
Celestino se levanta muy temprano. De manera meticulosa selecciona la ropa que usará para verse elegante. Don Cele, como lo conocían sus ahora difuntos amigos, es un septuagenario, conservado y lúcido. Su rostro está lleno de arrugas, le quedan pocos cabellos blancos, su andar es lento y su mirada denota cansancio. Vive en un pequeño pueblo ubicado a veinte kilómetros del puerto. Es dueño de un negocio de maquetas, el cual, dicho sea de paso, está a punto de la banca rota. Aun así, él no pierde la esperanza. Suele repetirse: ¡ya vendrán tiempos mejores!
Rumbo a su trabajo, Celestino, recuerda los viejos tiempos de aquel pueblo. Mucha gente que conocía, había muerto o se habían mudado a la ciudad en busca de mejores oportunidades. Nunca más volvieron. Entre ellos sus hijos, se habían olvidado de él. Perdido en su melancolía, una sombra del tamaño de un campo de futbol lo cubre. Mira fijamente aquella silueta negra marcada en el suelo, sin tiempo para reaccionar. Es aplastado por una ballena azul que cayó del cielo.
En todos los rincones del pueblo retumba el impacto, sin embargo, nadie sale a ver qué sucede. El cetáceo sigue vivo y emite diversos sonidos como pidiendo ayuda. La gente del pueblo que pasa por ahí no presta atención al enorme mamífero, únicamente voltea la vista a otro lado o se cambia de banqueta. Aun con la envergadura del animal, no estorba la entrada a las casas aledañas, por lo que ignoran la situación.
La ballena intenta moverse, aletea desesperadamente, pero sus esfuerzos son en vano. Golpea el pavimento con su enorme cola, una y otra vez hasta destruirlo, pero nadie hace caso. A pesar de su tamaño, parece ser invisible. Emite toda clase de sonidos pero la gente parece sorda. El colmo fue cuando en la tarde unos turistas se retratan junto a la ballena pensando es una atracción, ¡cuánto realismo! dicen, para después seguir con su visita.
Una pequeña de siete años se acerca a la ballena. La observa estupefacta, la abraza, corre a su casa por un vaso de agua, se lo da. Al ver que el cetáceo se intenta mover, la niña quiere empujarlo para ayudarlo, pero al ver que sus esfuerzos no fructifican, se da por vencida y se duerme a un lado de esta. La mamá la recoge en la noche, no sin antes regañarla por salir sin permiso.
La ballena pierde la esperanza de volver a ver el mar. Se nota en su mirada. Expele una lágrima, emite un último suspiro. Como si se estuviera despidiendo. Encapsula todos sus recuerdos y los libera en ese sonido. A los pocos minutos muere.
Al tercer día, el olor es insoportable. Trozos de carne putrefacta ruedan por las calles. Gaviotas se alimentan del animal muerto. La grasa tapa las coladeras, provoca accidentes automovilísticos y la caída de muchas personas. El pueblo empieza a ser visitado por animales salvajes que vienen por un manjar. Una señora jura que vio un lobo en su jardín. El peluquero un cocodrilo en la avenida principal. El carnicero un oso atacando a su suegra. Pero nadie ve una ballena.
Los niños inventan juegos con los restos del cetáceo. Arman muñecos de carne, juegan guerritas de bolas de grasa. Jorge, un niño regordete de doce años, que todo el tiempo está pensando en comer. Inspirado por su insaciable hambre, degusta un trozo de carne. Le encanta el sabor. Come dos kilos. Se convulsiona y muere. Los habitantes alarmados recogen el cuerpo, lo llevan con el médico quien determina que murió de causas naturales. Todo sigue como si no hubiera pasado nada.
Martin es un veterano, tiene un puesto de boletos de lotería. Conoce perfectamente a todos sus clientes. No hay domingo en que no verifique los resultados. Este día, los números ganadores son: 2, 9, 0, 7, 8 y el adicional 3. El premio mayor es de cien millones de pesos. Martin repasa una y otra vez los números ganadores en su mente. ¡Pa´su mecha, don Cele se lo llevó!… ¡don Cele le pegó al gordo! A pesar de que no es un grito, todo el pueblo despierta. Corren a casa de Martin para saber lo que sucede. Este explica que el lunes vendió el boleto ganador a Don Cele. Todos se preguntan ¿Quién es Celestino?
