En aquel cálido día de abril, siendo las once de la mañana, llegó ese mensaje que confirmaba nuestra cita. Antes de recibirlo, llegue a pensar que los planes se vendrían abajo, una parte de mi lo deseaba, no estaba preparado para verla, aunque, también es cierto que había esperado por mucho tiempo ese momento. Una sonrisa involuntaria se dibujó en mi rostro al confirmarle mi presencia.

El camino se me hizo eterno, así que aproveche para acomodar mis ideas, palabras, pero más importante, mis sentimientos. No me encontraria con cualquier persona, tendría una cita con la mujer más trascendental de mi vida; al recordar aquello, sentí como las piernas se me derretian y mi estómago trabajaba con la misma fuerza de una lavadora industrial. Intentaba convencerme de que únicamente sería un encuentro casual, una charla de dos amigos que tienen tiempo sin verse, engañarme de cierta forma para no sentir tanta presión y calmar los nervios.

Era raro no saber como actuar, que decir, como dirigirme a ella. Al salir de la estación del metro pase por un puesto de flores, por un instante desee comprarle una rosa, sería un obsequio que fungiría como emblema de paz y amistad. Antes de llevar a cabo ese deseo, me di cuenta que no debía hacerlo, primero, porque con dicha flor me le declaré aquella tarde en que nació nuestro amor, y segundo, debía de ser únicamente un encuentro casual, sin cursilerias o falsos mensajes que pudieran malinterpretarse. En el camino me reprendí por esa pésima idea, mi mente empezó a imaginar todos los problemas que podrían desencadenarse por mi acción, suena exagerado pero deseaba que todo fuera perfecto en aquella cita.

Conforme me iba acercando a la puerta de su trabajo, las dudas iban resurgiendo, algo dentro de mi gritaba alarmado: «¡retirada soldado, retirada!» sin embargo, estaba tan cerca que no podía huir, claramente pude escuchar aquel consejo que me dio una amiga hace algunos años: «amigo, tarde o temprano tienes que verla, enfrentarla, darte cuenta que no es aquella mujer perfecta que encumbras en tu corazón…» esas palabras fueron el elixir que me fortalecieron para no huir cobardemente.

La dirección indicada, correspondía a una gran mole de concreto beige, un edificio bello, pequeño, aunque ciertamente imponente. Mientras esperaba que ella saliera, comencé a planear mi estrategia, debía salir ileso, no dañarme con locas fantasías que me destrozaran el corazón. Según el plan, lo primero que haría, sería saludarla fríamente, como se saluda a un colega, mejor dicho, a una persona importante; debía ser un gesto parco pero que demostrará respeto, asimismo, cuando ella me observara, trataría de sonreír ligeramente sin hacerle notar mi enorme alegría. La finalidad de aquella pantomima, era que ella no sospechara de mis verdaderos sentimientos ya que eso podría arruinar mis planes.

Hay un refrán que dice «uno pone, Dios dispone, llega el diablo y todo lo descompone» todo lo planeado se fue al traste cuando ella apareció. Andrea se veía hermosa, fulgurante, brillaba inmensamente cuál estrella en el filmamento, exactamente igual que la ultima vez estuvo en mis brazos. Sin darme tiempo para reaccionar, me dio un largo y prolongado abrazo que me cobijó con su ternura, sinceridad y cariño, ello me generó una gran calma y me reconfortó como nadie lo habia hecho en mucho tiempo, mejor dicho, como solamente ella podía hacerlo.

Me encantó con su dulzura y calidez, fue una sensación similar a la vivida por un soldado que regresa a casa después de una dura batalla; también es cierto que los sentimientos no eran similares, ella estaba alegre por ver a su viejo amigo y yo tenía enmarañadas mis emociones.

Aquello que sentía por ella no era lo correcto, era algo fuera de lugar, pero ¿cómo resistirse a su belleza? al magnetismo que genera con su amabilidad, su personalidad, pero sobre todo a aquella fuerza invisible
que tiene esa sonrisa que siempre porta en el rostro. Con esos poderes me tenía doblegado, rendido por completo a su voluntad y antojo, era una presa fácil postrada a sus pies.

Únicamente contábamos con cincuenta y dos minutos para convivir, era su hora de comida. Desperdiciamos cinco minutos intentando decidir el lugar a donde acudiríamos a comer, así como determinar si era mejor que llevara puestos sus tacones o sus tenis que guardaba en una bolsa.

