inquisidora, intentando incomodarla y de esa forma hacer que cambiara de lugar, pero, lo único que alcancé a percibir fue una oscura silueta de una mujer ensimismada en la cátedra de la exponente. Ni siquiera había notado mi presencia, para ella yo no existía en ese instante, fue ahí que me sentí estúpido al molestarme por una tontería, así que me sumergí de nuevo en mi deprimente mundo.  Los recuerdos se disipan al intentar rememorar como es que nos hablamos, como es que ese día llamó mi atención o como es que quede prendado de ella sin conocerla, aunque sea un poco, sin siquiera de menos recordar su nombre.

Después de aquel día, perdí todo rastro de ella, ¿cómo buscas a alguien a quien no recuerdas bien cómo es o cuál es su nombre? aun así tuve el atrevimiento de hacerlo, indagué por todos lados, aunque era como si la tierra la hubiese devorado. Llegué a pensar que ella solamente era un sueño, un simple espejismo que se apareció en un episodio de profunda soledad. Fue una sombra que se fundió con las miles de siluetas que a diario pululan por los pasillos y salones de la universidad, aunque esa mujer no era una más, ella era especial y por eso debía de encontrarla.

Estaba a punto de diluirse toda esperanza de encontrarla, cuando de pronto apareció, irónicamente en el lugar más visible, siendo que ella era el centro de atención de todas las personas reunidas en la plaza principal de la escuela. Llevaba puesta una careta de mujer apasionada, alegre, decidida, he de decir que contagiaba con la energía que desprendía; era un pequeño sol iluminando a todo el público que se deleitaba con la obra teatral. Por un momento dudé que realmente fuera la mujer sombra que conocí, se veía diferente, algo difícil de describir; desgraciadamente, solamente bastó un parpadeo para perderla de nuevo. ¿A dónde has ido mujer sombra? La perdí, pero no me sentía con las manos vacías, ahora tenía la seguridad de que en verdad existía y eso me motivaba a buscarla con mayor añico.

Es difícil armar el rompecabezas en que se han convertido mis recuerdos. Intento rememorar si fui yo quien la encontró o ella me encontró a mí, no logro visualizar esos detalles; de lo que si tengo certeza, es que desde ese momento supe que no la iba a dejar escapar de nuevo o al menos ese era mi deseo. Ella es un ser superfluo de la naturaleza, viaja libremente, lo que la hace ciertamente intangible y a la vez omnipresente; es un ser libre, un espíritu que no le pertenece a nadie, que aparece y desaparece a su conveniencia, deslumbrando a los hombres por momentos con su compañía y cuando se harta, se fundé en las penumbras para no volver a ser vista. Para mí buena fortuna, eso no sucedió, después de algunos días, la pude conquistar.

Intento cerrar los ojos y verla, recordarla tal cual es, pero no puedo vislumbrar más que una profunda opacidad. Es algo difícil de explicar, como si hubiesen sido removidos sus rasgos físicos o superficiales, en cambio, solamente me queda su esencia. Aquella mujer es un ser que contiene en su interior oscuridad, ello no significa maldad, más bien, ella encierra en su alma la negrura de su pasado y su presente. Su dolor es tan inmenso que doblaría hasta la voluntad del espíritu más fuerte, su enojo es iracundo e incontrolable y tiene una profunda tristeza que deprimiría hasta el más sabio budista. A pesar de ello, ella siempre parece estar feliz, acepta ese pasado como una parte más de su cuerpo, y no pierde la oportunidad para hacer reír a las personas a su alrededor con sus chistes, sus anécdotas o sus ocurrencias.

Ella tiene todas las herramientas para destruir a un ser humano, pero, lejos de ello, es la persona más humana y sincera que haya pisado esta tierra. Es un alma caritativa que viaja por el mundo haciendo pequeños cambios. No puedo olvidar aquella vez que me contó que siempre escogía a sus amigos buscando a aquellos a los que los demás rechazaban; ella siendo tan hermosa, popular e inteligente, acogía a todos aquellos desamparados, rechazados o abandonados, aquellos faltos de esperanza, y lo hacía para darles un poco del cariño que les faltaba, les daba una oportunidad para que creyeran en la vida. Como voy a olvidar sus nebulosos ojos, si cada que los observaba me veía reflejado, en ella se manifestaba mi pasado, mis locuras, mis errores y mis encantos, ella a veces parecía rememorar esos años maravillosos que quedaron atrás, pero solamente eran especulaciones mías, ella era diferente, alguien con más estrella.

Es una mujer sombra porque igualmente actúa como un reflejo, si tú la quieres ella te querrá, pero si la molestas ella también lo hará. Muchas personas no saben querer y al recibir lo que dieron, la terminan juzgando como malvada, oscura, cuando en realidad no lo es. No le importa dar lo que tiene con tal de ver bien a las personas que quiere, dice ser egoísta pero no tiene nada de ello, es ambiciosa pero también es generosa. A ella no le disgusta ser una sombra, de hecho, es feliz siéndolo, de esa forma siempre oculta sus verdaderos sentimientos, sus problemas y sus frustraciones. No le gusta que la vean como una persona delicada, ya que ella es toda una amazona, ni tampoco ser el centro de atención, al contrario, a ella le gusta simplemente estar ahí, sentirse parte del grupo, pero nada más. 

Nuestra relación estaba llena de contrastes o eso es lo que recuerdo. Ella representaba la juventud, la dinámica y la inexperiencia, mientras que por mi parte era la decrepitud, el cansancio y la experiencia. Ella, a pesar de ser una sombra, iluminaba mis días con su luz, mientras que yo me resguardaba en la oscuridad; a veces se invertían los papeles y me tocaba rescatarla de aquellas sombras que la perseguían, con cierta ternura solía protegerla con mi calor.

