NO DEJES QUE SE APAGUE LA VELA.

Esto sucedió en mil novecientos sesenta y tres, en las calles del Centro de la Ciudad de México. Un joven de aproximadamente diecisiete años, vino de Michoacan a la ciudad, en busca de trabajo, le habían dicho que se presentara en un restaurante que estaba solicitando meseros, la paga no era buena pero era lo unico que había encontrado desde que llego. Necesitaba solventar algunos gastos ya que sus ahorros pronto se acabarían. No deseaba regresar a su pueblo con las manos vacias, había prometido a sus padres ayudarlos económicamente ya que la situación allá se estaba poniendo difícil.

Él no conocía mucho la ciudad, así que en la búsqueda del restaurante, se perdió en las calles del centro histórico. Estaba desesperado, intentaba acercarse a alguien para preguntarle pero era como si nadie le hiciera caso, todo el mundo parecía tener prisa. En una calle ciertamente sola, se detuvo a observar su reloj, eran las tres de la tarde, llevaba media hora de retraso, seguramente no lo contratarían. Se sentó un momento en la banqueta para descansar, tenía los pies hinchados de tanto caminar , estaba frustrado por no ser capaz de encontrar una dirección.

Al levantar su mirada, vio a una mujer que vestía toda de negro, caminaba con dificultad como hace una persona mayor o tal vez lo hacía así por el cansancio; en su mano derecha llevaba un farolito de metal y vidrio, quien resguardaba una vela blanca prendida. Al chico se le hizo rara la escena y no habría puesto mas atención si la mujer no se hubiera tropezado. El muchacho corrió para ayudarla, la mujer estaba más preocupada por el farol, que por las heridas que pudo haber sufrido por el golpe. Cuando vio que la vela seguía prendida, suspiro aliviada.

Era una mujer de aproximadamente treinta y cinco años o cuarenta, hermosa, ojos azules, cabello dorado; parecía enferma, estaba palida, agitada y con unas ojeras muy marcadas. Ella agradeció al muchacho, quien estaba exhorto ante la belleza de la mujer; la dama se sacudió el polvo y decidió seguir su camino.

Inexplicablemente el chico la detuvo, le sugirió que descansara un poco antes de proseguir a su destino, la mujer todo el tiempo escondió su rostro, como apenada por el interés tan repentino de aquel caballero, le dijo «no puedo, me urge llevar esto a la iglesia» dijo señalando con la mirada el farolito «debo de hacerlo antes de que se apague la vela».

El chico por alguna extraña razón no podía dejar de observarla, estaba embelesado con su belleza, sin pensarlo, dijo «¡no te preocupes! descansa un rato, si tanto te urge, yo llevo tu encargo, solamente dime donde hay que dejarlo» la mujer sonrió, dijo casi susurrando «¿estás seguro? Te podrías meter en muchos problemas» la dama negó con la cabeza, avanzó unos pasos y le dijo «lo mejor es que siga mi camino, ya no falta mucho y estoy acostumbrada a caminar sin parar» el joven no se quiso dar por vencido tan fácil, había algo en aquella fémina que lo atraía, apesar de la diferencia de edad.

La alcanzó en dos pasos, volviendole a reiterar su ayuda. Sintió pena cuando se percató que la mujer calzaba unas sandalias de cuero en pésimo estado, estaban hechas girones, y sus pies se veían maltratados, posiblemente ello hizo que él se sintiera mas comprometido para ayudarla.

El muchacho por impulso la tomó de la mano, la cual estaba fría, casi helada; en ese momento no le dio importancia a esa situación, con voz amable le propuso a la chica «¿que te parece si llevo la vela, mientras tu descansas un poco en un parque que vi por aquí y posteriormente vamos por un helado?»

La dama agradeció el gesto, dibujó en su rostro una sonrisa macabra, aunque el chico no le dio importancia a ello. Él no podía entender su atrevimiento, nunca había sido tan osado con las mujeres y menos con una que le doblabá, casi, la edad.

Ella le dio las indicaciones necesarias para llegar a la iglesia donde debía de acudir, el muchacho no esperaba que estuviera tan retirado el lugar pero no se podía retractar. La mujer le entregó con mucho cuidado el farolito, como si éste se fuera a romper con el más mínimo movimiento; al tomarlo, el joven sintió un escalofrío por todo su cuerpo, algo le advirtió del peligro, sin embargo, le dio pena arrepentirse.

La mujer le dijo firmemente, casi ordenandole «debes dejar la vela unicamente en el altar del cristo negro» le recalcó «unicamente en el altar del cristo negro, si no lo conoces, pregunta, cualquiera te puede decir cual es, no la vayas a dejar en otro santo o virgen» el muchacho se molestó un poco por el tono de la mujer, aunque finalmente él se había ofrecido, asi que respondió que no había problema, que la vería en el parque, ella lo interrumpió y le dijo que no, cuando se recuperará del cansancio lo alcanzaría en la iglesia.

Al joven le pareció algo normal, era lógico que la mujer acudiera personalmente para pedir por su milagro y rezar sus oraciones o algo así. Alcanzó a dar dos pasos cuando la mujer lo detuvo por la espalda, casi susurrandole al oído, le dijo «por ningún motivo debe de apagarse o acabarse la vela. ¡Date prisa¡ porque si eso sucede, tu alma será mia» la mujer soltó una fuerte carcajada. Al voltear, el chico sintió que el corazón se le iba a salir abruptamente al ver la macabra imagen.

La bella mujer ahora era una anciana, no tenía ojos, aquel espacio estaba ocupado por unas negras cuencas que daban el aspecto de mirar a un vacío profundo, tenía unos cuantos dientes podridos, su escaso cabello era blanco, sucio y descuidado. Expelia un olor nauseabundo, su ropa era vieja, en evidente estado de putrefacción. Aun así, lo que mas lo asustó es qué la mujer flotaba medio metro por encima del suelo.

El chico cayó al suelo con la revelación, corrió con fuerza, a sus espaldas podía escuchar la carcajada de esa mujer. En su escape agitó con fuerza el farolito, sin darse cuenta de su negligencia hasta que llegó a un callejón. Suspiró aliviado al ver que la vela seguía encendida pero esta había disminuido considerablemente. Se preocupó, no sabía que hacer, desconocía la ciudad y tenía miedo de encontrarse de nuevo con aquella dama.

Pensó en dejar el farolito en ese lugar, lo escondió debajo de una camioneta, intentó huir pero algo en su interior se lo impidió. Finalmente, decidió cumplir en cierta forma su encomieda, dejaría la vela en la primer iglesia que encontrará en su trayecto.

Caminó largo tiempo por las calles del centro historico buscando una iglesia, encontró muchas, sin embargo, todas estaban cerradas por alguna extraña razón. Le preocupaba el hecho de que la vela estuviera a punto de extinguirse, la flama era muy débil. Intentó acercarse a la gente para preguntar por la iglesia a la que originalmente debía de acudir, nadie le prestaba atención, esta vez todos se alejaban de él como si fuera alguien peligroso.

El joven estaba desesperado, gritando a media calle para que alguien le indicará donde estaba la iglesia que buscaba. Una ancianita tierna se le acercó y le dijo «camine tres cuadras y doble a la izquierda, ahí la encontrará» el chico le agradeció, a lo que la viejita le dijo «no se preocupe, yo también voy para allá, si gusta lo acompaño, aunque aún falta tiempo para que inicie la misa» el muchacho se disculpó «¡lo siento, llevo prisa! debo dejar esta vela antes de que se apague«. Al mostrarle el farolito a la ancianita, sintió como su alma se desprendió de su cuerpo por un instante. La vela se habia apagado, aunado a que apenas quedaban tres milimetros de esta.

El muchacho corrió a la iglesia como alma que lleva el diablo. Avanzó rápidamente aun cuando sus piernas parecían no responder acorde a la situación. Fueron tres cuadras, para él fue una eternidad. Afortunadamente, la iglesia estaba abierta, entró sin verificar si era la correcta.

