No solía ser una persona que creyera en el destino, la suerte o las coincidencias, pero un día todo eso cambió. Por aquel entonces, había una chica que me latía, cuando habíamos llegado a salir, nos la pasábamos genial. No era nada extraordinario, aun así, las cosas fluían a tal grado que le pediría que fuera mi novia. El nombre de esa chica es: Isadora.
Quiero pensar que todos tenemos un lugar especial, aquel espacio donde sientes que perteneces, puedes ser libre y feliz. Es aquel rincón, donde acudes cuando te sientes vulnerable, de cierta forma, ahí te reconforta su calidez. Lo sientes tan tuyo, que seleccionas estrictamente a las personas que te pueden acompañar, de hecho, se puede decir que es tu forma de demostrarles a ellos que te importan. Ese sitio especial en mi vida, es la Cineteca Nacional de la Ciudad de México.
Estaba convencido de que las cosas funcionarían con Isadora, así que decidí dar ese paso definitivo e invitarla a la Cineteca. El pretexto, fue pedirle que me acompañara a la exposición de los “Estudios Pixar”, misma que se estaba llevando a cabo en ese lugar. Aprovecharíamos también para ver la película de “Coco.” (2017) realizada precisamente por dicho estudio de animación, de la exposición.
Ya había visto, días antes, la película, pero deseaba compartir con ella el momento. He de confesar que había preparado algunos datos curiosos de la cinta para tener una charla interesante. Así también, dejaba abierta la posibilidad de declararle mi amor ese mismo día, aunque claro, eso dependía de las circunstancias del momento.
La cita era a las tres de la tarde, por lo que, la cinta se proyectaría media hora después, lo que nos daba tiempo suficiente, para comprar palomitas y formarnos para entrar. Ya posteriormente entraríamos a la exposición. Aun así, decidí llegar con mucho tiempo de anticipación, (doce del día). No es que estuviese obsesionado con la cita, simplemente, quería pasar a ver los libros de cine a las librerías que se encuentran ahí, y posiblemente comprar alguna película de “Giuseppe Tornatore”, aun no me decidía entre “Malena” (2000) o “Cinema Paradiso” (1988).
Por lo regular, suelo tardar horas en decidirme que título adquirir, por ello, no deseaba abrumarla con la espera, aparte de que, con el tiempo sobrante, disfrutaría del espacio; posiblemente leería un libro, sentado en las áreas verdes o en alguna cafetería.
Todo iba conforme lo planeado, llegué a la librería María Félix, que se encuentra dentro de la Cineteca. Decidí no ir directamente a los libros de cine, esta vez quise revisar el catálogo de arte. Me entretuve viendo una colección, interesante, de pintores impresionistas. Estuve a nada de comprar un folletín de pinturas de Modigliani, pero recordé que debía comprar la película de Tornatore, así que decidí no gastar en ello.
Al estar en la sección de cine, vi un libro que me robó el aliento, “El Guion Story” de Robert Mckee. Estaba por tomarlo, cuando una chica lo agarró primero, expresó su emoción en voz alta: “¡Oh, por Dios!” Al principio me dio un poco de coraje, era el único ejemplar disponible. Aunque lo que en verdad me molestó fue cuando la chica exclamó “¡No mames! Tiene el sesenta por ciento de descuento… ¡Genial!” Creo que debió de haber percibido mi mala vibra, porque me volteó a ver, algo avergonzaba me preguntó “¿Lo estabas viendo?” La pregunta me tomó fuera de lugar, me sentí exhibido, avergonzado, respondí que no y me retiré rápidamente de ahí.