A pesar de que colocó estratégicamente mil barreras para impedirme conocerla, me colé hasta lo más íntimo de su penumbra; lejos de asustarme con sus demonios, la acepté y la quise como tal ¿cómo no iba a hacerlo? ¡si ella es simplemente maravillosa! es un regalo de la vida que vaga por el mundo, casi imperceptible para algunos, insignificante, pero no tienen idea de la grandeza que guarda. Ella me abrió su mundo, su corazón y su cuerpo, se entregó por completo, aunque seguramente ese fue el principio de un desastroso final. Finalmente ambos fuimos devorados por la maldita oscuridad.

Encuentros y desencuentros fueron desencadenándose, más vacíos en mi memoria… Ella desaparecía a ratos, como ahora lo hace en mis recuerdos, otras veces, era yo quien me ausentaba, me sentía tan distante, tal como ahora… que ya no está. Sé perfectamente cuál fue el detonante de la destrucción, o mejor dicho, creo saberlo, ya que es algo que he borrado gracias a la constante cogorza para no pensarla, para no recordarla, para no sentirla. Finalmente, fue algo que nos hizo perder la sintonía, el ritmo que hacia funcionar nuestras diferencias, cual si fueran engranes, todo se salió de control, empezamos a caer en la frialdad de la monotonía, el desajuste de nuestros planes futuros, todo concluyó en una batalla en donde nos hicimos bastante daño. No un detrimento físico, sino psicológico y hasta cierto punto espiritual. Había tiempos de tregua donde aprovechábamos para curarnos las heridas, momentos de paz en donde queríamos creer que las cosas podían volver a funcionar, pero bastaba un pequeño detalle para regresar a las hostilidades.

Fuimos carcomidos por la penumbra, por nuestros propios fantasmas, y ya no pudimos ayudarnos a no caer en ese abismo, dado que nosotros éramos los causantes de dicho perjuicio. Muchas veces me partía el alma verla tan mal, ver como aquellas sombras que antes estaban en su interior ahora salían descontroladamente, me sentía mal sabiendo que posiblemente fui el responsable de liberarlas con mis tonterías, me siento culpable, ya que fui marchitando aquella joven flor, aunque por otro lado, sus acciones también me fueron apagando, destrozando, llenándome de rabia. Nunca había experimentado el amar y odiar a una persona al mismo tiempo y con la misma intensidad, es como querer tomar con las manos desnudas un hielo seco, el cual es helado y a la vez caliente.

El resentimiento, es una oscuridad que te va enfermando, te consume la vista y la razón, agonizas lentamente al sentir como todo tu ser se va pudriendo por dentro, y es cuando se toman las peores decisiones. Deshacerme de ella, era lo más sensato, o eso pensaba a diario, debíamos de dejarnos para siempre, seguir cada quien por su lado. No puedo olvidar el momento en que ella notó mis intenciones, se quiso aferrar más, se me pegó más que mi propia sombra, me quiso abrazar con sus largos brazos, me suplicó que no la abandonara, pero no fue suficiente para retenerme, estaba completamente decidido y finalmente ella lo aceptó, después de haber intentado varias veces en vano. Finalmente, ambos nos fuimos perdiendo lenta y dolorosamente, ella se fue ausentando pausadamente como esperando a que la detuviera, como iba a hacerlo si fui yo quien tomó la decisión, decidí refugiarme en la calidez de una botella de alcohol para olvidarla, para sanar mis heridas, para dejar de ver a aquella mujer sombra que se fue perdiendo entre las sombras de la fría ciudad, disipándose entre los muros de mi memoria y llevándose consigo lo poco que quedaba de mi marchito corazón.

VIAJANDO AL FUTURO.

No tengo idea si existirá una remitente real para estas líneas que escribo. De hecho, a veces dudo que esa persona realmente vaya a existir, ya que me encuentro sumergido en el profundo vacío de la soledad. Aquel lugar donde todo parece tan oscuro e incierto. Posiblemente esta alineación de palabras, solamente pululen sin rumbo fijo en el vacío de la eternidad, viajando por todo el orbe igual que las nubes en el cielo o tal vez únicamente como hojas secas de otoño. Quiero creer que estos versos llegarán a ella en el momento exacto en que deben de acontecer los hechos, que tendrán el efecto deseado… solamente es un deseo que puede que no se cumpla.

Hay quien piensa que estoy loco cuando les hablo de ti, pero sobre todo por escribirte. Por atreverme a contactar contigo desde ahora. Dicen que tengo mucha imaginación. ¡Siento lástima por aquellos que me juzgan! no entienden que el mundo se hizo para las personas que se atreven a hacer cosas diferentes; así como tú y yo que somos personas hechas para volar. Dos almas libres que no conocen las barreras o los límites, siempre buscando avanzar. Tengo la certeza que eso será el pilar fundamental de nuestra relación.

No tienes idea del tiempo que he invertido mirando el monitor de la computadora, observando fijamente ese maldito cursor que no deja de parpadear, como si estuviera apurándome para terminar de completar las oraciones, vocablos o de menos plasmar alguna letra, No comprende que intentó encontrar las palabras precisas para conquistarte, para generar una excelente primera impresión. No creas que estoy obsesionado con los detalles, solamente intento hacerte sentir cómoda porque valoró tu importancia, por ello, es que pongo especial dedicación a todo lo que tenga que ver contigo.

Si te soy sincero, no tengo la más mínima idea de cómo eres físicamente, mejor dicho, no quiero visualizarlo para no cerrar posibilidades o no generar falsas expectativas que me distraigan en mi búsqueda. Hay días en que te veo como una hermosa mujer de larga cabellera pelirroja, mejillas rosadas y algunas pecas inocentes en tu rostro. Otros días pienso que eres una mujer fogosa, morena y apasionada como ninguna otra o posiblemente seas una princesa rubia de las que se encuentran en los cuentos infantiles. No me importa si eres bajita o alta, sin ir a más, creo que son cosas banales, para mí eres perfecta de pies a cabeza, tal y como eres en este momento y como lo serás cuando nos conozcamos.