Disipadas sus dudas. La multitud se dirige a casa de Celestino para celebrar, pero no lo encuentran. Lo esperan por horas, les empieza a preocupar su bienestar. Carlota, viuda de un amigo de Cele, corre a su casa para llamar a los hijos de Celestino buscando encontrarlo ahí. Los ingratos se imaginan lo mejor. Su padre ha muerto !hay que cobrar la herencia! piensan. Carlota hace saber la noticia a la multitud, es oficial, Don Cele está perdido. Refunfuñando, la gente regresa a sus casas ¡Maldito viejo, se fue sin dejarnos ni un centavo!
Antonio, el notario público, no puede dormir pensando en las posibilidades de cobrar el premio aún cuando Celestino hubiera muerto. Revisa una y otra vez el sobre que contiene el testamento. No se atreve a abrirlo, pero la curiosidad es demasiada.
Yo Celestino Castro Bernal encontrándome en pleno uso de mis facultades mentales. Heredo a mis hijos, mi negocio (en caso de que aún subsista) Para que lo administren conjuntamente y saquen adelante.
Conforme a la ley, un cinco por ciento de mis bienes será para el señor notario.
El resto será donado al pueblo que me ha dejado tanto, será repartido equitativamente, para que cada ciudadano tenga algo de mí.
Don Cele
Antonio dice entre dientes. ¡Pinche viejo cabrón, nos hizo ricos! Celebra con mucho ánimo, una idea le llega de repente. ¿Por qué conformarme con el cinco por ciento cuando puedo cambiar el testamento y pedir más?
Apenas el sol aparece en el horizonte, Antonio avisa al Presidente Municipal, Casimiro Buendía, de la situación. Casimiro lee y relee el testamento. Se rasca la cabeza y dice ¿En qué pinche ley dice que el notario público debe llevarse el veinte por ciento de los bienes?!No mames, Antonio, no me quieras ver la cara de pendejo! Ambos discuten un largo rato y llegan a un acuerdo.
Los hijos de Celestino: Marcos y Yahayra, llegan al pueblo en la tarde para cobrar la herencia. Se presentan con Antonio y Casimiro para presionarlos a que se dé formal lectura al testamento lo antes posible. Casimiro los distrae con trámites falsos para hacer tiempo. Antonio da las últimas modificaciones al escrito y busca en la casa y el negocio aquel billete. Por la noche, se lleva a cabo dicho evento:
Yo Celestino Castro Bernal encontrándome en pleno uso de mis facultades mentales. Dejo a mis hijos, mi negocio (en caso de que aún subsista) Para que lo administren conjuntamente y saquen adelante.
Conforme a la ley, un treinta por ciento de mis bienes, será para el señor notario.
Al magnánimo gobierno municipal, que me ha dado tanto, le dejo el sesenta por ciento de dichos bienes para que los administre conforme crea necesario.
El resto será donado al pueblo, para un reparto equitativo, así, cada ciudadano tendrá algo de mí.
Don Cele
Marcos se levanta indignado ¡Hijo de su reputa madre! Yahayra llora amargamente. Casimiro y Antonio sonríen por dentro. Los invitan a que se hospeden en casa de su difunto padre. Marcos pide pasar primero al negocio para inventariar las cosas que hay. Antonio aconseja que se lleven todo lo antes posible, porque no tardan en embargar. Deciden empacar esa noche.
En la madrugada, Casimiro los acompaña a casa de don Celestino. Don Federico fue alguien a quien estimaba mucho, un gran amigo, mi esposa no deja de llorar desde que murió. Fueron las últimas palabras de Casimiro antes de despedirse. Marcos y Yahayra estaban tan molestos, que pasaron por alto el error del nombre. Apenas se fue Casimiro, vacían todo lo que encuentran de valor y huyen para nunca más volver. El presidente municipal se dirige a casa del notario para celebrar. Antonio le da la mala noticia, no encontró el billete por ningún lado. Casimiro esta pensativo: ¡Hay que buscar a Florentino! Lo corrige Antonio, Celestino, señor presidente, Celestino.
Solo tienen una semana para cobrar la recompensa y ya han perdido un día. Organizan una búsqueda exhaustiva de Don Cele pero no encuentran rastro alguno. Acuden con una bruja, apenas dice: Una ballena azul… la toman por loca y se van. Desesperados convocan al pueblo para que den informes. Alguien debió haber visto algo, se repetía Casimiro.