Adentro de la iglesia, se acercó al primer altar que encontró, sacó la vela e intentó encenderla con el fuego de las demas. Era una tarea que se torno casi imposible, por lo que se desesperó, empezó a gritar por la impotencia, al ver como estaba apagando todas las velas con las que intentaba prender la suya.

La gente presente se incomodó con la situación, le lanzaron miradas incriminadoras para hacerle ver su falta. Una señora le pidió que guardara respeto ya que había personas orando, asi como le señaló lo irrespetuoso que era apagar las velas de los altares. El joven le respondió a la dama con una groseria, la situación estaba a punto de salirse de control hasta que una mano se posó en el hombro del muchacho, quien al girarse y ver al párroco de la iglesia, sintió un gran alivió.

«¡Tengo que prender esta vela, padre! ¡Ayudeme!» fueron las primeras palabras que el muchacho pudo decirle al párroco, quien analizó con detenimiento la diminuta vela. De una bolsa de su sotana sacó una nueva, la encendió y se la dio al muchacho «¡toma! Esa vela que tienes ya no va a encender, tiene muy poca cera y el pábilo está casi en cenizas, será imposible encenderla«

El chico miró al padre estupefacto, e inmediatamente se quebró en llanto «¡usted no entiende, padre! Debo de encender esta vela o mi alma estará condenada» Al párroco le pareció exagerada esa frase pero se le hizo normal. Las personas que acuden a la iglesia suelen ir destrozados emocionalmente en busca de fe, aunque a veces, por lo mismo actuaban de forma extraña.

El sacerdote tomó la nueva vela, vacío un poco de cera fundida en la pequeña, para inmediatamente pegarlas. Ambas velas se unieron, en forma rara pero finalmente quedó una vela. El muchacho estaba asombrado, miró contento al padre, algo incrédulo, preguntó «¿esto se puede?» El padre sonrió, casi susurrando, dijo «no creo que a Dios le importe mucho, lo que vale es la fe

El muchacho se paró rapidamente, agradeció al padre y dejó la vela en un nicho, vio con detenimiento al santo que ahí yacía, quitó la vela y fue deambulando por la iglesia, dejando y quitando la misma de todos los altares. El párroco lo veía con curiosidad, se volvió a acercar a él y le preguntó «¿qué sucede hijo, no encuentras en quién depositar tu fe?«

El muchacho se desmoronó, lloró como un niño, el párroco lo reconfortó con pequeñas palmaditas en la espalda, cuando se calmó, le preguntó «¿qué es lo que te tiene tan intranquilo?» el muchacho se secó las lágrimas con su ropa y como pudo le contó al padre todo lo que le habia sucedido con aquella extraña mujer.

El padre luego de escuchar toda su aventura, le explicó que esas eran almas en pena que quedaron atrapadas en este mundo por no haber cumplido con alguna manda. Para tranquilizarlo le contó una historia que solía contarle su abuelita.

Era la historia de un hombre que viajaba en una peregrinación a la Villa; en el trayecto, vio a una anciana intentar arrastrar un pesado baúl. El joven le preguntó a dónde lo llevaba y ella le dijo que tenía que trasladarlo hasta el altar de la virgen de Guadalupe. El joven al ver tan angustiada a la viejita, se ofreció a llevar el baúl, posteriormente se pusieron de acuerdo en un punto de encuentro para entregarselo. El hombre llegó a la Basilica y buscó por todos lados a la mujer pero nunca la encontró. Un obispo se acercó al joven para preguntarle que sucedía, él le contó lo que había pasado; el obispo movió la cabeza y le explicó lo mismo. «Son almas que no cumplieron con una encomienda» como el hombre no estaba del todo convencido, el obispo lo convenció para que abrieran el baúl, al hacerlo se dieron cuenta que este contenía huesos humanos. Probablemente de la anciana a la cual habia ayudado aquel joven.

Al terminar la historia, el párroco le indicó al joven donde estaba el altar del cristo negro, lo palmeo en la espalda y le dijo «¡no te preocupes¡ ya va a empezar la misa, ahí pediremos por su alma para que pueda descansar y tu estés mas tranquilo» el joven agradeció al padre, su semblante era distinto, intentó pagarle al párroco por la vela pero este se negó.

El párroco oficializó la misa y pidió por el alma de aquella mujer, todo iba normal hasta el momento en que levantó el cadiz que contiene la sangre de Cristo, por un instante pudo ver a una mujer vestida de negro que flotaba de un lado a otro afuera de la iglesia, mientras se burlaba del padre. El sacerdote solamente rezó con más fe, esperando que aquello no se acercará a la iglesia.

Una vez finalizada la misa, pidió al joven que lo esperará. No le contó lo que había visto desde el altar, para no sugestionarlo, solamente le entregó un pequeño rosario «mira hijo, este rosario me lo regaló mi madre cuando entre al seminario. Siempre me ha acompañado en momentos difíciles, asi que te lo voy a dar para que te proteja» el chico se angustió, el párroco agregó algo para no preocuparlo «es para que encuentres trabajo pronto» el muchacho se negó a aceptar el regalo, no podía recibir algo que era tan importante para el sacerdote.

El párroco le insistió hasta que finalmente el muchacho aceptó, agradeció el gesto «¡muchas gracias padre! Espero algún día pagarle por todo lo que me ha ayudado el día de hoy» ambos se despidieron afuera de la iglesia y tomaron su camino.

Ya que había terminado de oficializar sus misas, el párroco acudió a la panadería mas cercana para comprar un pan dulce, su debilidad. Ahí, se enteró por una feligresa que a dos calles de la iglesia habían matado a un joven, lo intentaron asaltar, se resistió y lo acuchillaron. La mujer le dio la descripción del muchacho. Era el joven al cual le había regalado su rosario.

El sacerdote pasó por el lugar donde habían matado al joven, rezó una oración por su alma. Al levantar la mirada pudo ver claramente la silueta de una mujer vestida de negro, iba flotando y giró en la esquina para perderse en la oscuridad.

El padre se sintió muy mal, no pudo dormir esa noche pensando en que no se había esforzado lo suficiente para salvar el alma de aquel joven. Se recriminaba el no haber estado mas preparado para aquella situación, se sentía mal por pensar que con aquel rosario bastaba, dudo por algún momento si era buen sacerdote.

A la mañana siguiente, al caminar por los pasillos de la iglesia algo llamó su atención. En el altar del cristo negro, estaba un pequeño farolito negro, y adentro de esté se encontraba el rosario que le había regalado al muchacho.

ELLA ES MI NOVIA.

Muchas personas me han dicho que no tengo la edad suficiente para comprender lo que realmente es el amor, sin embargo, al pedirles que me den una explicación sobre lo que es, alegan que es algo complejo que un niño no puede entender, que lo mejor es que disfrute de mi juventud y no me torture con esos temas; otros dicen que lo que siento solamente son boberías o tal vez lombrices en el estómago, no puedo estar enamorado porque no he madurado aún.

Me da un poco de miedo imaginar que tengo una lombriz en el estómago que se emociona y mueve violentamente cada vez que veo a María, sobre todo por aquella película en donde a una mujer le brotaba un gusano con dientes del cuerpo, matándola al instante. Después me pongo a pensar y me doy cuenta que solamente me quieren asustar, lo que siento es algo diferente, algo tan agradable como las cosquillas que se sienten al comer aquellos dulces que explotan en la lengua, o tan emocionante como ganar con mi bicicleta una carrera en el parque, o puede que sea tan fantástico como tocar el timbre de los vecinos sin que me vean, aunque siendo sinceros, siento algo más profundo cuando estoy cerca de ella.