Ayer en la tarde, mientras me ejercitaba en el parque, mis pensamientos estaban más alborotados de lo normal, como si estuvieran avisándome que por fin te encontraría. Te busqué en los esculturales cuerpos de las chicas que se encontraban ahí, en cada hermoso rostro; desgraciadamente, encontré estuches vacíos, ninguno era el adecuado para mi corazón; seguramente ellas pertenecen a alguien más, con ninguna pude sentir esa inexplicable conexión con la que sabes que estas con la persona indicada.

Me sentía decepcionado por no encontrarte, es triste terminar el día con el corazón vacío. De camino a casa, rememoré cada una de las veces en que creí encontrarte o posiblemente te encontré y aun no me he dado cuenta o no he tenido el valor suficiente para alcanzarte.

La primera mujer que vino a mi mente, fue aquella que conocí en la fiesta de fin de año de la empresa. Llevaba un hermoso vestido rojo que acaparaba todas las miradas, bailoteaba libremente en la pista, siempre con una gran sonrisa en los labios; desgraciadamente no tuve el valor para invitarla a bailar, de hecho, cada que la encuentro en los pasillos del trabajo, no puedo más que esbozar una estúpida sonrisa, sin que se me venga a la mente algún tema de conversación con el cual poder conocerla mejor. Seguramente es un auspicio para indicarme que no es el momento de conocerte o tal vez no eres tú.

Un poco más descabellado, pero no lo descarto, es que fueras la mujer que se sentó a mi lado en la jardinera de la Cineteca Nacional. Una dama de pelo lacio, negro, una boca pequeñita, sensual y coqueta, ojos rasgados, casi soñadores y como olvidar ese olor a fresas que desprendía. Ambos esperábamos a nuestras citas para entrar a ver alguna película. Lo supe porque ella fue quien inicio la plática al preguntar por la hora, de ahí se fue entretejiendo una entretenida conversación. Su nombre era Alejandra, esperaba a su amigo que la pretendía desde hace un tiempo y que hasta ahora, se había decidido en darle una oportunidad. Por mi parte, esperaba a una amiga a la cual pretendía, lo curioso es que no solamente coincidíamos en ello, sino que además a ambos nos dejaron plantados en el mismo día, hora y lugar. Ambos nos nublamos por el desaire de nuestros compañeros, al grado que, sin darnos cuenta, nos fuimos cada quien por su lado sin volver a cruzar alguna palabra.

La otra mujer donde creí encontrarte, fue la chica del metro Balderas. Era una tarde de lluvia, estaba completamente empapado cuando entré al vagón abriéndome paso a empujones. Había tenido un día terrible en el trabajo, pero todo se iluminó cuando la vi, llevaba puesto un impermeable amarillo y botas negras. Aunque si soy sincero, lo primero que me llamó la atención es que tenía en sus manos un libro de Charles Bukowski, “El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco”, me dio gracia porque era el mismo libro que estaba leyendo y el cual traía conmigo en la mochila. Ella se dio cuenta que la observaba, era un poco imposible no hacerlo, un tanto por su belleza, otra por el interés y una gran parte porque íbamos como sardinas en aquel convoy y era casi un reto poder moverse unos cuantos centímetros. No me atreví a hablarle por miedo a que pensara que era uno de los tantos acosadores que deambulan en el metro, finalmente descendió en la estación Potrero y no la volví a ver nunca más.

No quiero que pienses que soy alguna clase de perdedor que no puede entablar una conversación con las mujeres, soló que en algunos casos me paralizó, entro en alguna clase de shock que no me deja avanzar.

No desacredito la posibilidad de que ya te conozca, que hayas sido una de las tantas mujeres que han transitado por mi vida y a las cuales les he entregado mi corazón. Puede que seas la chica que traía consigo el mar o probablemente solamente seas una sombra, un microchip o una partícula de polvo. Puedo afirmar que no estoy obsesionado con mis ex parejas, a todas las he querido demasiado en su momento y cada una es especial en todos los sentidos.

No sé cómo sea tu situación sentimental en este momento, puede que seas soltera y estés buscando alguien con quien compartir las noches de fines de semana, comiendo tacos al pastor y viendo algunas series o películas en Netflix. Tal vez en este momento estas con alguien y no se te cruza por la cabeza mi existencia, te sientes querida y plena. Otra posibilidad es que probablemente vives en una relación toxica de la cual quieres escapar, prometiendo no cruzarte con un hombre igual. Lo digo sinceramente, lo único que espero es que estés disfrutando la vida, que la vivas a cada instante con cada una de las personas que se crucen en tu camino.

En verdad me encantaría que te gustara el cine y la literatura, para poder pasar horas o días viendo películas, que me recomiendes libros y yo te dedique miles de historias. Que te guste el mar y los autos deportivos, para escaparnos juntos por la carretera a algún centro turístico en la playa. Que ames tanto como yo los taquitos al pastor y la cerveza bien fría. Que te encante el sexo para desencadenar desenfrenadas noches de pasión. Aunque pensándolo bien, no es necesario que todo ello te guste o que tengamos los mismos gustos, a veces, la compatibilidad nace de la diferencia. Como dice aquel precepto de física “polos opuestos se atraen”.

Probablemente te guste bailar y a mí no, pero por ti, ahora si pondré todo de mi parte para aprender a bailar adecuadamente; tal vez te encante el ejercicio y me obligues a ser más disciplinado o tal vez te guste recorrer los centros comerciales para comprarte ropa, aun y cuando sabes que no me gusta ello, siempre te acompañaré.    

