
Esto sucedió en mil novecientos sesenta y tres, en las calles del Centro de la Ciudad de México. Un joven de aproximadamente diecisiete años, vino de Michoacan a la ciudad, en busca de trabajo, le habían dicho que se presentara en un restaurante que estaba solicitando meseros, la paga no era buena pero era lo unico que había encontrado desde que llego. Necesitaba solventar algunos gastos ya que sus ahorros pronto se acabarían. No deseaba regresar a su pueblo con las manos vacias, había prometido a sus padres ayudarlos económicamente ya que la situación allá se estaba poniendo difícil.
Él no conocía mucho la ciudad, así que en la búsqueda del restaurante, se perdió en las calles del centro histórico. Estaba desesperado, intentaba acercarse a alguien para preguntarle pero era como si nadie le hiciera caso, todo el mundo parecía tener prisa. En una calle ciertamente sola, se detuvo a observar su reloj, eran las tres de la tarde, llevaba media hora de retraso, seguramente no lo contratarían. Se sentó un momento en la banqueta para descansar, tenía los pies hinchados de tanto caminar , estaba frustrado por no ser capaz de encontrar una dirección.
Al levantar su mirada, vio a una mujer que vestía toda de negro, caminaba con dificultad como hace una persona mayor o tal vez lo hacía así por el cansancio; en su mano derecha llevaba un farolito de metal y vidrio, quien resguardaba una vela blanca prendida. Al chico se le hizo rara la escena y no habría puesto mas atención si la mujer no se hubiera tropezado. El muchacho corrió para ayudarla, la mujer estaba más preocupada por el farol, que por las heridas que pudo haber sufrido por el golpe. Cuando vio que la vela seguía prendida, suspiro aliviada.
Era una mujer de aproximadamente treinta y cinco años o cuarenta, hermosa, ojos azules, cabello dorado; parecía enferma, estaba palida, agitada y con unas ojeras muy marcadas. Ella agradeció al muchacho, quien estaba exhorto ante la belleza de la mujer; la dama se sacudió el polvo y decidió seguir su camino.
Inexplicablemente el chico la detuvo, le sugirió que descansara un poco antes de proseguir a su destino, la mujer todo el tiempo escondió su rostro, como apenada por el interés tan repentino de aquel caballero, le dijo «no puedo, me urge llevar esto a la iglesia» dijo señalando con la mirada el farolito «debo de hacerlo antes de que se apague la vela».
El chico por alguna extraña razón no podía dejar de observarla, estaba embelesado con su belleza, sin pensarlo, dijo «¡no te preocupes! descansa un rato, si tanto te urge, yo llevo tu encargo, solamente dime donde hay que dejarlo» la mujer sonrió, dijo casi susurrando «¿estás seguro? Te podrías meter en muchos problemas» la dama negó con la cabeza, avanzó unos pasos y le dijo «lo mejor es que siga mi camino, ya no falta mucho y estoy acostumbrada a caminar sin parar» el joven no se quiso dar por vencido tan fácil, había algo en aquella fémina que lo atraía, apesar de la diferencia de edad.
La alcanzó en dos pasos, volviendole a reiterar su ayuda. Sintió pena cuando se percató que la mujer calzaba unas sandalias de cuero en pésimo estado, estaban hechas girones, y sus pies se veían maltratados, posiblemente ello hizo que él se sintiera mas comprometido para ayudarla.
El muchacho por impulso la tomó de la mano, la cual estaba fría, casi helada; en ese momento no le dio importancia a esa situación, con voz amable le propuso a la chica «¿que te parece si llevo la vela, mientras tu descansas un poco en un parque que vi por aquí y posteriormente vamos por un helado?»
La dama agradeció el gesto, dibujó en su rostro una sonrisa macabra, aunque el chico no le dio importancia a ello. Él no podía entender su atrevimiento, nunca había sido tan osado con las mujeres y menos con una que le doblabá, casi, la edad.
Ella le dio las indicaciones necesarias para llegar a la iglesia donde debía de acudir, el muchacho no esperaba que estuviera tan retirado el lugar pero no se podía retractar. La mujer le entregó con mucho cuidado el farolito, como si éste se fuera a romper con el más mínimo movimiento; al tomarlo, el joven sintió un escalofrío por todo su cuerpo, algo le advirtió del peligro, sin embargo, le dio pena arrepentirse.
La mujer le dijo firmemente, casi ordenandole «debes dejar la vela unicamente en el altar del cristo negro» le recalcó «unicamente en el altar del cristo negro, si no lo conoces, pregunta, cualquiera te puede decir cual es, no la vayas a dejar en otro santo o virgen» el muchacho se molestó un poco por el tono de la mujer, aunque finalmente él se había ofrecido, asi que respondió que no había problema, que la vería en el parque, ella lo interrumpió y le dijo que no, cuando se recuperará del cansancio lo alcanzaría en la iglesia.
