Hace algunos años, solía pasar todas mis vacaciones de verano, en casa de unos tíos que viven en Veracruz. En una de aquellas visitas, recuerdo que mi primo Hansel y yo, caminábamos por el centro histórico, cuando algo nos llamó la atención. Era un cartel donde se anunciaba la proyección de la película, Tiburón (1975), dirigida por Steven Spilberg. Lo novedoso no era la proyección de aquel clásico del cine, sino que se realizaría en el famoso balneario Mocambo. El público podría disfrutar de la cinta dentro de las albercas, eso fue precisamente lo que nos llamó la atención de inmediato y sin decir una sola palabra, acordamos que iríamos esa misma noche.

Como estábamos en plena pubertad, con las hormonas a todo lo que dan, decidimos invitar a unas amigas para que nos acompañaran. Al final de la proyección, el balneario había organizado un baile en la playa, por lo que pensamos que era el ambiente correcto para ligar. La idea era divertirnos, pero si lográbamos obtener unos besos, sería una buena forma de cerrar ese verano.

Cuando llegamos al balneario, el lugar estaba repleto de jóvenes como nosotros, todos emocionados con la idea de disfrutar el cine de una forma diferente. Una vez que pagabas tu entrada, te entregaban una llanta inflable color amarilla, donde cabían dos personas sentadas, posteriormente, te indicaban la alberca donde te podrías introducir. La verdad es que me asombró mucho el orden que tenían, la pantalla no era tan grande como me hubiese gustado, pero era suficiente para que todos los espectadores la observaran sin problemas. Dos chicas pasaban a los costados de las piscinas vendiendo palomitas y refrescos. Recuerdo que pensé que esa no sería una buena idea, aunque finalmente pudo más el antojo.

Todos los presentes estábamos emocionados, se sentía una excelente vibra, risas, bromas, salpicaduras de agua y algunas parejas ya se estaban dando los primeros besos de la noche. Recuerdo haberle comentado a las chicas y a mi primo, que sería genial que alguien sacara una aleta de tiburón a mitad de la cinta para espantar a todos, sería una broma legendaria. Reímos a carcajadas imaginando lo que sucedería, una de las chicas nos dijo que nada de eso sucedería porque ya todos habían visto la película y no habría mucha sorpresa. En parte tenía razón, algunos posiblemente acudían por la nostalgia de disfrutar el clásico y otros, como nosotros, solamente íbamos para divertirnos.

Las luces se apagaron, algunas personas aplaudieron y gritaron emocionados. He de admitir que lo que no invirtieron en un buen proyector o pantalla más grande, si lo hicieron con el equipo de sonido. Anteriormente había visto la película (en mi casa, cine o foro al aire libre), pero nunca me había envuelto tanto el sonido. Posiblemente, no solamente era el equipo de audio, sino todo el ambiente. A escasos pasos se encontraba la playa, casi se podía sentir el mar, solamente bastaba cerrar un poco los ojos para percibir el calor, escuchar las olas y sentir la brisa marina acariciar tu rostro. Mi mente, como jugando con todas las posibilidades, me recordó que aquella ciudad era famosa por tener tiburones, aunque nunca se había escuchado de un ataque real.

Creo que no fui el único en dejarme envolver por todos esos factores, una vez que se escuchaba esa icónica melodía, que indica que el tiburón está cerca, se te enchinaba la piel. La chica que me acompañaba me apretaba con fuerza del brazo, en cada aparición del monstruo marino. Todos en el balneario estábamos como hechizados, teníamos las emociones a flor de piel. En ciertas escenas reíamos como intentando aliviar la tensión. Llegué a preguntarle a mi compañera si se encontraba bien, era tanto su terror, que llegaba a encoger los pies en cada embestida del tiburón, como si imaginara que algo nos atacaría en la alberca. Ella me confesó que era la primera vez que veía esa película, le estaba generando un poco de miedo porque lo asociaba con una anécdota de su abuelo, quien había sido atacado por el mismo animal. Seguramente ella hablaba para aligerar la tensión, sin embargo, alguien de atrás de nosotros nos mandó a callar. Ella agachó la mirada, tomó un puño de palomitas y siguió viendo la película.

Lo más surrealista de la noche sucedió en una de las escenas finales. El barco donde se encuentra el protagonista está hundiéndose hacia un costado, el hombre lucha por sobrevivir, pero parece estar a merced de la bestia marítima, el policía camina hacia la parte delantera de la cabina, una de sus ventanas nos muestra como el agua está por devorarlo, misma ventana por donde entra violentamente el enorme tiburón. Coincidencia o no, en el preciso instante donde el tiburón hace su repentina aparición, alguien, posiblemente sin querer, golpeo nuestro inflable. Fue algo tan perfectamente sincronizado que hizo que mi acompañante pegara un grito de terror que se escuchó por todo el puerto.

Algunas personas rieron y no dudo que otras como yo, se asustaran. Ella me abrazó con mucha fuerza, cubriéndose para no ver la pantalla. La situación me dio un poco de risa, pero quise primero tranquilizarla y explicarle que todo estaba bien. Por alguna extraña razón, volteé a ver el agua de la alberca, debajo de nosotros estaba saliendo una mancha roja. Quise comentarle a mi compañera, pero al ver su rostro enrojecido, intuí la respuesta. Estaba a punto de decirle que no sé preocupara y que saliéramos discretamente sin decir nada. Cuando una chica que estaba atrás de nosotros, gritó: “¡Hay sangre en la alberca!”

Todo fue como una escena de la película, cuando la gente gritaba: “¡Tiburón!” Fue un verdadero caos, la gente salió corriendo como una estampida de animales. Literal, podías ver las palomitas de maíz volar por los aires, el agua mezclarse con el líquido de los vasos que contenían refresco, mi primo, jura que vio hasta trajes de baño sin dueño. La escena fue tan surrealista que inmediatamente la gente comenzó a reír, algunos hasta aplaudieron, creo que a nadie le importó lo sucedido. Ni siquiera se dieron cuenta que se habían perdido el final de la cinta.

La alberca quedó hecha un asco, sentí un poco de lastima por la persona a la que le tocaría limpiar. Los del balneario tampoco les dieron mucha importancia a los hechos, así que continuaron la velada como estaba programada. Una vez que las chicas salieron de los vestuarios, fuimos a la playa a bailar, hasta que sus padres las fueron a recoger. Fue una noche mágica, un bello recuerdo que siempre guardaré, por cierto, si obtuve mi beso esa noche y por alguna extraña razón, que ya ustedes imaginaran, nadie quiso meterse al mar esa noche.

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