Sería curioso que en vez de conocernos primero en persona como los cánones de la lógica dictan, lo hiciéramos por medio de este escrito. Que fuera como aquellas luces de bengala de emergencia que disparan los náufragos para dar su ubicación y ser encontrados. Dos personas se encuentran después de un llamado de emergencia para no morir de desamor. Aunque también existe la posibilidad de que ni siquiera leas esto, que me conozcas por azares del destino sin que sepas mi gusto por la escritura. Soy un tanto patético queriendo calentarme con la esperanza de algo que tal vez no suceda jamás.

No puedo prometerte una relación perfecta porque esas cosas solamente existen en los cuentos incompletos, ni te voy a vender la idea de que no tengo defectos. Debo de advertirte que suelo tener mal humor, ser un tanto nefelibato y taciturno, por lo que es un tanto difícil distinguir si estoy enojado o simplemente ando divagando en un mar de ideas o reposando en la nada. A veces soy un tanto cerrado a explorar nuevas cosas, por ejemplo: nuevos alimentos; aunque a veces finalmente termino cediendo poco a poco. Soy un tanto testarudo, pero con paciencia puedo ser diferente. Me gustara mimarte y aunque no lo diga, también me gustaría que tú lo hagas conmigo. Puedo ser una persona transparente, siendo a veces excesivamente franco y me gustaría que también lo fueras. Es un poco tonto pensar en esas cosas, pero es una manera de presentarme ante ti, y prometerte que haré todo lo posible, todo aquello que este en mis manos para que vivamos juntos una experiencia inigualable.

Tengo muchas ganas de conocerte, de pasar horas platicando contigo todo aquello que hemos vivido en nuestras vidas, darte mis mejores besos y apapacharte con abrazos cuando te sientas mal o cuando quiera que sepas lo mucho que te quiero. Desgraciadamente, eso aún no sucede y sabe Dios si algún día sucederá. 

POLVO

El silencio inunda la habitación, únicamente se escucha un ligero “tic tac”. El recorrido del segundero me recuerda que pronto terminará la calma. Me siento satisfecho, pleno; a la vez, siento mi cabeza revuelta con ideas, emociones y sensaciones. Quisiera apagar el interruptor del cerebro para dejar de pensar y disfrutar plenamente lo acontecido, intento no moverme por miedo a echar a perder el momento. La luz de la ventana me llama, desde mi ángulo no puedo mirar al exterior, me embebo observando unas diminutas partículas que flotan en el aire de forma curiosa, es como si se divirtieran en su caída; aquellas microscópicas cosas no llevan un patrón fijo, caen de forma aleatoria, juegan en su viaje, lo disfrutan, viven el instante. 

Polvo, eso es lo que nos rodea en todo momento. Esa pequeña materia fina es la composición del universo entero. Nosotros mismos estamos hechos de polvo, aquella frase religiosa se viene a mi mente: “polvo eres y en polvo te convertirás” o aquella científica que afirma: “la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma” Me da curiosidad pensar a que pertenece cada una de esas partículas que pululan en el aire; posiblemente se encuentre un fragmento de árbol, un grano de arena de algún mar o posiblemente una pizca de volcán. Las posibilidades son infinitas, pueden pertenecer a algo que en su momento fue enorme o algo diminuto, al final, todo forma parte de una misma dimensión que conforma nuestro cosmos.

Un brazo me toma por sorpresa abrazándome a la altura del pecho, su piel es suave, caliente y tersa. Una sonrisa se dibuja en mi rostro, ella es el motivo de aquel buen humor vespertino, su nombre proviene del hebreo, que significa casa de Dios. No quiero faltar al respeto, pero para mí eso fue lo que aconteció. Su cuerpo me arropó hasta elevarme por los cielos, alcancé el punto máximo del Nirvana, tal como los monjes budistas afirman que es, fui apaleado en diversas formas metafóricas, simplemente, fue un éxtasis indescriptible.

Ella es una mujer cautivante, sofisticada, con una sensualidad que se desborda a su paso. Su sonrisa es única, sabe que solamente necesita eso para rendir a cualquiera a sus pies. Es afable, decidida, simpática, pero, también enérgica, parece saber siempre lo que quiere y lucha hasta obtenerlo. Es una cazadora audaz que gusta alcanzar sus metas sin importar lo difíciles que estas puedan parecer. A veces suele ser impaciente, apurada, impulsiva, es parte de esa esencia que te enamora. Ella lo es todo y nada a la vez, verla llegar es similar a admirar la majestuosidad de una oleada de grandes proporciones que se prepara para impactar en la costa, es una belleza de la naturaleza; estar con ella es vivir, sentir, palpar esa fuerza; al momento en que se marcha, tiene la misma elegancia que la ola que se arrastra de nuevo al mar, dejando tras de sí la espuma impregnada en la arena, un bello recuerdo de aquel momento vivido.

Llevamos algunos años de conocernos, nuestra amistad no ha sido ininterrumpida, han existido lapsos en los que ambos dejamos de saber uno del otro. El tiempo parece no afectarle, al contrario, en cada reencuentro me doy cuenta que lejos de perder cualidades, ha ido adquiriendo todo lo necesario para ser una mujer irresistible. Ella es consciente de ello, sabe manejar sus encantos a su antojo, siempre acorde de las circunstancias, tiene todo lo necesario para ser catalogada artísticamente como una femme fatale.

No me agrada del todo reconocerlo, ella tiene un gran poder sobre mí, solamente basta una palabra para agrandarme u otra para destrozarme por completo. Hemos salido algunas veces a tomar un café y ponernos al día; intento no dejarme llevar por su poder de atracción, recordando en mi mente: solamente es una amiga. Me siento embelesado con su presencia, escucho atentamente todo lo que ella cuenta, eso distrae mis verdaderos deseos; es imposible dejar de ver sus labios sin sentir un impulso de robarles un beso. Me siento un cínico al perderme en su escote y ni que decir de la culpa al desear perderme en sus muslos, sé perfectamente que ella conoce mis intenciones, no dice nada, es un as que juega siempre a su favor. Al final del día no sucede nada, solamente nos despedimos deseándonos vernos algún otro día; la llama se apaga lentamente hasta recibir un nuevo mensaje suyo.

