Desde niño, siempre he tenido una fascinación por el séptimo arte. Recuerdo que mis padres solían llevarme al “Cinema Lindavista”. Para mí, esa era toda una experiencia. Aquel edificio tenía la estructura de un castillo enorme, mismo que se elevaba por los aires anunciando con letras rojas “Lindavista”. De alguna forma, yo sentía como si estuviera entrando a un lugar mágico de Disney para ver alguna de sus cintas infantiles, como La bella y la bestia (1991) o Aladin (1992). Me fascinaba la compañía de mis padres y mi hermana menor, recuerdo haber disfrutado las películas, como también haber hecho algún berrinche, porque mi padre no me quiso comprar algún juguete alusivo a la película que acabábamos de ver, mismos que eran ofrecidos a los niños, por los vendedores ambulantes que se encontraban afuera del recinto.

Mi tía Yola, también me fomentó ese hermoso gusto. Ella solía llevarme a los “Cinema Ramírez”, para ver las películas mexicanas que se proyectaban por aquel entonces, ya fueran comedia, con personajes como: La india María o Capulina, de terror como “Vacaciones del terror (1989)” animación “Caty, la oruga (1984)”, acción “Octagon y Atlantis: La revancha” (1992), o aquella película, que me dejó una sensación agridulce, con todo y que aún era un niño: “Keiko en peligro” (1989).

También, me encantaban aquellas tardes-noches que pasaba con mis primos mayores: Iris y Carlos. Ellos me compraban un refresco en bolsa, unas Sabritas y diversas golosinas, para posteriormente sentarnos con emoción a ver los estrenos de las películas estadounidenses, que se transmitían en el canal cinco: Si no mal recuerdo, llegamos a ver: “Volver al futuro (1985), Terminator (1984), Top Gun (1986), entre muchas otras”.

Aunque también, hay que decirlo, me tocaba sufrir cuando tenía que ver con Iris, por enésima vez, las películas: “Fiebre de Amor” (1985) y “Ya nunca más” (1984), ambas teniendo como protagonista a “Luis Miguel”, quien es el artista favorito de mi prima. Aunque también, no puedo dejar de agradecerle, cuando ella consiguió en formato VHS, las películas “Devuélveme a mi chica (1987) y Suéltate el pelo (1988)”, que habían sido protagonizadas por mi banda de rock favorita, los “Hombres G”.    

Sin embargo, a pesar de todos esos bellos recuerdos, la verdadera influencia cinematográfica que repercutió enormemente en mi vida y quien me hizo amar al séptimo arte, fue mi abuela paterna, “Alicia”. Ella no era una persona con estudios, aun así, era muy culta. Sus conocimientos provenían de los libros que devoró por su placer a la lectura y por todas las cintas que vio a lo largo de su vida.

Todas las tardes en que la visitaba, solía encontrarla sentada en el mismo lugar, de su viejo sillón. Sus manos, casi siempre se encontraban tejiendo alguna chambrita para alguno de sus nietos. Me asombraba como es que estas hacían su tarea de manera automática, casi robótica, sin necesidad de que ella le diera un vistazo a lo que hacía, aun así, rara vez se equivocaba. Su atención iba dirigida al televisor, el cual, solía estar sintonizado en el canal denominado: “De película” donde solamente se transmitían películas mexicanas durante todo el día.

 Al verme llegar, me daba la bienvenida con esa hermosa sonrisa que me brindaba una calidez en el alma. Me invitaba a sentarme a su lado para compartir la cinta que veía. Con pocas palabras, sabía darte un resumen de la historia hasta el momento en que comenzabas a verla, para que no te perdieras algún detalle. Esos fueron los mejores momentos de mi vida como cinéfilo.

Mi abuelita Alicia, era la mejor crítica de cine que he conocido. Era capaz de darte la sinopsis de una película, de modo tal, que deseabas ver lo más pronto posible dicha cinta. Ella no contaba con un lenguaje técnico en cine, pero te sabía hablar de directores mexicanos, tal vez no sabía con certeza cuál era su trabajo, pero te explicaba perfectamente las influencias que estos tenían con respecto a los directores españoles que habían arribado a México. Llegó a decirme lo maravillosa que era la fotografía en las películas del Indio Fernández, por ende, sabía del trabajo del maestro Figueroa.    

También sabía muchas cosas de los actores y actrices, te podía hablar, casi de memoria, de sus trabajos en cintas diversas a la que estuviéramos viendo. Daba sus razones fundamentadas sobre si habían interpretado debidamente su papel o cual había sido su actuación más destacada. También, llegaba a contarte algún chisme de la farándula, platicarte un poco de sus vidas fuera del plato de filmación o explicarte alguna conspiración como la muerte de “Pedro Infante”.