Desde que tengo memoria, ella siempre ha estado ahí, es mi vecina y aquí entre nos, mi novia, aunque ella no lo sabe, porque de saberlo seguramente terminaríamos. Cada vez que la veo me siento un poco tonto ya que rio sin algún motivo y pongo cara de lelo; ella es una niña hermosa, con un cabello largo, negro y con olor a chicle que me vuelve loco. Todo el mundo sabe lo que siento, menos ella, nunca he tenido el valor o, mejor dicho, ni siquiera sé qué tengo que hacer.

Les pregunté a mis amigos con experiencia qué debía de hacer, dijeron que debía acercarme, decirle que fuera mi novia y besarla en la boca, así como en las películas; sonaba fácil, pero era muy arriesgado y pensándolo bien ellos no lo habían hecho antes, por lo decidí recurrir a alguien experimentado. Mi primo Carlos, me dijo que debía de fajármela para tenerla loca por mí, aunque no me quiso decir que significaba fajar porque era algo que debía de averiguar yo mismo. Observe detenidamente como es que se comportaba con su novia Dafne, para ver si así me podía dar una idea, pero creo que no funcionó. El otro día, cuando mi mamá me envió por las tortillas para la comida, vi a María en la tienda, antes de hablarle, me peine, sumí la panza y hable con una voz más gruesa, como hace mi primo cuando esta con su novia, lo único que logre es que ella me dijera que hablaba chistoso y se burlara de mí.

Por otro lado, mi prima Iris, me dijo que no debía de hacerle caso a mi primo, que era un tonto; lo que debía de hacer era conquistarla, decirle cosas bonitas, regalarle algo y pedirle que fuera mi novia. El primer fracaso se dio en el patio de la unidad habitacional donde vivimos. Cuando me acerqué para regalarle una paleta, ella solamente me dio las gracias y se fue corriendo sin darme tiempo para decirle algo, aunque no sabía que decirle; el segundo, fue cuando le dije que tenía bonitos… zapatos, ella me vio de forma extraña dado que traía sus… tenis… viejos, estaban sucios y creo que me había dicho antes que los odiaba.

Finalmente, en mi último viaje a Veracruz, sin que nadie se diera cuenta le compré una cajita de madera que contenía una tortuga, del mismo material, que movía la cabeza impulsada por un resorte. En una tapa tenía una calcomanía que decía: “Recuerdo de Veracruz”, le quite la etiqueta y escribí con pluma azul “¿quieres ser mi novia?”. Pensaba darle el regalo en la escuela, sería en el recreo, sin embargo, ese día se me cayó de mi mochila la cajita y no tuve nada que regalarle, ni el valor para decirle aquellas palabras que había escrito en el presente y que me ahorrarían la vergüenza.

Muchas veces imagino como puede ser besarla, estoy casi seguro que su boca tiene sabor a fresa, así como las paletas tutsi pop. Cada que pruebo una, me imagino que son sus labios, aunque eso a veces genera conflictos con mi madre, ya que me regaña porque termino con toda la boca llena de dulce, dice que parezco «marrano» y que ya estoy grande para hacer esas porquerías. Le pregunte a mi prima Paola, que se sentía besar a alguien y me dijo que era algo así como tomar agua de un vaso repleto; es un movimiento delicado pero rápido. No entendí a lo que se refería, dijo que era algo muy importante para las mujeres. Si el hombre sabía besar bien, significaba que era un buen novio, por lo que me sugirió que practicara besando mi brazo antes de intentarlo con María. Lo peor de todo es que mi padre me encontró practicando, puso cara de sorpresa y al preguntarme que estaba haciendo, le dije que sentía que la piel me quemaba por lo que estaba refrescándola con saliva, solamente me dijo que era raro y se fue.

Amar a María no es fácil, y mucho menos si todos saben lo que sientes por ella, mi primo Hansel, me chantajea para que haga lo que él quiere o de lo contrario correrá a contarle a María que ando diciendo que es mi novia, o que la quiero o lo que me causaba más temor… que le diría que fuera su novia, por lo que me quedaría sin nada. Tampoco faltan las burlas por parte de mis familiares o los comentarios incómodos cuando esta la familia de ella cerca, ya que son grandes amigos de mis padres, de hecho, a veces me da miedo que el papá de María me reclame por querer andar con su hija.

He intentado muchas formas para acercarme a María, la he molestado cuando estamos juntos, me he burlado de ella, hemos jugado juntos, sin embargo, no encuentro la forma de pedirle que sea mi novia. Aunque también no tengo idea de lo que hacen los novios, solamente he visto que andan juntos para todos lados y no me imagino a nosotros dos juntos diario;, ya sea jugando fútbol contra los vecinos a los que considero mis enemigos mortales, jugando videojuegos en mi casa, fingiendo que somos dos rockeros en medio de un concierto, o peleando como lo hacen los caballeros del zodiaco en la televisión. Me encantaría poder hacerlo, pero creo que ella hace cosas de niñas, aunque no sé bien qué hacen las niñas, ni mucho menos me imaginó jugando a las muñecas con ella o leyendo revistas de adolescentes.

A veces siento que el único que comprende perfectamente mis sentimientos es David Summers, él verdaderamente es un gurú del amor, por ello, diario escucho sus canciones, tratando de encontrar las palabras precisas para declararle mi amor a esa niña. Han de odiarme los vecinos cuando pongo la canción “Te quiero” a todo volumen buscando que, aunque sea por casualidad, María la escuche y sepa que se la estoy dedicando a ella, que es la princesa de mi vídeojuego y al igual que Mario Bros, haría cualquier cosa para ganarme un beso de ella. Ya sea dejar de comer Crack Ups, ir a misa los domingos con mi abuelita o acompañar a mi papá todo un año a su trabajo o dejar de ver televisión por una semana. Mientras más pasa el tiempo, veo imposible que eso pase.

El otro día, me estaba platicado su primo Pedro, que María le había dicho que le gustaban los chicos mayores, de hecho, estaba enamorada de un chico de quince años, es hermano de una de sus amigas. Posiblemente él sea mayor, pero no es tan genial como yo, no creo que él sea capaz de meter cinco goles en un partido, pueda hacer el truco del columpio con su yoyo, haya visto una rana muerta sin que le den ganas de vomitar, o haya ganado veinticinco tazos en un día; así que no entiendo que le puede ver ella a un chico así. Solamente tiene tres años más que yo, es más alto, se ve más rudo, pero nada más. Posiblemente ella no sabe bien lo que se está perdiendo, mi madre, mis abuelitas y mis tías, dicen que soy muy guapo y que al crecer, las chicas andarán de locas tras de mí. Mi tío dijo que soy fuerte y que podría ser un futbolista profesional; mi maestra dice que soy inteligente, aunque un tanto flojo, pero si me apuro puedo ser veterinario, como siempre he querido ser y como seré.

Mi abuelita Alicia, siempre me ha dicho que si rezó por las noches, Dios me puede escuchar y ayudarme en cualquier problema que tenga. Es un poco difícil creer que él pueda atenderme siendo que son muchas las personas las que le piden algo a diario, sin embargo, son tiempos difíciles y cualquier ayuda es bien recibida. Debo confesar que lo he hecho, porque mañana es la primera comunión de María, así que el Señor la tendrá cerca y podrá susurrarle al oído, cuando ella este en la iglesia, que la quiero y soy el indicado; no conforme con ello, me dará el valor para decírselo, pedirle que sea mi novia y besarla. Por ello, es que dormiré pensando en el gran día que me espera mañana, cuando por fin, María sea mi novia y ella en verdad lo sepa.