No recuerdo la hora exacta en que entró su llamada, sinceramente no la esperaba. Fue una grata sorpresa escuchar su voz, su mensaje fue directo, sin rodeos: Necesito tomar un respiro, te veo cerca del bar. Pensando que se encontraba mal no dude en ir a su encuentro, en el fondo sabía que, aunque no fuera por ese motivo saldría corriendo a su lado. Ella me recibió con una gran sonrisa, por lo que los malos augurios se disiparon al instante. Es una mujer que siempre está ocupada, maneja varios proyectos, los cuales me fue enumerando poco a poco para soltar su estrés, no es que ella no pueda con todo, simplemente necesitaba un descanso para regresar de nuevo con fuerza.

En el bar, pidió un mojito y yo una cerveza, mismos que nos acabamos rápidamente sin darnos cuenta. Había algo diferente en ella, no era algo físico, sino algo intangible, es como si estuviera más desenvuelta. Es una mujer libre, a la cual no le gustan las ataduras, su esencia siempre fluye libremente por el aire, algo así como una cometa. Nuestra conversación comenzó a fluctuar entre lo que deseábamos y lo que habíamos alcanzado, entre lo cotidiano y lo extraordinario; charlábamos lo anecdótico cuando llegamos a lo erótico, de la nada, de forma espontánea e inesperada nos besamos sin previo aviso, no recuerdo quién tomo la iniciativa, simplemente fue un impulso eléctrico.

Las barreras impuestas se cayeron rápidamente para dar entrada al goce; después de unos momentos de entrega, pausó el encuentro, buscó su celular entre sus cosas, respondió un mensaje, dudó con el teléfono en sus manos sobre qué era lo que debía pasar, levantó la mirada hacia mí buscando una respuesta; ambos sabíamos lo que seguiría, pero no dijimos nada, solamente lo aceptamos de forma implícita, celebramos un contrato con la mirada, lo firmamos con el pensamiento y lo llevamos a cabo con los besos y caricias.

Nosotros no hicimos el amor ya que su corazón pertenece a otra persona, no cogimos porque no fue solamente un impulso sexual intrascendente, no fornicamos porque no somos animales que se dejan arrastrar por el deseo. En cambio, nosotros… “nos echamos un polvo”. La definición puede sonar vulgar, sin dejar de lado que es un tanto precaria para describir lo que realmente vivimos. Intentaré explicar el motivo de definirlo así. Al principio he dicho que hay dos frases que me llaman la atención, la primera: “Polvo eres y en polvo te convertirás”.

Cuando entramos a la habitación, no podía dejar de besarla; desesperados por el deseo, nos quitamos las vestimentas que nos estorbaban. Una vez desnudos, vino la calma, hubo una gran revelación, esa mujer es la galaxia entera, su cuerpo está compuesto completamente de polvo. Su cabello tiene las mismas propiedades que las conchas de mar; sus ojos brillan con la misma intensidad del firmamento, se puede admirar que están compuestos de partículas de estrellas; sus labios, cenizas de una fogata, que a la menor provocación aviva sus llamas; sus senos son moléculas de las montañas más bellas, llenas de vida y abundantes del planeta; su ombligo tiene ese toque mágico y misterioso de lo cenotes sagrados, ahí lancé un beso y recibí un milagro a cambio.

Abrir sus muslos y probar su sexo, fue sentir todo el universo en la punta de mi lengua, fue abrirme a otras dimensiones sin abandonar la habitación. Muchas veces había imaginado verla desnuda, nunca pensé que mi imaginación estuviera tan limitada ante la realidad que ella evoca. Podría arrancarme los ojos, después de ella, ya no hay nada por ver, me mostró el todo y la nada. Su cuerpo es lo más extraordinario en la faz de la tierra, tenerla es contar con todas las riquezas dadas por el planeta entero, poseerla fue sentirme parte del infinito.

El polvo del que ella está conformada y el mío, se sacudieron en fuertes choques de pasión. En cada galope de nuestros cuerpos, se liberaban partículas en el aire; no solo nuestras masas y espíritu se fundieron, también nuestras moléculas, mismas que liberamos en la cama, en el sillón, en la ventana, en el baño, en fin, impregnamos toda la habitación de nuestra esencia. Lo hicimos de todas las formas habidas y por haber, cada postura, cada lugar, cada gemido, cada abrazo, cada penetración, liberaba grandes cantidades de átomos.

Pareciera no ser suficiente un poco, siempre íbamos por más; siempre al ritmo que ella marcaba, no queríamos terminar, pero todo tiene un gran final. Un gran suspiro, besos y caricias determinaron la clausura del evento, sus ojos se cerraron para descansar un instante. No puede hacer lo mismo por toda la adrenalina acumulada, no podía creer que por fin pude tenerla en mis brazos, hacer realidad un sueño húmedo.

Para algunos puede ser considerado este acto como un polvo entre amigos, una travesura o un gusto erótico, algo insignificante que solamente sirvió para desahogarnos y darle alegría a nuestros cuerpos. No se mezclaron los sentimientos, seguramente ella se vestirá en cualquier momento y se irá a los brazos de otro. En cambio, yo seguiré mi camino con una sonrisa en los labios y un bello recuerdo para esas noches de soledad. El mundo no habrá cambiado, el río seguirá su curso y el tiempo su camino, aun así, hay algo que me inquieta.

La materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma” Quiero pensar que aquel polvo sexual no fue un acto intrascendente, aquellas partículas que flotan en la ventana son gracias al resultado de nuestra acción. Ese acontecimiento ha quedado encapsulado en diminutos fragmentos que guardan celosamente nuestro secreto para sí mismos, su polvo y el mío se cortejan independientemente en la habitación, algunas parejas se mezclarán en la alfombra, otras se irán por la coladera del baño y otras huirán por la ventana para juntarse con otras pizcas de algo. De nuestro polvo surgirá una flor, una laguna, o algo más complejo como un ave, ambos somos dioses creadores, de nuestro polvo insignificante surgirá algo, sin embargo, una vez que ella despierte solamente quedará preguntarme: ¿Será acaso este, nuestro primer y último polvo?

Un elemento ajeno a la atmosfera se hace presente, empieza siendo un sonido quedo, va subiendo su intensidad. Ella despierta, busca desesperadamente su celular entre los escombros de la batalla, cubre su cuerpo con las sabanas, recoge sus ropas para adentrarse en el baño mientras responde. Sabía que esa tranquilidad no sería eterna, valió la pena cada segundo que duró, el torbellino de sus labores la espera, no se puede mover a su paso sin ella, seguramente la llamada es del trabajo… quiero pensar que es eso. De nuevo su poder de atracción me revuelca, intento calmarme, me repito: ¡Solamente fue un polvo, nada más!

Una fuerza interior me exige intervenir, hacer algo. No tengo la menor idea, todo está revuelto en mi cabeza, debo de encontrar las palabras precisas para este instante, todo es confuso, oscuro. ¿Siento algo por esta mujer?, o ¿acaso solamente es aquella fase post sexual en la que te sientes enamorado? Quisiera poder moverme con la misma libertad de las partículas que hay en el aire, ellas no piensan, actúan, se divierten, a pesar de ser un elemento exánime, tiene más vida que yo; esas pequeñas moléculas parecen gritarme, exigirme que de una vez por todas sea hombre, que me levante, la bese y no la deje marchar.

Hay elementos que nacieron para estar en constante movimiento y otros para permanecer en reposo. Ella sale de la habitación con prisa, como si la vida se le fuera en ello, abandona el cuarto sin regalarme de menos una mirada, su momento de sosiego parece estarle cobrando factura. Mi presencia pasa desapercibida en su camino, no soy nada, solo seré a lo mucho un instante o una anécdota. Mis palabras cargadas de sentimiento, el valor para actuar, todas esas expresiones que había planeado, quedan volando, igual que aquellas partículas; soy un hombre reducido a polvo, un ente exangüe.

Intento hilvanar los fragmentos de historia para comprender lo acontecido, se puede decir que fue un día de victoria al haber obtenido lo que tanto deseaba, tenerla entre mis brazos había sido un sueño, un anhelo, una fantasía erótica, exótica y romántica, sin embargo, no logro comprender el sentirme derrotado. Gané y aun así siento las manos vacías. Mi teléfono anuncia la llegada de un mensaje: ¡Gracias por todo! Disculpa que no me haya despedido, pero alguien aguardaba por mí. Espero verte pronto y por favor… ¡sorpréndeme!… Al suspirar puedo observar algunas partículas volar por el aire. Nuestros cuerpos se han separado, pero algunos fragmentos seguirán unidos mucho tiempo en el universo, todas las partículas de mi cuerpo se unen de nuevo, ahora soy un hombre victorioso y feliz.

RECUERDOS

Camino lentamente por las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México, cada rincón, por insignificante que parezca, me trae recuerdos de ti. No creo que sea exagerado si te digo que creí encontrarte en varios objetos, diferentes rostros, diversos sonidos, pero lo único que obtuve de ellos fue tu ausencia.

Fui a la iglesia que tanto te gustaba, aquella donde me hiciste jurar que algún día nos casaríamos. Si te soy sincero, la verdad es que nunca le había visto nada especial, hasta el día de hoy; estuve dos horas admirando cada detalle, cada fragmento, para intentar comprender el porqué te gustaba tanto. Sinceramente no encontré la respuesta, pero ahora sé que esa iglesia es especial para mí, porque me hizo recordar la pureza de tu alma.

Cuando salí estaba acalorado, así que pasé a comprar un helado con el señor del mostacho chistoso ¿Te acuerdas como te molestaba diciéndote que dentro de tu helado encontrarías pelos del bigote del vendedor y reíamos sin parar imaginando incoherencias?… Pues aquel hombre ya no está, ni tampoco su paletería, su negocio quedó en el pasado, al igual que tú.

No sé hasta qué punto me conmocionó la noticia del heladero, que sin querer pasé por nuestro callejón secreto, sí, aquel donde en una noche de copas te hice mía, donde nos dejamos llevar por la pasión y la lujuria. Rememoré claramente la embriaguez del momento, la sensación que tuve al recorrer tu piel desnuda, la calidez de tus besos, la humedad de tu sexo. Me pareció escuchar el eco de tus gemidos, los sonidos de nuestros cuerpos juntándose, los arañazos en la pared, claramente pensé haberte escuchado, diciéndome al oído, con tu tono sensual, ¡Te amo! pero sólo son recuerdos y nada más.

Sé perfectamente que me conoces y sabes que en este momento intento hacerme el fuerte y no demostrar lo que siento, pero he de confesarte que esta vez empecé a desfallecer. No quería dejarme sacudir por todas las cosas que pasaban por mi cabeza en ese instante, pero eso es imposible si estas siendo bombardeado por imágenes nuestras, por las sombras de nuestros recuerdos que dejamos impregnadas en aquellas calles.