Intente olvidar el bochornoso momento sumergiéndome en las películas que tenían en venta en la librería. Algo que me encanta, es que cataloguen los títulos por país de origen, eso me ayuda a conocer un poco más de la cinta y del director. Me entretuve con los filmes alemanes, intentaba buscar alguna película de Herzog, cuando escuche de nuevo esa voz aniñada, preguntando a un empleado “Disculpa chico, ¿dónde puedo encontrar la película de Malena?… No recuerdo el nombre del director”. Sonreí socarronamente, porque conocía la respuesta, “Giuseppe Tornatore, se encuentra en la sección de cine italiano”. En eso recordé que era uno de los títulos que me llevaría y no quería que me la volvieran a aplicar, así que fui rápido por la cinta, para mi desgracia, había muchos dvd´s de ese título.
El vendedor llegó después de mí, tomó un disco y se lo entregó a la chica, quien ahora revisaba las cintas de cine alemán. Sacó un estuche y dijo “¡Perdóname amigo! en verdad lo siento, acabo de encontrar “Fitzcarraldo” (1982) de Werner Herzog, mejor me llevo esta”. El chico sonrió, intentando coquetearle a la chica, le dijo que no importaba, así que ambos se dirigieron a la caja para pagar.
Fue un balde de agua fría, lo peor, es que era el único título que tenían de Herzog. Estuve a nada de gritar de coraje, pero me contuve. No me quedó de otra que seguir viendo las películas e irme poco satisfecho con mi compra. Lo peor vino al salir de la librería, la Cineteca estaba atestada de gente, niños corriendo de un lado a otro, enormes filas para comprar boletos, entrar a las salas y las cafeterías prácticamente llenas. La culpa de todo ese borlote la tenía la exposición de Pixar, aun así, nada podría echar a perder mi cita.
Miré el reloj, apenas era la una; esta vez no había tardado tanto eligiendo una película. Al ver todas las mesas y sillas ocupadas, decidí buscar un espacio para sentarme a leer en las áreas verdes. Finalmente, me senté en un área repleta de pasto, que está cerca de la puerta que da a la calle de Mayorazgo.
La calma que me dio leer “Orson Wells” de Santos Zunzunegui, me duró apenas quince minutos, personal de la Cineteca me pidió amablemente que me moviera, ya que iban a limpiar el área para la proyección al aire libre de la tarde. Me levanté ciertamente decepcionado del día, así que inmediatamente fui al sanitario, iba pensando a donde podría ir a hacer tiempo. Una de las opciones era caminar a alguna cafetería de Coyoacán, pero hacía mucho calor y no quería llegar sudado a la cita. Mientras me lavaba las manos, me di cuenta de algo… Había olvidado el libro en el pasto. “¿En verdad, hoy va a salir todo mal?” Pensé.
Salí del baño corriendo, ese libro me había costado trabajo conseguirlo. Iba pensando en lo torpe que me sentía, cuando una chica me quiso tomar del brazo, no supe cómo reaccionar. Al principio, pensé que era alguna trabajadora de la Cineteca, indicándome que no podía correr en los pasillos. Hasta que escuché de nuevo esa voz “¡Disculpa amigo!” efectivamente, era la chica de la librería. Estaba por decirle que no me interesaba hablar porque tenía que ir por mi libro, pero ella adivinó mis intenciones, ya que terminó su frase “…olvidaste tu libro en el pasto ¡Toma!”.
En vez de agradecer el gesto, estúpidamente pregunté de forma golpeada: “¿Cómo sabes que yo lo olvidé?”. Ella se sonrojó un poco y sonrió, fue un gesto tan natural e inocente, que me hizo apreciar toda su belleza. Era una chica hermosa, chaparrita, delgada, sus facciones eran finitas como las de una muñequita de porcelana. sus ojos verdes me hechizaron. Aunque, lo que realmente me mató, fue ese gestó tan inocente de apenarse, era como ver un personaje de un anime. Quise hacer un comentario tonto para salvar la situación “…Digo, porque podrías estar privando a alguien de este gran libro.” Ella sonrió un poco apenada aún. “Estaba sentada cerca de ti, vi cuando Juan, te pidió que te levantaras. Él fue quien encontró el libro, me acerqué para pedírselo, le dije que te conocía y que te lo entregaría.”