EL VIAJERO DEL TIEMPO

Tránsito en espiral, Remedios Varo, 1962

Luis despertó aquella mañana del veinte de agosto con una extraña sensación. No se trataba de algún achaque físico, era más bien una emoción indescriptible e inesperada la que lo acongojaba, como si su cuerpo le estuviera advirtiendo que algo terrible estaba por suceder, sin embargo, aquella alarma no le señalaba claramente de que debía cuidarse. Observó con detenimiento cada rincón de la habitación intentando hallar la causa de ese mal; todo parecía en orden, no había algo peligroso alrededor, rápidamente revisó su celular para verificar que no hubiese algún mensaje fatal o alguna notificación en sus redes sociales donde le informaran alguna desgracia. Para su buena fortuna no encontró algo fuera de lo normal. Liberó una sonrisa nerviosa, meditó un poco el asunto y decidió que aquello era algo sin importancia por lo que continuo con su día.

Mientras esperaba el desayuno volvió a ser invadido por aquella extraña sensación, quiso decírselo a su esposa, pero al intentar estructurar la situación y explicarle, se sintió un poco tonto y no quiso distraerla en su preparativo dominguero, finalmente decidió guardar silencio y devorar con singular alegría los chilaquiles verdes que le habían sido preparados con tanto amor. “Si aquella grasa y picor es la fuente de mi inquietud, con gusto reto al peligro todos los domingos” pensó, intentando disminuir la tensión que le había generado aquella inquietud.

Se extrañó un poco al llegar a la parada del camión y ver una multitud formada, aunque no le dio demasiada importancia al asunto. Fue mientras viajaba cuando de nuevo fue asaltado por aquella sensación de peligro, en su mente se proyectaron las diversas amenazas a las que se encontraba expuesto en ese instante: podía ser atracado con excesiva violencia por algunos delincuentes juveniles, hallarse en medio de una balacera producto de algún altercado automovilístico, el camión podría impactarse o simplemente podría haber un terremoto y ser aplastado por algún edificio colindante. La angustia lo sofocó, le provocó unas terribles nauseas o posiblemente era la gastritis que había resurgido debido al excesivo picor de aquellos chilaquiles verdes que tanto le habían gustado. Afortunadamente, el único peligro al que se vio expuesto fue un pisotón que le dio una señora con sus tacones de aguja mientras intentaban descender del autobús.

Con cierto temor y recelo caminó a su negocio intentando evitar a toda costa cualquier tipo de conflicto o situación que lo dejará vulnerable; hasta ese día, nunca había reflexionado acerca de todos los peligros a los que se encuentra expuesto su negocio en aquella colonia: robos, temblores, inundaciones, tormentas eléctricas y porque no hasta una nevada; cualquier cosa podía pasar en aquel momento aun cuando el día fuese soleado. Al abrir la cortina de acero de su establecimiento, olvidó por completo su angustia y se puso en marcha para preparar todo lo necesario para el inicio de labores, por unas horas, aquel presagio pareció haber quedado en el olvido.

El noble arte culinario acapara en su totalidad la concentración de Luis, ya que pone especial esmero, dedicación y amor en cada platillo que prepara en su restaurante, se puede decir que cada alimento lleva consigo un poco de su alma; por ello es que se vio sorprendido al momento en que aquella sensación se infiltró en su palacio de paz mental. Aquello inicio siendo una breve punzada en su cuello, convirtiéndose en un escalofrió que al recorrer su piel fue enchinando cada parte de su cuerpo, desde la cabeza hasta el dedo gordo de sus pies. El aire era denso, el calor asfixiante, una agobiante desesperación se apoderó de él, a tal grado que tuvo que salir corriendo de su local para tomar aire. Las manos le temblaban, su frente estaba empapada en sudor, algo en su interior le exigía huir de ahí, pero ¿A dónde? y sobre todo ¿por qué?


Quiso llamar a alguien por teléfono clamando ayuda, pero inmediatamente se detuvo, ¿a quien llamar? y ¿qué diablos le iba a decir? Claramente sentía que estaba expuesto a algún peligro, pero no había realmente una amenaza a su alrededor. Dos cosas llamaron su atención en la pantalla del móvil: la primera, era un mensaje, el cual abrió con cierto temor. Era su esposa quien le preguntaba donde había dejado la tarjeta de crédito, ya que requería hacer unas compras para el negocio. No respondió el mensaje, ya que se quedó mirando fijamente la hora, eran las cuatro de la tarde, levantó la mirada y volteó a todas partes, su reloj biológico parecía anteponerse al digital, por un momento pensó “¡no parece que sean las cuatro de la tarde!” Algo parecía no cuadrar, no solamente en la hora, sino en todo el contexto en que se encontraba inmerso, aquella inquietud estaba rebasando por completo toda lógica, aunque por fin tuvo una sospecha de lo que andaba mal, tomó un poco de aire y se adentró en su restaurante ignorando nuevamente aquella invasora sensación.


Su concentración estaba plenamente enfocada en la elaboración de unas enchiladas estilo Chilpancingo, un platillo de su creación y del cual guarda celosamente la receta, ya que le ha traído mucho éxito a su negocio. Una voz áspera y seca se anidó en la cocina, era un sonido familiar, no dudó un instante en ir a buscar al emisor. Era don Jacinto, un octogenario oriundo de Guerrero, es un cliente frecuente que no desaprovecha la oportunidad para deleitarse con el menú que preparaba Luis ya que el mismo viejo siempre menciona que ello lo ayuda a recordar su infancia en su pueblo. El anciano recibió a Luis con un cálido abrazo, en verdad le daba gusto ver a su chef favorito, aunque inmediatamente le comentó “¡Que raro verlo por aquí hoy!” Luis se desconcertó un poco con el comentario, el viejo al ver su desconcierto se sintió un poco apenado por lo imprudente de sus palabras por lo que cambio de tema “!Don Luigi!, ¿que nos tiene preparado para el día de hoy?” Sin tomar mucha importancia Luis le explicó el menú y le describió perfectamente cada platillo que se contenía en el mismo.


Aquel comentario insignificante de don Jacinto volvió a encender la hoguera de aquel sentimiento ajeno, al principio fue algo equivalente al sonido que genera una aguja al impactar con el suelo para convertirse rápidamente en algo tan impactante como el ruido que emana de la turbina de un avión. El tic tac de un reloj comenzó a darle vueltas en la cabeza. Esta vez contaba con una pista del peligro que lo acosaba, no se trataba de algún daño a su integridad física, sino algo más profundo, tan preocupante como si el más mínimo error lo fuera a borrar de la existencia. Sin pensarlo demasiado sacó su teléfono celular, se metió a Facebook y escribió al primer contacto que encontró:


“Suena raro, pero me puedes dar la hora” el mensaje continuaba con un “jajaja” intentando no darle tanta importancia a la petición, aunque su corazón latía rápidamente temiendo la respuesta que pudiera obtener; la misma no tardó mucho en llegar por conducto de su primo, grande fue su sorpresa al leer “19:42” su celular marcaba otra diferente “18:09” puede que aquel error fuese insignificante, algo que se arregla únicamente corrigiendo la marcha del reloj atrasado, sin embargo, el instrumento de medición temporal de la cocina también estaba retrasado “17:52” y el del microondas indicaba las “17:19”.

Las ideas que surgieron en su cabeza lo marearon, tuvo que sujetarse de una mesa para no desfallecer, el tiempo parecía transcurrir velozmente en esos instantes y arrastrarlo cual si fuera un muñeco de trapo; un sonido lo freno en seco, era su celular, había recibido un mensaje de su primo “¿todo bien?” Luis quería gritar, clamar ayuda pero no sabía cómo explicar la situación, quiso resumirlo aunque únicamente se limitó a escribir “mi cel marca que son las 18:09” quería contarle lo de los relojes atrasados, la sensación que lo había estado acosando todo el día, pedirle que le explicará que demonios pasaba, sin embargo, la respuesta que recibió lo paralizó por completo “Entraste en un loop temporal” sin haberlo preguntado posiblemente había obtenido lo que buscaba, aquellas palabras le dieron cierto sentido a su inquietud, a su día, a su propia existencia, con cierto desahogo escribió “pero gacho, perdí la noción del tiempo por completo”… hubiera deseado escribirle algo más para obtener respuestas o simplemente para no sentirse solo, pero el aparato telefónico murió a falta de energía.