Mi ansiedad se desenfrenó cuando pasé por la Plaza de Santo Domingo, me puse pálido al figurar verte dándole de comer a las palomas como tanto te gustaba hacer y yo odiaba que hicieras. Corrí a tu lado inmediatamente, pero encontré a una mujer distinta, una mujer vacía, que no tenía ni siquiera el más mínimo atisbo de tu calidez y belleza. Me estaba volviendo loco, sobre todo cuando en la calle de Madero, pensé haber escuchado tu característica carcajada, pero solamente era una niña riendo con sus padres.

Aun veo tu espíritu reviviendo nuestros momentos, proyectándose por las calles, inundándolas con nuestra vieja alegría. Creerás que puede vernos en el bar de la calle de Donceles donde nos conocimos, y donde meses más tarde moría de nervios intentando pedirte que fueras mi novia. Pude ver nuestras caras picaras de aquel día cuando fuimos a ese cine porno de la calle 16 de septiembre; nos pude ver caminando, comprando cosas inútiles en el Eje Central, tus caras de niña tierna cuando íbamos a comer churros al Moro, te vi cuando te estabas retozando de la risa cuando me caí por tu culpa en una jardinera del Barrio Chino… ¡Cómo olvidar ese día, si aún conservo la cicatriz en la pierna, misma que tú curaste con tus delicadas manos!

Muchas cosas han cambiado desde que te fuiste, algunas tal vez para bien y otras… que te puedo decir. Yo no he cambiado, sigo siendo el mismo chico inmaduro que conociste, sigo siendo aquel loco que te conquistó con sus múltiples tonterías, aquel testarudo que no acepta el no tener la razón. Y desgraciadamente, sigo siendo aquel aferrado a tu recuerdo, sé muy bien que tengo que seguir adelante con mi vida, aceptar que nuestros caminos se separaron, pero no puedo, no me lo pidas porque es imposible seguir adelante.

Una ligera brisa envuelve a la ciudad, las gotas de lluvia me ayudan a esconder las lágrimas que brotan y recorren mi rostro, las personas andan aprisa buscando refugio para no mojarse, el tráfico es espantoso. Todos corren y yo ando despacio, a pesar de que hay una multitud de individuos siento que estuviera completamente solo en las calles del Centro Histórico, volteando al cielo esperando que me hayas escuchado.

MAREA ROJA

Desde la creación del mundo como lo conocemos, el océano intenta cortejar a la tierra. Es un bello ritual amoroso que pocas personas tienen la dicha de percibir aun cuando están presentes. Las olas del mar acarician suavemente la arena de la playa invitándola a acompañarlo. Intenta llevarla a sus adentros para mostrarle la belleza que hay en su interior, pero no logra convencerla, se resiste. Es una romántica lucha constante o un amor no correspondido. Un niño, observa anonadado el ritual, a sus nueve años aún no tiene idea de lo que es el amor pero siente que hay algo más allá de aquella isla, esperándolo.

Sus tripas rugen con fuerza haciendo presente el hambre que arrastra. Un cangrejo se pasea cerca de él como burlándose de su situación. Pedrito se muerde los labios imaginando la rica sopa que podría disfrutar con aquel crustáceo, pero su madre le ha dicho que no lo puede cocinar debido a la marea roja. Aquel animal no parece enfermo, todo lo contrario, el maldito no fue como los demás que huyeron al ser liberados, ¡no! este se quedó a mofarse. El niño se levanta harto del baile burlesco, patea con todas sus fuerzas al incitador que termina sumergiéndose en el agua. Una lagrima brota de su rostro, aprieta un puño lleno de coraje, levanta la vista buscando una señal en el cielo.

Su hermana, Jovita, corre a su encuentro. ¡Pico, Te habla mi mamá! Pedrito siempre ha odiado que lo llamen así. Es un apodo que le pusieron por el parecido entre su nariz y el pico de un perico. Jovita no espera la respuesta, corre de regreso a casa. Pico intenta buscar por última vez en el horizonte un barco o un avión que traiga consigo las provisiones que necesitan. ¿Y si se olvidaron que estamos aquí? Nunca nos habían abandonado tanto tiempo. La duda hizo que surgiera otra pregunta en su mente ¿Qué sucedería si en el mundo sólo quedaran él y su familia? El grito lejano de Jovita apurándolo lo saca de su ensoñación.

Antonia no está de humor, se percibe un tenso ambiente en la casa. ¿Te deshiciste de eso? Pico agacha la cabeza y asiente. Yo no los vi enfermos como dices. Antonia se molesta dándole una bofetada. ¡No le respondas así a tu madre! Sus hermanas, Jovita y Lucia agachan la mirada e intentan enfocarse en sus labores domésticas. Rafaela abre la puerta, se dirige a su madre Únicamente encontré unas cuantas papas pero no sé si estén buenas. La tormenta arrasó con todo y encima trae marea roja. Antonia le acaricia la cabeza ¡Gracias hija! por lo menos podemos hacer una sopa de papa. Pico sigue parado como si fuera una estatua de piedra, Rafaela se dirige a él. Dice mi papá que le lleves su navaja y lo alcances en el faro. Al no ver respuesta de su hermano, lo regaña ¡Muévete!

Pico está realmente molesto, se había levantado de madrugada para atrapar esos cangrejos, los tuvo que liberar únicamente porque el mar esta teñido de color rojo y encima tendría que comer ese caldo de papa que tanto odia. Si tan sólo hubiese aparecido la avioneta con los víveres o la tormenta no hubiese acabado con el huerto o no estuviera esa estúpida marea roja o si no vivieran en aquella deprimente isla por culpa de su padre que acepto ese ridículo trabajo de guarda faros. No comprendía como podían tener tan mala suerte. El deseaba una vida normal, tener amigos con quienes jugar, ir a la escuela, hacer las cosas que se supone hacen los niños de su edad. Lentamente prosigue su camino sin dejar de pensar.