Al joven le pareció algo normal, era lógico que la mujer acudiera personalmente para pedir por su milagro y rezar sus oraciones o algo así. Alcanzó a dar dos pasos cuando la mujer lo detuvo por la espalda, casi susurrandole al oído, le dijo «por ningún motivo debe de apagarse o acabarse la vela. ¡Date prisa¡ porque si eso sucede, tu alma será mia» la mujer soltó una fuerte carcajada. Al voltear, el chico sintió que el corazón se le iba a salir abruptamente al ver la macabra imagen.
La bella mujer ahora era una anciana, no tenía ojos, aquel espacio estaba ocupado por unas negras cuencas que daban el aspecto de mirar a un vacío profundo, tenía unos cuantos dientes podridos, su escaso cabello era blanco, sucio y descuidado. Expelia un olor nauseabundo, su ropa era vieja, en evidente estado de putrefacción. Aun así, lo que mas lo asustó es qué la mujer flotaba medio metro por encima del suelo.
El chico cayó al suelo con la revelación, corrió con fuerza, a sus espaldas podía escuchar la carcajada de esa mujer. En su escape agitó con fuerza el farolito, sin darse cuenta de su negligencia hasta que llegó a un callejón. Suspiró aliviado al ver que la vela seguía encendida pero esta había disminuido considerablemente. Se preocupó, no sabía que hacer, desconocía la ciudad y tenía miedo de encontrarse de nuevo con aquella dama.
Pensó en dejar el farolito en ese lugar, lo escondió debajo de una camioneta, intentó huir pero algo en su interior se lo impidió. Finalmente, decidió cumplir en cierta forma su encomieda, dejaría la vela en la primer iglesia que encontrará en su trayecto.
Caminó largo tiempo por las calles del centro historico buscando una iglesia, encontró muchas, sin embargo, todas estaban cerradas por alguna extraña razón. Le preocupaba el hecho de que la vela estuviera a punto de extinguirse, la flama era muy débil. Intentó acercarse a la gente para preguntar por la iglesia a la que originalmente debía de acudir, nadie le prestaba atención, esta vez todos se alejaban de él como si fuera alguien peligroso.
El joven estaba desesperado, gritando a media calle para que alguien le indicará donde estaba la iglesia que buscaba. Una ancianita tierna se le acercó y le dijo «camine tres cuadras y doble a la izquierda, ahí la encontrará» el chico le agradeció, a lo que la viejita le dijo «no se preocupe, yo también voy para allá, si gusta lo acompaño, aunque aún falta tiempo para que inicie la misa» el muchacho se disculpó «¡lo siento, llevo prisa! debo dejar esta vela antes de que se apague«. Al mostrarle el farolito a la ancianita, sintió como su alma se desprendió de su cuerpo por un instante. La vela se habia apagado, aunado a que apenas quedaban tres milimetros de esta.
El muchacho corrió a la iglesia como alma que lleva el diablo. Avanzó rápidamente aun cuando sus piernas parecían no responder acorde a la situación. Fueron tres cuadras, para él fue una eternidad. Afortunadamente, la iglesia estaba abierta, entró sin verificar si era la correcta.
Adentro de la iglesia, se acercó al primer altar que encontró, sacó la vela e intentó encenderla con el fuego de las demas. Era una tarea que se torno casi imposible, por lo que se desesperó, empezó a gritar por la impotencia, al ver como estaba apagando todas las velas con las que intentaba prender la suya.
La gente presente se incomodó con la situación, le lanzaron miradas incriminadoras para hacerle ver su falta. Una señora le pidió que guardara respeto ya que había personas orando, asi como le señaló lo irrespetuoso que era apagar las velas de los altares. El joven le respondió a la dama con una groseria, la situación estaba a punto de salirse de control hasta que una mano se posó en el hombro del muchacho, quien al girarse y ver al párroco de la iglesia, sintió un gran alivió.
«¡Tengo que prender esta vela, padre! ¡Ayudeme!» fueron las primeras palabras que el muchacho pudo decirle al párroco, quien analizó con detenimiento la diminuta vela. De una bolsa de su sotana sacó una nueva, la encendió y se la dio al muchacho «¡toma! Esa vela que tienes ya no va a encender, tiene muy poca cera y el pábilo está casi en cenizas, será imposible encenderla«
El chico miró al padre estupefacto, e inmediatamente se quebró en llanto «¡usted no entiende, padre! Debo de encender esta vela o mi alma estará condenada» Al párroco le pareció exagerada esa frase pero se le hizo normal. Las personas que acuden a la iglesia suelen ir destrozados emocionalmente en busca de fe, aunque a veces, por lo mismo actuaban de forma extraña.