Todas sus neuronas se enfocaron en encontrar una respuesta “¿Cómo diablos entre en un loop temporal?” intentó rememorar todo lo acontecido en el transcurso del día, analizar los momentos en que aquella amenaza se hizo presente, pero lejos de encontrar como resolver el misterio, se dio cuenta de que su problema era grave. Su esposa le había preparado chilaquiles verdes, mismos que únicamente hacía los domingos, la fila del camión era la misma que se encontraba los lunes, don Jacinto únicamente acudía a comer los miércoles, y lo más raro de todo, es que el menú que había preparado era el correspondiente al martes, pero ese día no abría su local, ya que era su descanso.


Intentó recordar que había hecho el día anterior, sin embargo, su mente estaba empapada por una enceguecedora amnesia, su cerebro no contenía ningún recuerdo, como si de pronto todos ellos hubiesen sido desechados de golpe. Inmediatamente se dirigió al área de comensales para preguntarle a don Jacinto la fecha exacta del presente día; el local estaba vacío, oscuro, polvoriento, como si aquel lugar no hubiese sido habitado en años. Quiso gritar desesperadamente para terminar con la pesadilla, cuando de las paredes del local emanó de forma queda una melodía que le resulto familiar, acercó su oído para darse cuenta que en el local de junto se escuchaba la canción de Robbie Williams, “Tripping”, aquello parecía ser una broma, “¿Quién podría ser tan maquiavélico para hacerlo sufrir de esa manera y todavía tomarse el tiempo de burlarse de él?” Golpeo con fuerza la pared, tanta, que la misma se derrumbó haciéndolo caer a un vacío, mientras descendía escuchaba claramente a Robbie Williams cantar:


“I know it’s gone and there’s gonna be violence
I’ve taken as much as I’m willing to take
But why do you think we should suffer in silence?
When a heart is broken there’s nothing to break”

Luis despertó aquella mañana del veinte de agosto con una extraña sensación…

BLEU

Celestino se levanta muy temprano. De manera meticulosa selecciona la ropa que usará para verse elegante. Don Cele, como lo conocían sus ahora difuntos amigos, es un septuagenario, conservado y lúcido. Su rostro está lleno de arrugas, le quedan pocos cabellos blancos, su andar es lento y su mirada denota cansancio. Vive en un pequeño pueblo ubicado a veinte kilómetros del puerto. Es dueño de un negocio de maquetas, el cual, dicho sea de paso, está a punto de la banca rota. Aun así, él no pierde la esperanza. Suele repetirse: ¡ya vendrán tiempos mejores!


Rumbo a su trabajo, Celestino, recuerda los viejos tiempos de aquel pueblo. Mucha gente que conocía, había muerto o se habían mudado a la ciudad en busca de mejores oportunidades. Nunca más volvieron. Entre ellos sus hijos, se habían olvidado de él. Perdido en su melancolía, una sombra del tamaño de un campo de futbol lo cubre. Mira fijamente aquella silueta negra marcada en el suelo, sin tiempo para reaccionar. Es aplastado por una ballena azul que cayó del cielo.


En todos los rincones del pueblo retumba el impacto, sin embargo, nadie sale a ver qué sucede. El cetáceo sigue vivo y emite diversos sonidos como pidiendo ayuda. La gente del pueblo que pasa por ahí no presta atención al enorme mamífero, únicamente voltea la vista a otro lado o se cambia de banqueta. Aun con la envergadura del animal, no estorba la entrada a las casas aledañas, por lo que ignoran la situación.


La ballena intenta moverse, aletea desesperadamente, pero sus esfuerzos son en vano. Golpea el pavimento con su enorme cola, una y otra vez hasta destruirlo, pero nadie hace caso. A pesar de su tamaño, parece ser invisible. Emite toda clase de sonidos pero la gente parece sorda. El colmo fue cuando en la tarde unos turistas se retratan junto a la ballena pensando es una atracción, ¡cuánto realismo! dicen, para después seguir con su visita.


Una pequeña de siete años se acerca a la ballena. La observa estupefacta, la abraza, corre a su casa por un vaso de agua, se lo da. Al ver que el cetáceo se intenta mover, la niña quiere empujarlo para ayudarlo, pero al ver que sus esfuerzos no fructifican, se da por vencida y se duerme a un lado de esta. La mamá la recoge en la noche, no sin antes regañarla por salir sin permiso.


La ballena pierde la esperanza de volver a ver el mar. Se nota en su mirada. Expele una lágrima, emite un último suspiro. Como si se estuviera despidiendo. Encapsula todos sus recuerdos y los libera en ese sonido. A los pocos minutos muere.


Al tercer día, el olor es insoportable. Trozos de carne putrefacta ruedan por las calles. Gaviotas se alimentan del animal muerto. La grasa tapa las coladeras, provoca accidentes automovilísticos y la caída de muchas personas. El pueblo empieza a ser visitado por animales salvajes que vienen por un manjar. Una señora jura que vio un lobo en su jardín. El peluquero un cocodrilo en la avenida principal. El carnicero un oso atacando a su suegra. Pero nadie ve una ballena.


Los niños inventan juegos con los restos del cetáceo. Arman muñecos de carne, juegan guerritas de bolas de grasa. Jorge, un niño regordete de doce años, que todo el tiempo está pensando en comer. Inspirado por su insaciable hambre, degusta un trozo de carne. Le encanta el sabor. Come dos kilos. Se convulsiona y muere. Los habitantes alarmados recogen el cuerpo, lo llevan con el médico quien determina que murió de causas naturales. Todo sigue como si no hubiera pasado nada.


Martin es un veterano, tiene un puesto de boletos de lotería. Conoce perfectamente a todos sus clientes. No hay domingo en que no verifique los resultados. Este día, los números ganadores son: 2, 9, 0, 7, 8 y el adicional 3. El premio mayor es de cien millones de pesos. Martin repasa una y otra vez los números ganadores en su mente. ¡Pa´su mecha, don Cele se lo llevó!… ¡don Cele le pegó al gordo! A pesar de que no es un grito, todo el pueblo despierta. Corren a casa de Martin para saber lo que sucede. Este explica que el lunes vendió el boleto ganador a Don Cele. Todos se preguntan ¿Quién es Celestino?


Disipadas sus dudas. La multitud se dirige a casa de Celestino para celebrar, pero no lo encuentran. Lo esperan por horas, les empieza a preocupar su bienestar. Carlota, viuda de un amigo de Cele, corre a su casa para llamar a los hijos de Celestino buscando encontrarlo ahí. Los ingratos se imaginan lo mejor. Su padre ha muerto !hay que cobrar la herencia! piensan. Carlota hace saber la noticia a la multitud, es oficial, Don Cele está perdido. Refunfuñando, la gente regresa a sus casas ¡Maldito viejo, se fue sin dejarnos ni un centavo!


Antonio, el notario público, no puede dormir pensando en las posibilidades de cobrar el premio aún cuando Celestino hubiera muerto. Revisa una y otra vez el sobre que contiene el testamento. No se atreve a abrirlo, pero la curiosidad es demasiada.


Yo Celestino Castro Bernal encontrándome en pleno uso de mis facultades mentales. Heredo a mis hijos, mi negocio (en caso de que aún subsista) Para que lo administren conjuntamente y saquen adelante.
Conforme a la ley, un cinco por ciento de mis bienes será para el señor notario.
El resto será donado al pueblo que me ha dejado tanto, será repartido equitativamente, para que cada ciudadano tenga algo de mí.
Don Cele


Antonio dice entre dientes. ¡Pinche viejo cabrón, nos hizo ricos! Celebra con mucho ánimo, una idea le llega de repente. ¿Por qué conformarme con el cinco por ciento cuando puedo cambiar el testamento y pedir más?