Su padre, Pedro, lo espera impaciente. ¿No te dijo Rafaela que te apuraras? Pico hasta ese momento aprieta el paso y corre a entregarle la navaja. Pedro revisa minuciosamente el equipo de pesca que está subiendo a la lancha, Pico lo observa como esperando una explicación, Pedro sonríe al darse cuenta de la curiosidad de su hijo. No quiero comer más sopa de papa, intentare salir a pescar mar adentro. Pico tímidamente pregunta ¿Te puedo acompañar? Su padre le mece los cabellos Por eso te mande a llamar, así que ¡apúrate!

Padre e hijo alistan todo para lanzarse a la aventura. Es tarde para salir a pescar pero es más fuerte el hambre que sienten, aunque no lo suficiente para conformarse con un caldo de papa. Pico ama el mar, es como si fuese una extensión de él, cuando nada, es el único momento en que se siente libre, así como los pájaros lo son en el aire o los peces en el agua. Cierra los ojos, deja que la brisa marina toque su cara dejándose llevar por el momento. Sin darse cuenta la isla ha desaparecido del horizonte pero no aquella mancha roja en el mar. Pedro se ve desesperado, saca su brújula para decidir la dirección a la que navegará, por un instante comienza a desvanecerse su esperanza de encontrar un lugar donde pescar sin peligro. Intenta hacerse el fuerte para no transmitirle sus malas sensaciones a su hijo.

Han navegado por horas sin encontrar un lugar que no esté teñido de rojo. Están exhaustos, al igual que la lancha que en mal momento se queda sin gasolina. Sólo falta una hora para que anochezca por lo que deben de actuar con rapidez. Pedro hace los últimos intentos por hacer funcionar el motor pero es en vano. Mira a Pico para hacerle creer que todo está bien Espero que Rafaela este al pendiente del faro. Busca los remos de la nave pero recuerda que los ha dejado en otra lancha. Se sienta, está enojado, impotente, unas lágrimas escapan de sus ojos. ¡Dios! ¿tan malo soy como para no poder alimentar a mi familia? Pico siente un nudo en la garganta al ver a su padre derrotado. Como es posible que un hombre que siempre ha sido fuerte, ahora este ahí, frágil y derrotado.

Un golpe hace sacudir la lancha de un lado a otro al punto de casi voltearse. Pedro reacciona intentando salvaguardar a su hijo. Lo abraza queriéndolo resguardar de cualquier peligro posible, levanta la mirada y sus ojos brillan de alegría. Se acerca al oído de Pico, le susurra ¡No te muevas, no voltees, no hagas ningún movimiento hasta que yo te diga! Pico palidece al escuchar a su padre, si no giró su cabeza al instante, no fue por falta curiosidad sino por miedo. Pedro le entrega la brújula, calcula cada movimiento, toma la navaja y reptando se desliza por un costado de la lancha, sumergiéndose en el agua con mucho cuidado. Es una serpiente intentando atrapar a su presa.

Un escalofrió recorre todo el cuerpo de Pico al escuchar un violento aleteo, una enorme pluma de color blanco se posa en su hombro. Lentamente gira la cabeza, ahí está, postrado, en el casco de la lancha, un enorme pelícano de mas de dos metros. Un ave imponente, de hermoso plumaje. Tiene sus ojos cerrados como disfrutando la brisa marina, sacude su cabeza de un lado a otro mientras grazna. Pico esta perplejo con la belleza del animal, tanto que se ha olvidado por completo de su padre. El enorme pájaro parece saber que ha encontrado un admirador y luce su escultural cuerpo abriendo sus alas, mismas que en la punta tienen plumas negras, su pico es anaranjado muy grande y ancho. Sus patas son grandes e impresionantes sobre todo por esos cuatro dedos palmeados que son casi del mismo tamaño que los suyos.

Pico ahoga un grito de asombro al ver salir del agua una mano y tomar de las patas al ave que no se da cuenta del ataque hasta que empieza a ser atraída hacia el agua. El pelicano intenta emprender el vuelo, luchando con todas sus fuerzas ante aquel depredador humano que intenta hundirla. El forcejeo es salvaje, la lancha se bambolea violentamente de un lado a otro faltando muy poco para voltearse. Pico se agarra de lo que puede para no caer pero sobre todo para no tirar la brújula que es su boleto de regreso a casa. En el fondo, Pedro y el pájaro están en una encarnizada batalla de vida o muerte, ninguno de los dos cede ni un centímetro. Cualquiera podría decir que la batalla es dispareja dada la fuerza y experiencia del hombre, pero en este caso las fuerzas de Pedro están disminuidas por el hambre y el cansancio, mientras que el animal goza de buena salud, es un espécimen grande y tiene mucha fuerza.

Los pelicanos no son aves salvajes que ataquen, pero al ver su vida en peligro lo hace con violencia, su pico, alas y patas las utiliza cual si fueran armas. No son pocos los cortes profundos que recibe Pedro, de hecho cada minuto que pasa va perdiendo fuerza, mientras que el animal parece empezar a dominar el terreno y la batalla. Las cosas dan un giro cuando el ave golpea con fuerza la cabeza de Pedro. Pico está asustado con la escena, quiere ayudar a su padre pero no sabe qué hacer, queda pasmado al ver como los dos combatientes se hunden en el agua.

Los segundos parecen eternos, el mar ha vuelto a la calma. Pico busca por todos lados a su padre, lo llama a gritos, sus ojos se enrojecen. Su corazón da un vuelco al ver emerger del agua unas burbujas de aire, indicando que alguien ha perdido la batalla. Un gran estruendo interrumpe la escena, en el aire se dibuja una enorme ave de acero que deja caer una enorme caja de madera con un paracaídas a unos cuantos kilómetros de distancia de donde se encuentra. El ganador de la batalla sale del agua de forma triunfal y salpicando todo.