Su carta de conocimientos más fuerte, era hablar de las adaptaciones cinematográficas. Su criterio era exacto, ya que, por lo regular, había leído el libro y visto la película. Ella nunca discriminó, no recuerdo haberla escuchado decir que el libro era mejor, porque sabía perfectamente de las limitaciones que tenían los filmes. En cambio, te hablaba de las diferencias y como es que las películas se las habían arreglado para hacer un buen trabajo.

Con ella podía estar sentado en ese viejo sillón por horas. La botana con la que solíamos disfrutar las películas, consistía en trozos de manzana y un poco de agua de sabor. Veíamos una cinta tras otra, pasábamos de un drama como “Nosotros los pobres” (1948) a un western “Las pistolas del odio” (1969) o posiblemente una comedia “Ahí está el detalle” (1940), lo que transmitieran daba igual, con su sola compañía me sentía feliz, pleno y dichoso.

A lo largo de las cintas, mi abuelita me contaba muchas anécdotas. Ella pudo disfrutar de la época de oro del cine mexicano, por lo que me compartía, un poco de aquello que la había impactado en esos tiempos, las canciones que le gustaban, los actores y actrices que admiraba por su gran trabajo o me confesaba cuales eran los actores que le eran atractivos.

Aunque, lo mejor era escuchar aquellas historias que tenían que ver con la familia. Le daba mucha risa como mis tíos se peleaban por tener en primer lugar, las fotos de sus hijos en un mueble de su casa. Ella decía que se parecían a los “Tres García” (1946), aquello me causaba mucha gracia porque tenía razón y porque mi abuelita se parecía mucho a “Sarita García”. De hecho, he de confesar que siempre pensé que me pasaría lo mismo que al personaje de “Pedro Infante”, en la secuela de esa película, cuando muere su abuela.

Su conocimiento no solamente se limitaba al cine mexicano, también le gustaba el cine mundial, aunque no le dedicaba el mismo tiempo y entrega que al mexicano. Ella no tenía un género de preferencia, por ello, me recomendaba todo tipo de películas. Igual me sugería ver “Hasta el viento tiene miedo” (1968), una excelente película de terror, el “Revoltoso” (1951), porque era la película de comedia favorita de mis tíos, o “La sombra del caudillo” (1960), para comprender un poco acerca de la revolución mexicana.

Algo que siempre admire de mi abuelita, fueron sus valores, mismos que nos inculcó a toda su familia. Ella nos enseñó que debíamos de ser personas de bien. Posiblemente, por eso sentía cierta fascinación por películas como: “Cuando los hijos se van” (1969) “Una familia de tantas” (1949) “Acá las tortas” (1951). No sé si todas esas cintas influyeron a que ella fuera una persona tan extraordinaria como fue, a que tuviera la entrega y devoción que siempre tuvo con toda la familia. En verdad, ella era todo un personaje, por ello es que cuando veo ese tipo de cintas, de alguna forma la encuentro, aunque con otro rostro y cuerpo, pero es su misma esencia.

Una tarde llegué a su casa, la encontré sentada, como siempre, en el viejo sillón. Aquel día, ella no tejía como solía hacer, ahora sus manos estaban entrelazadas mientras miraba atenta la televisión. Me invitó a sentarme, estaban transmitiendo la película “Padre Nuestro” (1953), la misma tenía poco de haber iniciado. La cinta era muy bella, aunque se me hizo raro que mi abuelita aquella tarde no hubiera hecho muchos comentarios. Solamente me dijo que le asombraba la actuación de “Carlos López Moctezuma”, como bueno, ya que siempre había destacado en sus papeles como villano.

Una vez que terminó la película, mi abuelita Alicia me confesó que esa era precisamente su película favorita. Apagó el televisor y me dijo que esa tarde se sentía cansada, que la disculpara.

Nunca imaginé que esa sería precisamente la última tarde en que vería una película en aquel viejo sillón. Mucho menos, que esa sería la última cinta que vería a su lado. De haberlo sabido, posiblemente evitaría a toda costa que la misma terminara o de menos, la hubiera abrazado fuerte para agradecerle todo el tiempo que pasamos juntos. Ese televisor no se volvió a encender para mí, la magia que nos transmitió en aquellas tardes, se fue con ella. No volví a tener una compañera de cine similar, que me hiciera sentir la misma emoción.

Tiempo después, comprendí que era egoísta quedarme con todo el conocimiento que ella me dio. Debía compartir con alguien aquella magia que desbordábamos los dos juntos. Posiblemente, por eso tome la consigna de ser ahora el portador de esa magia e iluminar a los demás. Por eso, cada vez que escribo un cuento, veo una buena película, escribo una crítica cinematográfica o simplemente estudio algo de cine, se dibuja una sonrisa en mi rostro, porque sé, que donde quiera que ella este, sabe que lo hago para ella.      

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