La segunda decisión no fue la correcta, su andar era inseguro debido a la pésima combinación que hicieron su calzado y la banqueta severamente deteriorada; en cierto momento me tomó del antebrazo para evitar caerse, en ese instante, yo era quien iba a desplomarse, pero no por la misma razón que ella, sino porque esa insignificante caricia me hizo sentir un toque eléctrico que recorrió todo mi cuerpo. No quería aceptarlo en ese momento y aun me duele hacerlo, pero “nunca voy a poder dejar de amar a esa mujer, aun cuando pasen miles de años.”

Había tantas cosas que quería platicar con ella, deseaba contarle todas mis aventuras, hacerle ver que siempre ha estado presente en mis triunfos, en mi corazón y en cada momento de mi vida. Lo único que pude preguntarle fue: ¿Cómo están tus papás?… No es que tuviera desinterés por conocer su bienestar, al contrario, les tengo mucha estima y me dio gusto saber que estaban bien, sin embargo, era poco tiempo el que disponíamos y mi verdadero interés era hablar de ella, conocer sus problemas, sus logros, todo aquello que había vivido sin mí.

Mi abuela siempre decía “las cosas pasan por algo” mi viejita hermosa siempre tiene razón. Entre los dos fluyó una conversación muy amena que en determinado momento me hizo excavar en mi mente para desenterrar algunos recuerdos; otros parecen haberse disipado por completo, por ejemplo, olvide haber asistido a la boda de una de sus primas y el como nos divertimos aquel día. La verdad es que era un recuerdo sin importancia y posiblemente por ello se extravío.

Ambos bailamos una danza de vocablos, palabras y oraciones, fue una hermosa conversación de dos amigos que se reúnen después de algún tiempo para rememorar alegremente ciertos pasajes de sus vidas. Fue durante aquel baile lingüístico que pude darme cuenta de muchas cosas. Hubo un instante en que el dueño de su corazón salió a la palestra, fue un comentario insignificante, pero en su mirada alegre y enamorada encontré
mi paz.

Por primera vez en mucho tiempo me di cuenta que ella no era la mujer perfecta que yo recordaba, no era inaccesible, ni mucho menos era
una diosa inalcanzable, simplemente es un ser humano hermoso, con innumerables cualidades; es sencilla, alegre, sincera, alguien de quien me enamore perdidamente por su elegante sonrisa, su calidez, el amor incondicional que me brindó y extrañamente por ese tono burlón que tiene sabor a mí. Desafortunadamente, ahora ese amor le pertenece a alguien más.

Me sentí culpable por todas aquellas mujeres que intentaron llegar a mi
corazón y que nunca las deje entrar porque las fulminaba haciéndoles saber que nunca serían como ella, las comparaba cruelmente con alguien que no existe, alguien inconmensurable. Cuando Andrea me terminó, olvide lo que era amar sinceramente, me oculte en el cajón del miedo, de la soledad, del dolor y no pude recordar aquello que la hacía realmente especial, el motivo por el cual era impecable en mis recuerdos. Me sentí un poco tonto al darme cuenta que la respuesta era tan sencilla que no la podía ver, “estaba perdidamente enamorado de una mujer que estaba enamorada de mí” algo tan elemental, simple y a la vez tan difícil de encontrar.

El tiempo trascurrió en un abrir y cerrar de ojos, siempre sucede cuando te la estás pasando bien; mientras caminábamos de regreso a su oficina, me di cuenta que atrás había quedado el miedo a salir herido, de sentirme avergonzado por haberme hecho falsas ilusiones o frustrado por no haberle dicho todo aquello que sentía; en cambio, me sentía con los bolsillos llenos de paz y una sonrisa sincera en el rostro y en el alma. Por primera vez no tuve miedo de despedirme, no vino a mi mente el recuerdo de ese fatídico beso que nos dimos en el garaje de su casa, sabiendo que sería el último que nos daríamos en nuestras vidas. No tuve la sensación de sentir que se escurría de mis manos, ni las ganas de rogarle que no se fuera nuevamente.

Esta vez estaba viendo las cosas desde otra perspectiva, no tenía nada que
reprocharle porque ella me amo, me ayudo a crecer como ser humano, se
preocupó por mí, me cuido, me aconsejo, fue una grandiosa compañera de amor. Esos recuerdos son los que van a quedar grabados y suceda lo que suceda, nunca se van a borrar, me acompañarán hasta el último día de mi vida.

Comprendí que no debía de aferrarme al pasado, este se debe dejar atrás, era momento de avanzar. Al despedirnos no había egoísmo para retenerla y aferrarme a ella, así como no habia miedo de perderla, porque en esa apresurada despedida, pude encontrar por fin mi libertad. Le dije con toda la sinceridad de mi alma “¡Adiós Andrea! Deseo que seas muy feliz, ahora y siempre.”

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