Agradecí enormemente su gesto, le conté el viacrucis que pasé para conseguirlo. Ella no paraba de reír con mi anécdota. Sin planearlo o mencionarlo, buscamos un lugar para sentarnos a platicar. Fue rara la forma tan interesante en que fluyó la comunicación, era como si fuésemos amigos y nos conociéramos de toda la vida. Me presenté y ella me dijo su nombre “Agnés”, le hice un comentario que la sonrojó: “Como la gran directora de cine Agnés Varda”.
Me contó que estaba esperando a su cita. Un chico de su trabajo, quien llevaba tiempo cortejándola, ella siempre se había negado a salir con él, hasta ahora, que finalmente había decidido aceptar. Dijo que se sentía rara al citarlo en la Cineteca, porque ese era su lugar especial y no se sentía tan cómoda. “Siento que aún no le tengo la confianza suficiente para traerlo aquí. Pero era eso o ir a una pulquería. Lo único que me reconforta es que veremos la exposición de Pixar y la proyección de Coco”.
Me reí un poco de la situación porque estaba pasando casi por lo mismo. Cuando se lo conté, no me creyó por lo que tuve que mostrarle los boletos. Reímos un poco nerviosos por las coincidencias. Charlando un poco, nos dimos cuenta que había días en que habíamos coincidido en la Cineteca y no nos habíamos dado cuenta. Lo supimos porque ambos estuvimos la vez que sacaron a un chico de una sala por estar bebiendo, un cine debate organizado por el INBA o el concierto de cierto cantante en la cafetería 8 1/2. Fue extraño, eso hizo que nos interesamos más en conocernos.
Ambos tardábamos horas en escoger libros y ver películas, por ello, habíamos decidido llegar antes el día de hoy. Disfrutábamos de ir solos a la Cineteca, para disfrutar mejor las películas y leer algún libro de cine en las áreas verdes. También teníamos nuestras diferencias. Ella nunca había entrado a la videoteca, le gustaban las palomitas que venden ahí, nunca había besado a una de sus citas, pero lo que más risa nos dio, es que me presumió, que nunca la habían dejado plantada ahí. Y juró que jamás sucedería eso, por su filtro estricto para invitar personas.
En nuestros gustos cinematográficos teníamos diferencias interesantes. Ella es fan de la corriente cinematográfica denominada “La nueva ola francesa”, de hecho, es gran admiradora de la filmografía de “Jean Luc Godard”. En cambio, yo amo el “expresionismo alemán” y la obra de Friedrich Wilhelm Murnau. Ambos coincidimos en que nos encantaba el “neorrealismo italiano” aunque ella es fanática de “Roma ciudad abierta” (1945) de Roberto Rosellini, y yo un cursi que adora “El ladrón de bicicletas” (1948), de Vittorio da Sica.
Nuestra película favorita de todos los tiempos es: “El ciudadano Kane” (1941) de Orson Wells, sentí que duramos horas hablando de todos los detalles que nos encantaban de esa cinta. Nuestro director favorito es Federico Fellini, casi nos tomamos de las manos como dos amigas emocionadas, cuando nos dimos cuenta de la coincidencia. Ella se enamoró de este realizador con la película “La dolce vita” (1960), mientras que a mí me flechó con “Fellini 8 ½”. Agnés, no paraba de burlarse de mí, diciéndome que era un cursi de lo peor. Aunque ambos terminamos siéndolo porque nos encantaba “La strada”.
No supimos en que momento el tiempo se nos fue de las manos. Ella recibió una llamada de su pretendiente, se percató de la hora y se despidió prontamente, para perderse entre la multitud. Sinceramente no sabía qué diablos había sucedido. Miré el reloj, entendí la reacción de Agnés, eran las tres quince. Llamé a Isadora, para saber dónde se encontraba y disculparme por la tardanza. Tardó en responder, hasta que finalmente me respondió para decirme que le iba a ser imposible llegar, se disculpó, me pidió que fuera a la exposición sin ella, para tomar fotos y que fuera a la función para no desperdiciar los boletos. Colgué un tanto molesto, indignado y triste, era la tercera vez que alguien me dejaba plantado en la Cineteca.