Apenas el sol aparece en el horizonte, Antonio avisa al Presidente Municipal, Casimiro Buendía, de la situación. Casimiro lee y relee el testamento. Se rasca la cabeza y dice ¿En qué pinche ley dice que el notario público debe llevarse el veinte por ciento de los bienes?!No mames, Antonio, no me quieras ver la cara de pendejo! Ambos discuten un largo rato y llegan a un acuerdo.


Los hijos de Celestino: Marcos y Yahayra, llegan al pueblo en la tarde para cobrar la herencia. Se presentan con Antonio y Casimiro para presionarlos a que se dé formal lectura al testamento lo antes posible. Casimiro los distrae con trámites falsos para hacer tiempo. Antonio da las últimas modificaciones al escrito y busca en la casa y el negocio aquel billete. Por la noche, se lleva a cabo dicho evento:


Yo Celestino Castro Bernal encontrándome en pleno uso de mis facultades mentales. Dejo a mis hijos, mi negocio (en caso de que aún subsista) Para que lo administren conjuntamente y saquen adelante.
Conforme a la ley, un treinta por ciento de mis bienes, será para el señor notario.
Al magnánimo gobierno municipal, que me ha dado tanto, le dejo el sesenta por ciento de dichos bienes para que los administre conforme crea necesario.
El resto será donado al pueblo, para un reparto equitativo, así, cada ciudadano tendrá algo de mí.
Don Cele


Marcos se levanta indignado ¡Hijo de su reputa madre! Yahayra llora amargamente. Casimiro y Antonio sonríen por dentro. Los invitan a que se hospeden en casa de su difunto padre. Marcos pide pasar primero al negocio para inventariar las cosas que hay. Antonio aconseja que se lleven todo lo antes posible, porque no tardan en embargar. Deciden empacar esa noche.


En la madrugada, Casimiro los acompaña a casa de don Celestino. Don Federico fue alguien a quien estimaba mucho, un gran amigo, mi esposa no deja de llorar desde que murió. Fueron las últimas palabras de Casimiro antes de despedirse. Marcos y Yahayra estaban tan molestos, que pasaron por alto el error del nombre. Apenas se fue Casimiro, vacían todo lo que encuentran de valor y huyen para nunca más volver. El presidente municipal se dirige a casa del notario para celebrar. Antonio le da la mala noticia, no encontró el billete por ningún lado. Casimiro esta pensativo: ¡Hay que buscar a Florentino! Lo corrige Antonio, Celestino, señor presidente, Celestino.


Solo tienen una semana para cobrar la recompensa y ya han perdido un día. Organizan una búsqueda exhaustiva de Don Cele pero no encuentran rastro alguno. Acuden con una bruja, apenas dice: Una ballena azul… la toman por loca y se van. Desesperados convocan al pueblo para que den informes. Alguien debió haber visto algo, se repetía Casimiro.


El auditorio del pueblo está repleto, el ambiente es inundado por un olor fétido, miles de moscas revolotean de un lado a otro. A la gente parece no importarle, fingen que no pasa nada. Casimiro explica con detalle la situación. La gente se emociona, todos comienzan a imaginar lo que harán con su parte del dinero. Una mujer le pregunta a su esposo ¿Cuánto es el diez por ciento de cien millones de pesos? El esposo hace cuentas en su mente, sorprendido ¡Un millón de pesos para cada quien, vieja! Las personas cercanas se enloquecen con la noticia que se esparce como pólvora. La pregunta en el aire era ¿Quién es Celestino? ¿Cómo es? Previniendo esta situación, Casimiro les muestra una foto de Celestino. Parece que nadie lo reconoce, hasta que un pequeño de diez años grita: ¡Es él mami, es él! ¡Es el viejito que fue aplastado por la ballena! Toda la gente se sorprende, agachan la mirada y guardan silencio.


Un hombre rompe el silencio con un grito desesperado ¡Estoy hasta la madre de estas moscas! Una mujer le sigue ¡Ya no aguanto la pestilencia en mi casa! Un anciano ¡Me rompí la cadera por culpa de la grasa en la calle! Otro grita al fondo ¡Esa ballena mato a mi hijo! El carnicero ¡Por culpa de la ballena, un oso se comió a mi suegra…! Todos voltean a verlo ¡bueno… no me quejo por el oso, sino por la ballena! Las quejas se multiplican, los ánimos se exaltan. La muchedumbre sale enfurecida hacia el animal.


Al llegar ante los restos de la ballena, ven montones de carne putrefacta, millones de gusanos por todas partes, gaviotas peleándose por pedazos de alimento. Admiran la grotesca escena, pero nadie se atreve a hacer algo. Cesar, el hombre fuerte del pueblo, toma la iniciativa ¡Vamos! bien lo vale por un millón de pesos. Comienza a empujar al mamífero, poco a poco la gente se va animando. Todos unen esfuerzos, desde los más pequeños hasta los más grandes, hombres y mujeres. Pero el animal no se mueve ni un ápice. Mientras toman un descanso, un hombre llama a todos ¿Por qué hacemos esto? ¿Acaso no es obligación del gobierno? Antes que el público reaccione, Casimiro explica que el Gobierno Municipal no tiene presupuesto para eso, pero que lo consultará con el Gobernador del Estado. Todos aplauden a Casimiro.


El gobernador le indica a Casimiro que no es su problema, por lo que lo canaliza con el departamento de medio ambiente. Dicho departamento indica que es obligación del departamento de océanos. Como la ballena ya está muerta, el departamento de océanos no se puede hacer responsable, le corresponde al departamento de arqueología. La ballena aún no es un esqueleto, por lo que es problema del departamento de sanidad. El departamento de sanidad está en huelga. A final de cuentas, Casimiro tiene que arreglar el problema. Pide presupuestos a empresas privadas para deshacerse del animal, los precios son muy altos. Venden los pocos bienes de Celestino pero no alcanzan para nada. Presionados por el tiempo, Casimiro y Antonio deciden hacerlo con sus objetos de valor para pagar. ¡Total, es una inversión! Se dicen para consolarse.


Es la mañana más esperada por todos. Una empresa china llega a primera hora del día para llevarse los restos de la ballena. Se preparan con sierras para destazar al cetáceo, pero Casimiro se opone alegando que dejaran más sucio de lo que ya estaba. Su verdadero miedo era que afectaran el cuerpo de Celestino. Con mala gana, los chinos utilizan poderosas grúas y levantan la ballena. Fue como si hubieran destrozado una piñata. Todos los pueblerinos se abalanzan sobre el cadáver de Don Cele. No les importa destrozarlo buscando aquel billete entre los jirones de ropa que quedaban. Los chinos no prestan mucha atención a aquella carnicería, se llevan al mamífero sin despedirse.


Carlota encuentra en la cartera el billete. Todos se lanzan contra ella para arrancárselo. Se arma una pelea campal. Casimiro tira un disparo al cielo. La gente se dispersa. Recoge el cachito y lo levanta en señal de triunfo. Lo observa detenidamente y pregunta ¿Cuál es el numero ganador? Buscan a Martin pero no está presente. Antonio lo había memorizado muy bien por lo que no le dieron importancia a eso. Los números ganadores son: 2, 9, 0, 7 8 y el adicional 3. El rostro de Casimiro se pone pálido y se desmaya. Antonio corre para ayudarlo. Ve los números y llora. ¡No es el ganador!

LA MUJER QUE TRAÍA CONSIGO EL MAR

Por más que pienso, no recuerdo con exactitud la fecha de la última vez que fui al mar, no puedo precisar cuántos años tiene de eso, pero, ha pasado mucho tiempo. La última vez, aquel manto azul me ayudó a cicatrizar las heridas que me dejó un desamor, así que no es por miedo o ingratitud el motivo de mi ausencia, simplemente es la inacción de hacerlo. Hay días en que cierro los ojos y puedo imaginar una hermosa playa donde reina la tranquilidad, las olas me susurran al oído. ¡Ven! ¡Ven a purificar tu alma! ¡Ven, Oscar… Ven! A pesar del constante llamado, no he ido en mucho tiempo.