El auditorio del pueblo está repleto, el ambiente es inundado por un olor fétido, miles de moscas revolotean de un lado a otro. A la gente parece no importarle, fingen que no pasa nada. Casimiro explica con detalle la situación. La gente se emociona, todos comienzan a imaginar lo que harán con su parte del dinero. Una mujer le pregunta a su esposo ¿Cuánto es el diez por ciento de cien millones de pesos? El esposo hace cuentas en su mente, sorprendido ¡Un millón de pesos para cada quien, vieja! Las personas cercanas se enloquecen con la noticia que se esparce como pólvora. La pregunta en el aire era ¿Quién es Celestino? ¿Cómo es? Previniendo esta situación, Casimiro les muestra una foto de Celestino. Parece que nadie lo reconoce, hasta que un pequeño de diez años grita: ¡Es él mami, es él! ¡Es el viejito que fue aplastado por la ballena! Toda la gente se sorprende, agachan la mirada y guardan silencio.
Un hombre rompe el silencio con un grito desesperado ¡Estoy hasta la madre de estas moscas! Una mujer le sigue ¡Ya no aguanto la pestilencia en mi casa! Un anciano ¡Me rompí la cadera por culpa de la grasa en la calle! Otro grita al fondo ¡Esa ballena mato a mi hijo! El carnicero ¡Por culpa de la ballena, un oso se comió a mi suegra…! Todos voltean a verlo ¡bueno… no me quejo por el oso, sino por la ballena! Las quejas se multiplican, los ánimos se exaltan. La muchedumbre sale enfurecida hacia el animal.
Al llegar ante los restos de la ballena, ven montones de carne putrefacta, millones de gusanos por todas partes, gaviotas peleándose por pedazos de alimento. Admiran la grotesca escena, pero nadie se atreve a hacer algo. Cesar, el hombre fuerte del pueblo, toma la iniciativa ¡Vamos! bien lo vale por un millón de pesos. Comienza a empujar al mamífero, poco a poco la gente se va animando. Todos unen esfuerzos, desde los más pequeños hasta los más grandes, hombres y mujeres. Pero el animal no se mueve ni un ápice. Mientras toman un descanso, un hombre llama a todos ¿Por qué hacemos esto? ¿Acaso no es obligación del gobierno? Antes que el público reaccione, Casimiro explica que el Gobierno Municipal no tiene presupuesto para eso, pero que lo consultará con el Gobernador del Estado. Todos aplauden a Casimiro.
El gobernador le indica a Casimiro que no es su problema, por lo que lo canaliza con el departamento de medio ambiente. Dicho departamento indica que es obligación del departamento de océanos. Como la ballena ya está muerta, el departamento de océanos no se puede hacer responsable, le corresponde al departamento de arqueología. La ballena aún no es un esqueleto, por lo que es problema del departamento de sanidad. El departamento de sanidad está en huelga. A final de cuentas, Casimiro tiene que arreglar el problema. Pide presupuestos a empresas privadas para deshacerse del animal, los precios son muy altos. Venden los pocos bienes de Celestino pero no alcanzan para nada. Presionados por el tiempo, Casimiro y Antonio deciden hacerlo con sus objetos de valor para pagar. ¡Total, es una inversión! Se dicen para consolarse.
Es la mañana más esperada por todos. Una empresa china llega a primera hora del día para llevarse los restos de la ballena. Se preparan con sierras para destazar al cetáceo, pero Casimiro se opone alegando que dejaran más sucio de lo que ya estaba. Su verdadero miedo era que afectaran el cuerpo de Celestino. Con mala gana, los chinos utilizan poderosas grúas y levantan la ballena. Fue como si hubieran destrozado una piñata. Todos los pueblerinos se abalanzan sobre el cadáver de Don Cele. No les importa destrozarlo buscando aquel billete entre los jirones de ropa que quedaban. Los chinos no prestan mucha atención a aquella carnicería, se llevan al mamífero sin despedirse.
Carlota encuentra en la cartera el billete. Todos se lanzan contra ella para arrancárselo. Se arma una pelea campal. Casimiro tira un disparo al cielo. La gente se dispersa. Recoge el cachito y lo levanta en señal de triunfo. Lo observa detenidamente y pregunta ¿Cuál es el numero ganador? Buscan a Martin pero no está presente. Antonio lo había memorizado muy bien por lo que no le dieron importancia a eso. Los números ganadores son: 2, 9, 0, 7 8 y el adicional 3. El rostro de Casimiro se pone pálido y se desmaya. Antonio corre para ayudarlo. Ve los números y llora. ¡No es el ganador!