El sacerdote tomó la nueva vela, vacío un poco de cera fundida en la pequeña, para inmediatamente pegarlas. Ambas velas se unieron, en forma rara pero finalmente quedó una vela. El muchacho estaba asombrado, miró contento al padre, algo incrédulo, preguntó «¿esto se puede?» El padre sonrió, casi susurrando, dijo «no creo que a Dios le importe mucho, lo que vale es la fe.»
El muchacho se paró rapidamente, agradeció al padre y dejó la vela en un nicho, vio con detenimiento al santo que ahí yacía, quitó la vela y fue deambulando por la iglesia, dejando y quitando la misma de todos los altares. El párroco lo veía con curiosidad, se volvió a acercar a él y le preguntó «¿qué sucede hijo, no encuentras en quién depositar tu fe?«
El muchacho se desmoronó, lloró como un niño, el párroco lo reconfortó con pequeñas palmaditas en la espalda, cuando se calmó, le preguntó «¿qué es lo que te tiene tan intranquilo?» el muchacho se secó las lágrimas con su ropa y como pudo le contó al padre todo lo que le habia sucedido con aquella extraña mujer.
El padre luego de escuchar toda su aventura, le explicó que esas eran almas en pena que quedaron atrapadas en este mundo por no haber cumplido con alguna manda. Para tranquilizarlo le contó una historia que solía contarle su abuelita.
Era la historia de un hombre que viajaba en una peregrinación a la Villa; en el trayecto, vio a una anciana intentar arrastrar un pesado baúl. El joven le preguntó a dónde lo llevaba y ella le dijo que tenía que trasladarlo hasta el altar de la virgen de Guadalupe. El joven al ver tan angustiada a la viejita, se ofreció a llevar el baúl, posteriormente se pusieron de acuerdo en un punto de encuentro para entregarselo. El hombre llegó a la Basilica y buscó por todos lados a la mujer pero nunca la encontró. Un obispo se acercó al joven para preguntarle que sucedía, él le contó lo que había pasado; el obispo movió la cabeza y le explicó lo mismo. «Son almas que no cumplieron con una encomienda» como el hombre no estaba del todo convencido, el obispo lo convenció para que abrieran el baúl, al hacerlo se dieron cuenta que este contenía huesos humanos. Probablemente de la anciana a la cual habia ayudado aquel joven.
Al terminar la historia, el párroco le indicó al joven donde estaba el altar del cristo negro, lo palmeo en la espalda y le dijo «¡no te preocupes¡ ya va a empezar la misa, ahí pediremos por su alma para que pueda descansar y tu estés mas tranquilo» el joven agradeció al padre, su semblante era distinto, intentó pagarle al párroco por la vela pero este se negó.
El párroco oficializó la misa y pidió por el alma de aquella mujer, todo iba normal hasta el momento en que levantó el cadiz que contiene la sangre de Cristo, por un instante pudo ver a una mujer vestida de negro que flotaba de un lado a otro afuera de la iglesia, mientras se burlaba del padre. El sacerdote solamente rezó con más fe, esperando que aquello no se acercará a la iglesia.
Una vez finalizada la misa, pidió al joven que lo esperará. No le contó lo que había visto desde el altar, para no sugestionarlo, solamente le entregó un pequeño rosario «mira hijo, este rosario me lo regaló mi madre cuando entre al seminario. Siempre me ha acompañado en momentos difíciles, asi que te lo voy a dar para que te proteja» el chico se angustió, el párroco agregó algo para no preocuparlo «es para que encuentres trabajo pronto» el muchacho se negó a aceptar el regalo, no podía recibir algo que era tan importante para el sacerdote.
El párroco le insistió hasta que finalmente el muchacho aceptó, agradeció el gesto «¡muchas gracias padre! Espero algún día pagarle por todo lo que me ha ayudado el día de hoy» ambos se despidieron afuera de la iglesia y tomaron su camino.
Ya que había terminado de oficializar sus misas, el párroco acudió a la panadería mas cercana para comprar un pan dulce, su debilidad. Ahí, se enteró por una feligresa que a dos calles de la iglesia habían matado a un joven, lo intentaron asaltar, se resistió y lo acuchillaron. La mujer le dio la descripción del muchacho. Era el joven al cual le había regalado su rosario.
El sacerdote pasó por el lugar donde habían matado al joven, rezó una oración por su alma. Al levantar la mirada pudo ver claramente la silueta de una mujer vestida de negro, iba flotando y giró en la esquina para perderse en la oscuridad.
El padre se sintió muy mal, no pudo dormir esa noche pensando en que no se había esforzado lo suficiente para salvar el alma de aquel joven. Se recriminaba el no haber estado mas preparado para aquella situación, se sentía mal por pensar que con aquel rosario bastaba, dudo por algún momento si era buen sacerdote.
A la mañana siguiente, al caminar por los pasillos de la iglesia algo llamó su atención. En el altar del cristo negro, estaba un pequeño farolito negro, y adentro de esté se encontraba el rosario que le había regalado al muchacho.