Dejé de volar al mar para quedar anclado en una gris ciudad, y que conste que no lo digo como queja, porque la verdad es que amo estar aquí. En mi alma siempre resuena el coqueteo de las olas, mi mente les responde “¡lo siento, no es el momento!” se torna en una lucha constante del ser y el deber ser; finalmente, es la monotonía quien ganó terreno poco a poco hasta convertirse en algo normal, en un grillete invisible que no me deja escapar.

Siempre he creído que el destino es un excelente escritor al cual le gusta su trabajo, se nota por el esmero que pone en cada giro de tuerca que nos da en nuestra vida. Siendo más concreto, conocí a una chica por internet, tenía una hermosa sonrisa y una calidez inigualable. Sin importar el día, ella siempre me recibía con gran alegría y frescura, de esa que llega hasta el alma. Platicar con ella era agradable, pero hubo un tiempo en que no era suficiente, brotó en mí la necesidad de conocerla en persona.

Me apena decir que fallé como caballero y no acudí a su encuentro, en cambio ella vino hacia mí. Su llegada fue como un sueño, no lo digo por lo temprano de su arribo, ni por mi estado de ensueño en el que aún me encontraba, sino porque fue una hermosa imagen que emergió de las profundidades de mis pensamientos para materializarse en la realidad. Esa alegría, esa sonrisa, ese gusto al verme, ella era alguien especial, lo supe desde el principio.

Mientras platicábamos era imposible dejar de observarla, guardé secretamente cada gesto, cada detalle de ella, en esa bóveda oscura donde almaceno mis recuerdos, sueños, anhelos y sentimientos. Esa mujer hablaba sin darse cuenta que desprendía un halo de luz, aquella dama traía algo misterioso, no lo guardaba en una maleta o en un frasco ¡no señor! Era algo más grande. Puse mayor dedicación en sus palabras, para según yo, descifrar el enigma. Me quedé estupefacto cuando lo descubrí, casi me fui de espaldas, todo fue mientras comíamos, el sol brillaba con fuerza a sus espaldas, ella levantó la mirada haciendo un gesto involuntario como el que hacen las modelos para resaltar su belleza, acto seguido me miró fijamente y sonrió, fue quizá una fracción de segundo, pero lo que vi fue maravilloso, en ese instante lo supe “!ella era el mar¡”.

El descubrimiento me golpeó con el mismo vigor con que las olas impactan al acantilado, sin darme cuenta me dejé arrastrar por la fuerza que ella emanaba, no sé por cuánto tiempo estuve sumergiéndome y emergiendo en un río de emociones sin llegar a ahogarme, no puse la menor resistencia, simplemente me dejé llevar. Lejos de ser una víctima de la fuerza de la naturaleza, fui un sobreviviente feliz, deseaba volver a ser arrastrado por ese océano de mujer. Su piel es suave como la arena, sus ojos negros son profundos, al verlos te acobija una gran tranquilidad. Es algo así como dejarse caer al vacío sin miedo al fondo, sin preocuparte por nada, el tiempo no existe, es algo efímero como un dulce sueño. No quiero ni imaginar la cara de idiota que tendría mientras todos estos hechos ocurrían, ella se reía por la sarta de tonterías que le decía, no sospechaba de mis verdaderas intenciones. Me había vuelto adicto a su sonrisa, a sus movimientos, a su dulce aroma.

Con esa mujer no existen los silencios incomodos, al contrario, cuando eso sucede predominaba un ambiente muy tranquilo, casi arrullador, algo así como el vaivén de una barca en medio de un océano en calma. Compartir un día con ella es tan motivante como observar un amanecer en la playa con el amor de tu vida. Es reconfortante, pero mucho cuidado si te quieres pasar de listo, porque puedes provocar su ira y con ello se desatan las tempestades. Es cierto, es hermosa, pero no hay que olvidar que también misteriosa y hasta cierto punto peligrosa. Con la misma fuerza arrastrante con que te enamora, puede ahogarte de forma lenta y dolorosa. Nadie lo puede negar, aquella dama es especial, un milagro mismo de la naturaleza.

Han existido atardeceres en los que me preguntó ¿por qué deje de ir al mar? Una de las tantas conclusiones a las que he llegado es que lo hice porque ella me lo trajo hasta acá. Sus visitas han sido fuertes dosis que doman mis desenfrenadas ansias de viajar. De hecho, he soñado que llego a la playa y me doy cuenta que lo que hay enfrente mío, solamente es una gran mancha azul, quiero sentir emoción al poder estar ahí, sin embargo, todo está marchito. Lo que hay ante mí, es un océano sin vida, sin alma, ya que ella es quien lo trae consigo, o tal vez ella vive en él, o mejor dicho ella misma es el mar. Ella es su alma, su esencia, su alegría, es aquel elemento sin el cual, él no tiene nada que valga la pena.

Cuando sus visitas llegan a su fin, no puedo dejar de sentir un gran vacío en mi corazón. Me aterra el momento de la despedida, nunca he sabido decirle a alguien adiós. Soy un cobarde que intenta hacer lo imposible para huir de ese instante, me encapricho como aquel niño que no quiere salir de la alberca y regresar a casa. Desearía poder retenerla, no dejarla marchar nunca más, pero ella es alguien libre, constantemente fluye de un lado a otro, si la detuviera, posiblemente le pasaría lo mismo que le sucede al agua cuando se estanca, así que finalmente se marcha escurriéndose entre mis dedos.

Le he fallado en muchas cosas y más veces de lo que quisiera aceptar, para empezar, nunca le he dicho todo lo que siento cuando estoy con ella, o todo lo que ella me demuestra, me inspira, ¡Vaya¡ de menos decirle lo maravillosa que es. Ni siquiera he podido esbozar un: “eres hermosa como el mar”. Las pocas veces que lo he intentado ella lo ha tomado a broma o piensa que me estoy burlando, así que decepcionantemente abandono el plan.

En cada visita me ha recriminado que no he cumplido mi promesa de irla a buscar, ha sido una promesa que no he podido o posiblemente no he querido cumplir. Antes de que se me señale como lo peor, he de confesarlo: “Ella supo deslumbrarme en una gris ciudad, así que no quiero ni imaginarme lo que es capaz de hacer estando en el mar. Si he dejado de ir es por miedo a encontrarla y no querer regresar nunca más.”

LA CITA.

En aquel cálido día de abril, siendo las once de la mañana, llegó ese mensaje que confirmaba nuestra cita. Antes de recibirlo, llegue a pensar que los planes se vendrían abajo, una parte de mi lo deseaba, no estaba preparado para verla, aunque, también es cierto que había esperado por mucho tiempo ese momento. Una sonrisa involuntaria se dibujó en mi rostro al confirmarle mi presencia.

El camino se me hizo eterno, así que aproveche para acomodar mis ideas, palabras, pero más importante, mis sentimientos. No me encontraria con cualquier persona, tendría una cita con la mujer más trascendental de mi vida; al recordar aquello, sentí como las piernas se me derretian y mi estómago trabajaba con la misma fuerza de una lavadora industrial. Intentaba convencerme de que únicamente sería un encuentro casual, una charla de dos amigos que tienen tiempo sin verse, engañarme de cierta forma para no sentir tanta presión y calmar los nervios.

Era raro no saber como actuar, que decir, como dirigirme a ella. Al salir de la estación del metro pase por un puesto de flores, por un instante desee comprarle una rosa, sería un obsequio que fungiría como emblema de paz y amistad. Antes de llevar a cabo ese deseo, me di cuenta que no debía hacerlo, primero, porque con dicha flor me le declaré aquella tarde en que nació nuestro amor, y segundo, debía de ser únicamente un encuentro casual, sin cursilerias o falsos mensajes que pudieran malinterpretarse. En el camino me reprendí por esa pésima idea, mi mente empezó a imaginar todos los problemas que podrían desencadenarse por mi acción, suena exagerado pero deseaba que todo fuera perfecto en aquella cita.