Por mi mente cruzó la reprimenda por no haberle preguntado a Agnés, como era su filtro para evitar que la dejaran plantada. De alguna manera me quedé ahí sentado, recordando la maravillosa charla que había tenido con esa chica extraña. Sonreí al recordar todas las coincidencias, su sonrisa, la forma tan sutil en que se acomodaba su cabello en la oreja.
Una vez me sentí un idiota, había olvidado pedirle su número telefónico, alguna red social o algo con que comunicarme con ella. Quise entrar a la función solamente para verla y enmendar mi error, sin embargo, no se me hizo agradable el molestarla en su cita. Decidí perder un poco el tiempo en la tienda de discos, para después emprender mi camino a casa. No hubo nada interesante, creo que nada podía ser más interesante que haber conocido y charlado con Agnés.
Antes de retirarme con mi doble derrota a cuestas, decidí hacerle una visita al chico que vende películas afuera de la Cineteca. Decidí adquirir un film de “Wong Kar Wai”, para tirarme a la depre toda la tarde, el arma suicida sería “Deseando amar” (2000). El chico no tenía en exhibición la cinta, pero me dijo que recordaba haber llevado una copia, por lo que la buscaría en su maleta. Me dispuse a examinar otros títulos para aprovechar la promoción: tres películas por cincuenta pesos. Tomé “El cuchillo en el agua” (1962) de Roman Polanski y “La gran belleza” (2013) de Paolo Sorrentino. Sonreí ligeramente al recordar a Agnés, me hubiese gustado haberme acordado antes de esa cinta, para recomendársela, ya que tiene cierto aire a “La dolce vita”. Si ya la había visto, hubiera estado encantado de intercambiar opiniones con ella.
Alguien sorbió los mocos, con voz entrecortada, como si estuviera llorando, dijo: “Amigo… ¿Tienes Deseando amar, Fallen Angels y 2046 de Wong Kar Wai?” Conocía esa voz aniñada, al girar, vi a Agnés, estaba deshecha. Le pregunté si estaba bien. Ella no se había percatado que estaba ahí, en cuanto me vio, me abrazó. Era la primera vez que la dejaban plantada en la Cineteca. Intenté consolarla diciéndole que la primera vez que era difícil, pero, que las siguientes ya no dolían tanto. Ella sonrió, aunque sus lágrimas no paraban de brotar. Secándolas con su mano me preguntó “¿tú que haces aquí? Pensé que estarías con tu chica viendo Coco.” Ironicé diciéndole “Vamos tres a uno, espero que no quieras empatar mi record de plantones”.
El chico de las películas, un poco incómodo nos dijo: “Solamente tengo una copia de Deseando Amar” le dije a Agnés que se la llevará ella, pero, tenía que darme su número telefónico, para que después me la prestara o la viéramos juntos. Ella terminó de secar sus lagrimas, me regaló una enorme sonrisa y dijo: “¿no le pierdes, chiquito?… Lo hago, si me invitas unas palomitas y entras conmigo a ver la exposición”.
Aquella tarde, nos la pasamos charlando todo el día, entramos juntos a la exposición de Pixar, nos quedamos a la función nocturna, al aire libre, donde casualmente proyectaron “Las noches de Cabiria” (1957), de Federico Fellini; finalmente, para cerrar con broche de oro, no sé cómo, pero, ella me regaló su primer beso en la Cineteca Nacional.
A partir de ese día empecé a creer en las coincidencias, las cuales me llevaron a conocer a mi alma gemela. ¿Qué pasó después? Pues, estamos esperando la llegada de unos hermosos cuatitos, los cuales se llamarán: Alice (por Alice Guy) y Federico (por Fellini), a quienes llevaremos (una vez que tengan la edad pertinente), cada fin de semana a la Cineteca, el lugar donde se conocieron sus padres.