Conforme me iba acercando a la puerta de su trabajo, las dudas iban resurgiendo, algo dentro de mi gritaba alarmado: «¡retirada soldado, retirada!» sin embargo, estaba tan cerca que no podía huir, claramente pude escuchar aquel consejo que me dio una amiga hace algunos años: «amigo, tarde o temprano tienes que verla, enfrentarla, darte cuenta que no es aquella mujer perfecta que encumbras en tu corazón…» esas palabras fueron el elixir que me fortalecieron para no huir cobardemente.

La dirección indicada, correspondía a una gran mole de concreto beige, un edificio bello, pequeño, aunque ciertamente imponente. Mientras esperaba que ella saliera, comencé a planear mi estrategia, debía salir ileso, no dañarme con locas fantasías que me destrozaran el corazón. Según el plan, lo primero que haría, sería saludarla fríamente, como se saluda a un colega, mejor dicho, a una persona importante; debía ser un gesto parco pero que demostrará respeto, asimismo, cuando ella me observara, trataría de sonreír ligeramente sin hacerle notar mi enorme alegría. La finalidad de aquella pantomima, era que ella no sospechara de mis verdaderos sentimientos ya que eso podría arruinar mis planes.

Hay un refrán que dice «uno pone, Dios dispone, llega el diablo y todo lo descompone» todo lo planeado se fue al traste cuando ella apareció. Andrea se veía hermosa, fulgurante, brillaba inmensamente cuál estrella en el filmamento, exactamente igual que la ultima vez estuvo en mis brazos. Sin darme tiempo para reaccionar, me dio un largo y prolongado abrazo que me cobijó con su ternura, sinceridad y cariño, ello me generó una gran calma y me reconfortó como nadie lo habia hecho en mucho tiempo, mejor dicho, como solamente ella podía hacerlo.

Me encantó con su dulzura y calidez, fue una sensación similar a la vivida por un soldado que regresa a casa después de una dura batalla; también es cierto que los sentimientos no eran similares, ella estaba alegre por ver a su viejo amigo y yo tenía enmarañadas mis emociones.

Aquello que sentía por ella no era lo correcto, era algo fuera de lugar, pero ¿cómo resistirse a su belleza? al magnetismo que genera con su amabilidad, su personalidad, pero sobre todo a aquella fuerza invisible
que tiene esa sonrisa que siempre porta en el rostro. Con esos poderes me tenía doblegado, rendido por completo a su voluntad y antojo, era una presa fácil postrada a sus pies.

Únicamente contábamos con cincuenta y dos minutos para convivir, era su hora de comida. Desperdiciamos cinco minutos intentando decidir el lugar a donde acudiríamos a comer, así como determinar si era mejor que llevara puestos sus tacones o sus tenis que guardaba en una bolsa.

La segunda decisión no fue la correcta, su andar era inseguro debido a la pésima combinación que hicieron su calzado y la banqueta severamente deteriorada; en cierto momento me tomó del antebrazo para evitar caerse, en ese instante, yo era quien iba a desplomarse, pero no por la misma razón que ella, sino porque esa insignificante caricia me hizo sentir un toque eléctrico que recorrió todo mi cuerpo. No quería aceptarlo en ese momento y aun me duele hacerlo, pero “nunca voy a poder dejar de amar a esa mujer, aun cuando pasen miles de años.”

Había tantas cosas que quería platicar con ella, deseaba contarle todas mis aventuras, hacerle ver que siempre ha estado presente en mis triunfos, en mi corazón y en cada momento de mi vida. Lo único que pude preguntarle fue: ¿Cómo están tus papás?… No es que tuviera desinterés por conocer su bienestar, al contrario, les tengo mucha estima y me dio gusto saber que estaban bien, sin embargo, era poco tiempo el que disponíamos y mi verdadero interés era hablar de ella, conocer sus problemas, sus logros, todo aquello que había vivido sin mí.

Mi abuela siempre decía “las cosas pasan por algo” mi viejita hermosa siempre tiene razón. Entre los dos fluyó una conversación muy amena que en determinado momento me hizo excavar en mi mente para desenterrar algunos recuerdos; otros parecen haberse disipado por completo, por ejemplo, olvide haber asistido a la boda de una de sus primas y el como nos divertimos aquel día. La verdad es que era un recuerdo sin importancia y posiblemente por ello se extravío.

Ambos bailamos una danza de vocablos, palabras y oraciones, fue una hermosa conversación de dos amigos que se reúnen después de algún tiempo para rememorar alegremente ciertos pasajes de sus vidas. Fue durante aquel baile lingüístico que pude darme cuenta de muchas cosas. Hubo un instante en que el dueño de su corazón salió a la palestra, fue un comentario insignificante, pero en su mirada alegre y enamorada encontré
mi paz.

Por primera vez en mucho tiempo me di cuenta que ella no era la mujer perfecta que yo recordaba, no era inaccesible, ni mucho menos era
una diosa inalcanzable, simplemente es un ser humano hermoso, con innumerables cualidades; es sencilla, alegre, sincera, alguien de quien me enamore perdidamente por su elegante sonrisa, su calidez, el amor incondicional que me brindó y extrañamente por ese tono burlón que tiene sabor a mí. Desafortunadamente, ahora ese amor le pertenece a alguien más.

Me sentí culpable por todas aquellas mujeres que intentaron llegar a mi
corazón y que nunca las deje entrar porque las fulminaba haciéndoles saber que nunca serían como ella, las comparaba cruelmente con alguien que no existe, alguien inconmensurable. Cuando Andrea me terminó, olvide lo que era amar sinceramente, me oculte en el cajón del miedo, de la soledad, del dolor y no pude recordar aquello que la hacía realmente especial, el motivo por el cual era impecable en mis recuerdos. Me sentí un poco tonto al darme cuenta que la respuesta era tan sencilla que no la podía ver, “estaba perdidamente enamorado de una mujer que estaba enamorada de mí” algo tan elemental, simple y a la vez tan difícil de encontrar.

El tiempo trascurrió en un abrir y cerrar de ojos, siempre sucede cuando te la estás pasando bien; mientras caminábamos de regreso a su oficina, me di cuenta que atrás había quedado el miedo a salir herido, de sentirme avergonzado por haberme hecho falsas ilusiones o frustrado por no haberle dicho todo aquello que sentía; en cambio, me sentía con los bolsillos llenos de paz y una sonrisa sincera en el rostro y en el alma. Por primera vez no tuve miedo de despedirme, no vino a mi mente el recuerdo de ese fatídico beso que nos dimos en el garaje de su casa, sabiendo que sería el último que nos daríamos en nuestras vidas. No tuve la sensación de sentir que se escurría de mis manos, ni las ganas de rogarle que no se fuera nuevamente.

Esta vez estaba viendo las cosas desde otra perspectiva, no tenía nada que
reprocharle porque ella me amo, me ayudo a crecer como ser humano, se
preocupó por mí, me cuido, me aconsejo, fue una grandiosa compañera de amor. Esos recuerdos son los que van a quedar grabados y suceda lo que suceda, nunca se van a borrar, me acompañarán hasta el último día de mi vida.

Comprendí que no debía de aferrarme al pasado, este se debe dejar atrás, era momento de avanzar. Al despedirnos no había egoísmo para retenerla y aferrarme a ella, así como no habia miedo de perderla, porque en esa apresurada despedida, pude encontrar por fin mi libertad. Le dije con toda la sinceridad de mi alma “¡Adiós Andrea! Deseo que seas muy feliz, ahora y siempre.”